Cuando el público dejó de ir al cine
En 1983 Almería tenía 19 salas de cine que empezaban a quedarse vacías

Puerta del cine Listz a finales de los años 70 cuando se quedaba vacío los días de diario.
Los años ochenta fueron críticos para las salas de cine. Los que crecimos soñando cada semana con que nos dejaran ir a ver una película los domingos, los que vivíamos el cine como una de las grandes ilusiones que colmaban nuestras inquietudes infantiles, no podíamos imaginar que todo aquel universo de carteleras, de porteros, de taquilleros, de acomodadores, de salas de máquinas, de ambigús, de colas, de aventuras imposibles y amores pasionales se pudiera venir abajo en menos de una década.
Nosotros, que asistimos a grandes revoluciones como las que trajeron de la mano los años alborotados de la Transición, fuimos testigos directos de la caída de todo un imperio, del derrumbe de una tradición que parecía inquebrantable, que terminó con el cierre de todas las salas que existían en la ciudad.
Allá por el invierno de 1983, cuando ya se intuía el desastre, Almería contaba todavía con diecinueve salas de cine activas: Emperador, Concordia, Los Ángeles, Reyes Católicos, Roma, Bahía, Cervantes, Gelu, Listz, Monumental, Pavía, más las cuatro salas que tenía el Imperial, las tres del Moderno y las dos del Centro Cinematográfico.
Juan Asensio, que era entonces el empresario que más poder acumulaba, viendo la deriva del negocio, consciente ya de que ese mundo de salas llenas que él había disfrutado como nadie en los años setenta estaba a punto de desaparecer, trató de agarrarse a un salvavidas y en un último intento de sobrevivir apostó por el invento de los multicines para sacarle más rentabilidad al espacio donde tradicionalmente se asentaba un solo cine.
El cine Moderno, sobre el que se levantó el imperio de los Asensio, y que había renovado sus instalaciones a comienzos de los años setenta, fue el primero en reinventarse diez años después. La gran sala de invierno se transformó en tres pequeñas salas que nunca llegaron a ser rentables. El mismo camino siguió el Imperial, que en 1983 ponía en escena cuatro salas de proyección.
De vez en cuando venía algún estreno importante que levantaba las taquillas de los cines y parecía anunciar un renacer que se quedaba solo en un espejismo. Los llenos de los fines de semana llegaban ya con cuenta gotas y la realidad de las salas de cine era la de esos días de diario en los que los empleados se pasaban las horas cruzados de brazos esperando que llegaran los espectadores. Ya no triunfaban ni los cines de los barrios como el Monumental y Los Ángeles, cuyas salas habían sido auténticos templos de niños y jóvenes a lo largo de dos décadas.
El cine que conocimos estaba extinguiéndose. Ya no era solo la competencia de la tele con sus películas semanales, sino la aparición en escena de un fenómeno que llegó comiéndose el mundo: el vídeo. Los herederos de la generación del cine nos encontramos con un cambio radical cuando de pronto nos pusieron en nuestras manos la posibilidad de poder ver la película que quisiéramos sin movernos de nuestro sofá y sin anuncios publicitarios.
La estética de los fines de semana empezó a cambiar de piel. La vieja estampa de los paseos por el centro y de las colas en las taquillas de los cines fue envejeciendo cuando se puso de moda acudir al videoclub de guardia, sacar una película y montar una reunión entre amigos o familiares al calor de unos bocadillos y unas botellas de cerveza. El fin de semana empezaba entonces en la sala de un videoclub y se hizo habitual, sobre todo en invierno, alquilar dos o tres películas para pasarse los sábados y los domingos viendo cine.
La fiebre fue aumentando año tras año y no había barrio en Almería donde no convivieran al menos un par de videoclubes. Algunos bares reconvirtieron el establecimiento y hubo familias que viendo la prosperidad del negocio, montaron su propio videoclub familiar que servía para meter un sueldo más en las casas.
El videoclub era un pequeño santuario donde uno podía encontrar las películas antiguas que ya era imposible volver a ver en los cines y también los estrenos de la temporada. Era emocionante internarse en aquel laberinto repleto de carátulas y sobre todo, penetrar en la habitación prohibida donde se guardaban, con el misterio de la época, las películas eróticas. Estaba separada por una cortina para evitar que los menores pudieran ver el contenido que aquel maravilloso cuarto encerraba. Uno entraba en la habitación pornográfica y el corazón le estallaba en el pecho, doblemente excitado por los tesoros de aquella sala y por la posibilidad de ser descubierto por algún conocido. Entrábamos en el cuartillo a escondidas, de tapadillo, con el mismo sigilo con el que años después fuimos a la sala especial del cine Gelu. Algunos nos hicimos catedráticos en erotismo a fuerza de leer las caratulas de las películas en el videoclub.