La Voz de Almeria

Tal como éramos

La temida porra de ‘los grises’

Era la policía armada, la de la dictadura y la Transición, la que solía actuar con contundencia

Una pareja de la policía armada patrullando por la calle de las Tiendas en 1978. La delincuencia juvenil hacía estragos  en aquellos años.

Una pareja de la policía armada patrullando por la calle de las Tiendas en 1978. La delincuencia juvenil hacía estragos en aquellos años.

Eduardo de Vicente
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Solo el uniforme te imponía. Aquel gris rotundo, sin concesiones, le daba a la policía un toque de dureza propia de los años de represión de la dictadura. Estábamos a un paso de cambiar de época, Franco reposaba ya en el Valle de los Caídos, pero seguíamos con aquel cuerpo de policía armada forjado en el pasado, que estaba obligado a hacer un cursillo intensivo de democracia si quería adaptarse a los nuevos tiempos.

Los grises, como se les llamaba popularmente a los policías nacionales, estaban presentes en todos los acontecimientos de nuestra vida cotidiana. En los toros tenían su barrera, en el fútbol sus sillas al borde del terreno de juego y en la calle no paraban de dar vueltas con aquellos coches conocidos como ‘zetas’.

Cuando en los primeros años de la Transición empezaron a dispararse los delitos, para restablecer el orden público que estaba en serio peligro se acordó que la policía armada patrullara las calles de Almería a pie y de dos en dos. Se organizaban a diario ocho parejas que se distribuían por los barrios, comunicadas con los coches radiopatrulla que servían de enlace.

La prensa de aquellos días resumía así la situación que se estaba empezando a vivir en la ciudad: “Preocupante aumento de la delincuencia juvenil en Almería. En muchos delitos no hay proporción entre los beneficios obtenidos por el ratero y los perjuicios causados al propietario”, contaba el periódico. Y no exageraba. De la noche a la mañana empezaron a proliferar los robos callejeros en una modalidad hasta entonces desconocida en Almería, como fue el método del tirón. Los jóvenes delincuentes operaban por parejas y a bordo de una moto recorrían las calles dejando un rastro de hurtos y de heridos, ya que en muchos casos un tirón de un bolso traía consigo la lesión de la víctima.

La figura del ratero juvenil estuvo adornada en aquellos primeros años por un halo romántico, por un perfume de falso héroe que se acentuó después del estreno, en noviembre de 1977, de la película ‘Perros callejeros’. Aquí se pudo ver en el Cervantes y desde entonces Almería se llenó de aspirantes a Vaquillas, de imitadores del Torete que se convirtieron en el terror de calles y de los comercios.

Adolescentes, muchos niños aún, con los que habíamos coincidido en el colegio o jugando al fútbol en los descampados, de pronto habían desertado de la sociedad para transformarse en delincuentes. Cuántas familias sufrieron en sus carnes ese golpe fatídico de la delincuencia y la droga.

En Almería el tráfico de hachís avanzaba sin obstáculos y se extendía como la pólvora por los ambientes juveniles propagando una nueva terminología que todos acabamos aprendiendo en unos meses: porro, chocolate, hierba, canuto, petardo, maría. Los nuevos nombres también afectaron a la policía, que empezó a ser conocida con apodos: la pasma, la pestañí y más tarde como los maderos, cuando les cambiaron los uniformes grises por la indumentaria de color marrón que llegó en aquellos años.

¿Dónde estaba camuflado tanto delincuente? Se preguntaba la prensa local de entonces. Lo cierto es que los delitos seguían creciendo y la policía carecía de medios para responder a esa plaga. A finales de 1977 todavía no se había creado el servicio del 091, que había empezado a funcionar en otras provincias con un resultado eficiente y la Policía Armada contaba con las ocho parejas que se encargaban de vigilar a pie por la ciudad, reforzados por los coches radiopatrulla. Por su parte, la Policía Municipal se veía inoperante ante la magnitud del problema. Seguían manteniendo el servicio motorizado por parejas, que era escaso, pero sólo disponían de un Jeep viejo para cubrir toda la ciudad. En julio de ese mismo año, el Pleno aprobó la compra de un nuevo Land Rover y dos nuevos coches de la marca Renault.

Los rateros convivían a diario con nosotros. Por el día se dedicaban a los tirones y por las noches sembraban de peligros las calles, atracando a grandes y pequeños a punta de navaja. Es difícil encontrar a algún joven de aquella generación que no sufriera en sus carnes un robo. A quien no le quitaban el reloj, le robaban el anillo, cinco duros que llevaba en el bolsillo o medio paquete de tabaco.

Los sectores más conservadores de la sociedad almeriense empezaron a defender la idea de que tanta libertad no podía llevar a buen puerto. Pero era un tiempo nuevo, una revolución imparable. La sociedad se iba transformando a marchas aceleradas. La fiebre política invadía las calles, los trabajos y hasta los institutos, donde era habitual encontrarse que los adolescentes que antes llevaban en sus carpetas las pegatinas del cantante de moda las hubieran cambiado por los símbolos de los nuevos partidos de izquierda.

Éramos más libres, se podía hablar de política sin riesgo, en los cines la censura comenzaba a ser historia, pero las calles habían dejado de ser balsas de aceite para convertirse en lugares en los que era peligroso transitar a ciertas horas de la noche. En aquellos días sin tregua, la presencia de la policía armada patrullando las calles fue un alivio, pero no supuso el final del problema.

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