La Voz de Almeria

Tal como éramos

La olla de comida que era sagrada

Las casas olían a cocido, a la morcilla de la berza, a potaje de acelgas y a lentejas

La familia Jiménez de la calle Perea, compartiendo la vida alrededor de la olla y la mesa de la cocina.

La familia Jiménez de la calle Perea, compartiendo la vida alrededor de la olla y la mesa de la cocina.

Eduardo de Vicente
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Ahora que se forman colas delante de los establecimientos de comidas para llevar, ahora que los jóvenes se saben de memoria los nombres y los ingredientes de todas las pizzas del mercado y de las hamburguesas industriales, ahora que la vida corre de forma vertiginosa por los hogares y por las familias, uno se acuerda de aquel tiempo en el que la olla de comida era sagrada y se iba cocinando a fuego lento, como la propia vida, mientras que los niños estábamos en el colegio.

Cuando salíamos de clase y nos acercábamos a nuestra casa, íbamos averiguando por el camino lo que se cocinaba en cada casa por los olores que se escapaban por las puertas y las ventanas. Llevábamos el perfume de las lentejas con chorizo y de la berza con boniato y morcilla grabado en nuestro cerebro reptiliano porque los habíamos ido interiorizando desde que nos daban el biberón. Entonces cada casa olía a la comida de diario, como los mandiles de nuestras madres, como nuestras libretas y nuestros libros, como nosotros mismos.

Cuando llegaba un día de lluvia lo hacía con sus aromas correspondientes. Olía a calle mojada, a la humedad del ambiente, a barro, al serrín que se echaba en las puertas de las casas, y sobre todo, olía a migas, que en Almería se celebraban como un ritual religioso de obligado cumplimiento cada vez que veíamos un nublado. Llovía y el perfume a migas se hacía universal y nada más salir de la escuela te envolvía aquella mezcla de harina con aceite y ajos, adornada con sus correspondientes avíos, y aquel día nos sentábamos alrededor de la mesa con la sensación de un día de fiesta, porque la lluvia en esta tierra se vivía como algo extraordinario.

La olla de comida marcaba la normalidad en las casas y era obligatoria a la hora de almorzar. Entonces las patatas fritas con huevos eran más de las cenas y de los domingos y lo que marcaba el ritmo cotidiano en las cocinas era el sonido de la olla hirviendo y llenando de olores el ambiente.

Teníamos la sensación de que si no almorzabas un buen plato de comida con cuchara ese día no terminabas satisfecho. El menú era simple y sin apenas excesos. Teníamos derecho a repetir, pero en casi ninguna casa, al menos en las que yo conocía, se llevaba aquello de los tres platos: primero, segundo y postre. Lo habitual era una ensalada de tomate y lechuga para picar y el plato de comida bien colmado para rematar la faena.

La olla de la comida era la que más horas echaba en las casas. Funcionaba todos los días, a excepción de aquellos domingos en los que la familia se tomaba un descanso y se iba de excursión al campo con los bocadillos y la nevera o se permitía el lujo de almorzar en un restaurante. Cuando volvíamos del colegio y escuchábamos el sonido de la olla comprendíamos que la vida transcurría con normalidad, que todo estaba en su sitio, que podíamos dejar la cartera y salir un rato a la calle a jugar mientras se terminaba de hacer la comida.

Como mi madre tenía que hacer una olla mayúscula para una casa con siete de familia, solía echar para una docena de comensales sabiendo que nunca sobraba porque siempre aparecía en escena algún familiar cercano que acababa apuntándose a la fiesta. En mi casa teníamos una olla itinerante, pequeña y manejable, que se utilizaba para llevarle comida a mi tía María, que se había quedado viuda y no tenía hijos, por lo que casi nunca tenía ánimos suficientes para hacerse de comer.

Las meriendas no tenían la formalidad de los almuerzos. Por la tarde volvíamos del colegio con más hambre de calle que de comida, por lo que solíamos optar por la vía rápida del vaso de leche con una tostada por el clásico bocadillo en una época en la que venerábamos el pan como si fuera un dios. El pan con pan de las meriendas del hambre, el pan con aceite que sabía a gloria, el pan con la onza de chocolate cuando el chocolate era un artículo de lujo.

Los niños de los años sesenta y setenta, tuvimos el privilegio de elegir lo que le metíamos dentro al bocadillo. Fuimos la generación del bocata de mortadela, del chorizo Revilla, del foie gras Pamplonica y del Tulipán, y también los que vivimos en primera persona aquella pequeña revolución en las meriendas que supuso la salida al mercado de la crema Nocilla. Venía en un vaso que servía de gancho para las madres, pero no estaba al alcance de todos los bolsillos. Todo lo contrario que los humildes y admirados bocadillos de mortadela o de mantequilla, que en el contexto callejero se te hacían tan pesados que en ocasiones los niños acabábamos olvidándolos en un tranco o junto a la piedra del poste de la portería.

El pan crujiente, el pan que te dejaba su olor entre los dedos y un regusto a verdad en medio del paladar. El pan que se amasaba de noche, el pan hecho de madrugadas y de masa madre cuando ninguno sabíamos lo que era la masa madre. El pan que te alimentaba con solo olerlo, el pan que mojabas en la olla de comida en un descuido de tu madre.

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