La Voz de Almeria

Tal como éramos

El sueño del caballo de cartón

Tener un caballón de cartón fue la ilusión de los niños durante varias generaciones

Los hermanos Romero Miura en su infancia en Berja, disfrutando de un hermoso caballo de cartón.

Los hermanos Romero Miura en su infancia en Berja, disfrutando de un hermoso caballo de cartón.

Eduardo de Vicente
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En el sótano de la casa de Valente, junto a una antigua pila de piedra de lavar la ropa y una vieja mecedora, permaneció durante años un hermoso caballo de cartón que era el recuerdo feliz de la infancia del poeta. El caballo de los años dorados sobre el que se balanceaba su niñez en Galicia, el caballo que parecía dormido en las entrañas de la casa de José Ángel Valente, aguardando a que un niño volviera a montarlo o a que el poeta lo acariciara en un instante de inspiración.

El caballo de cartón fue el sueño de varias generaciones de niños que se pasaron la infancia suspirando por uno de aquellos corceles que cada mes de diciembre lucían en los escaparates del Águila, de la Giralda, de Segura, de Almacenes Escámez. El caballo de cartón fue uno de los juguetes más longevos, que estuvieron de moda durante más de medio siglo y durante ese tiempo fueron un regalo casi imposible para los niños de las familias más humildes.

Había dos regalos que rozaban el cielo del deseo: uno era el tren eléctrico, y el otro el caballo de cartón con su superficie de ruedas para poder cabalgar por las calles. En esa lista que íbamos elaborando todos los años cuando llegaba el mes de diciembre, siempre se nos quedaba en el tintero algún juguete que nosotros y nuestros padres considerábamos inalcanzable. Yo me pasé los primeros años de la infancia soñando con tener un caballo de cartón como el que tenía mi amigo Antoñín, pero nunca lo incluí entre mis peticiones porque creía que se alejaba de las posibilidades de mis humildes reyes. Era un hermoso caballo blanco, fabricado de cartón piedra, tan bien hecho, tan bien pintado que a mí me parecía de verdad. Cuando entraba en la casa de mi amigo me podía pasar las horas mirando el caballo y cuando de regreso a mi casa subía la cuesta de mi calle, lo hacía siempre al trote, como si montara a la grupa de aquel espléndido cuatralbo.

Tampoco llegué a tener jamás uno de aquellos trenes eléctricos con toda su tramoya de montañas, ríos y puentes que se pusieron de moda en los años setenta, coincidiendo con la fiebre del Scalextric. Para tener un tren de categoría o para aspirar a un Scalextric con todas sus prestaciones, había que tener un estatus económico importante o renunciar a los otros regalos para quedarnos solo con uno. Yo prefería que los reyes fueran diversos, que me trajeran varios juguetes de un nivel medio que uno muy caro. Otro sueño infantil fue el balón de reglamento. Decir de reglamento era decir que el balón era como los de verdad, como los que utilizaban los equipos de Primera División, un balón de cuero, con sus costuras, con sus pentágonos negros, con su válvula para poder inflarlo.

En tu calle siempre aparecía, en la mañana de reyes, el agraciado con el balón de reglamento. Por allí asomaba con esa cara de felicidad del que tiene entre sus manos un regalo único. El niño del balón era el más perseguido aquella mañana, y a la vez el más adorado.

La moda de los caballos de cartón se prolongó durante la década de los sesenta, cuando también era habitual pedir para los Reyes los toros de cartón y los trajes de torero que tanto promocionó la llegada a los hogares de la televisión. Cuando el caballo de cartón se convirtió en un objeto de coleccionistas, salieron al mercado los caballos de plástico que nunca llegaron a tener ni la misma apariencia ni el mismo esplendor.

Eran los tiempos de los juguetes activos: si a un niño le regalaban un caballo de cartón se pasaba los días cabalgando; si le compraban un traje de torero se pasaba las horas dando capotazos en la calle; si el regalo era un correaje con sus dos pistolas correspondientes, no paraba de pegar tiros a diestro y siniestro, y si sus majestades le traían un escudo de romano con su coraza y su casco reglamentario, se pasaba las horas conquistando castillos imaginarios en la calle.

Recuerdo unos años, allá por los primeros setenta, que se pusieron de moda las raquetas de tenis, coincidiendo con los éxitos de los tenistas españoles que veíamos por televisión. La raqueta era un lujo y cuando en el barrio hubo dos niños con raqueta se empezaron a organizar auténticos torneos en una pista improvisada que con cal pintábamos en el suelo de la Plaza de Castaños.

La mañana del día de Reyes era un culto al exhibicionismo. Cada niño salía a la calle con su regalo favorito para mostrarlo al resto. Ese día, el Parque era el escenario donde se reunían las familias para pasear y para que los niños pudieran disfrutar de los juguetes. Unos aparecían con los correajes, las pistolas y las estrellas de sheriff, otros vestidos de indios Apaches, otros con el coche teledirigido que fue una de las bombas de aquellos tiempos. No sé por qué motivo cuando yo salía al Parque el día de Reyes siempre me gustaban más los juguetes que llevaban los otros que los míos.

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