La Voz de Almeria

Tal como éramos

Las molestas chabolas tras el puente

Ocupaban una pequeña manzana entre la Avenida de Cabo de Gata el Camino de Ronda y el parque de bomberos

El último poblado del barrio de Las Almadrabillas. Las familias hacían vida en la calle por el mal estado de las viviendas. Año 1976.

El último poblado del barrio de Las Almadrabillas. Las familias hacían vida en la calle por el mal estado de las viviendas. Año 1976.Fausto Romero

Eduardo de Vicente
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Almería entró en los años de la Transición con media ciudad pidiendo a gritos que funcionaran las palas y la tiraran abajo y la otra media, la ciudad vieja, cayéndose sola, atacada por las construcciones masivas de los nuevos edificios. Si en la posguerra la política franquista puso en marcha un plan para intentar terminar con el inframundo de las cuevas, en la Transición el objetivo que se marcaron las autoridades municipales fue solucionar la lacra del chabolismo que estaba presente en tres zonas fundamentales: El Cerro de San Cristóbal, el Barrio Alto y la barriada de las Almadrabillas.

En 1976 eran muchos los vecinos del Barrio Alto que habitaban casas que no reunían las mínimas condiciones de salubridad, viviendas sin ventilación, oscuras, sin váter ni ducha y algunas hasta sin agua corriente donde lo normal era que convivieran familias numerosas. La solución pasaba por derribar las viviendas y buscarle cobijo a las familias en otros distritos, pero el problema se había ido eternizando sin que ninguna corporación le encontrara una salida.

La otra Almería que te hacía mirar para otro lado era la que resistía en la subida del Cerro de San Cristóbal, donde eran muchas las familias que sobrevivían como si estuvieran en la prehistoria. El problema parecía más grave que el del Barrio Alto porque estaba a la vista de todo el mundo. Cualquiera que pasara por el centro de la ciudad, que se diera una vuelta por la plaza del ayuntamiento o subiera a visitar la Alcazaba en una mañana de domingo, se encontraba con el patético espectáculo de las casuchas del cerro donde se repetían las escenas de los vecinos haciendo sus necesidades entre las pencas y disfrutando de paso de las mejores vistas de la ciudad. Allí, en cuclillas, con un trozo de periódico viejo en la mano, hacían aguas mayores con el mar y las murallas como telón de fondo.

El tercer problema urbano que llevaba tiempo esperando una solución era el del pequeño arrabal que había quedado en pie del antiguo barrio de las Almadrabillas, un manojo de casas medio arruinadas que resistían en una zona de expansión natural. Estaban situadas entre el puente del mineral, la Carretera de Ronda y la Avenida de Cabo de Gata, en lo que entonces era un callejón trasero que comunicaba con una de las entradas a las naves municipales donde estaba instalado el parque contra incendios.

En los años setenta, aquella zona se convirtió en un camino de mucho tránsito, ya que formaba parte del desvío que tomaban los vehículos para tomar la Carretera de Sierra Alhamilla, que entonces era un territorio en expansión por la presencia de industrias importantes como la fábrica de papel de la Celulosa, el matadero municipal y la alhóndiga, que por aquella época había dejado el Mercado Central y había sido instalada en el paraje de la Goleta.

Todo el que tomaba el desvío por este camino, tras dejar atrás la Carretera de Ronda, lo primero que se encontraba delante de los ojos era con el espectáculo de aquella media docena de casas con un aspecto tercermundista y con sus inquilinos haciendo vida en la puerta.

El lugar llegó a convertirse en un punto conflictivo a medida que la vecindad fue degenerando. Nadie se atrevía a pasar de noche por ese rincón oscuro que parecía vivir en pie de guerra. En verano, las familias de las chabolas sacaban los sofás y los colchones a la calle y allí se instalaban para pasar las noches. Cenaban en la puerta, escuchaban música en la puerta, bailaban en la puerta y soñaban en la puerta si el tráfico se lo permitía.

Todos los años se discutía en los plenos municipales el serio problema que para la imagen de la ciudad suponía aquel brote de chabolismo propio de la posguerra, en un lugar que estaba en continuo crecimiento. Todo el mundo coincidía en que había que entrar sin contemplaciones y tirar aquella manzana abajo, pero nadie se atrevía a ponerle el cascabel al gato, por lo que el problema se fue eternizando y hubo que esperar hasta finales de los ochenta para adecentar la zona.

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