Los bares solo para hombres
En las bodegas no entraban las mujeres ni importaban las tapas ni había raciones

En bodegas como La Oficina solo había sitio para los hombres, que se reunían al calor del vino después del trabajo.
Las bodegas concebidas como templos masculinos donde iban los hombres a olvidar las penas y a reunirse con los amigos después del trabajo resistieron en pie hasta los años setenta, ancladas en un mundo antiguo que se estaba acabando.
Mientras que los bares modernos empezaban a llenarse de familias y de niños en una época en la que los almerienses presumíamos de que con tres tapas almorzabas, las bodegas morían lentamente, agonizaban en una atmósfera casi medieval entre olor a vino y a tabaco.
Los niños de entonces decíamos que las bodegas eran de vinagres porque de vez en cuando veíamos salir de ellas a algún cliente de los que iban midiendo la calle, sujetándose a duras penas en las rejas de las ventanas para poder hacer el camino de vuelta a casa.
Nosotros preferíamos los bares modernos con su pizarra de tapas donde no quedaba un hueco libre, con sus fotografías de equipos de fútbol colgadas de la pared, con su almanaque pasado de fecha donde destacaba como un diosa una modelo en bikini y con su máquina de música que te ofrecía discos de éxito al módico precio de un duro.
Las bodegas eran otra historia, otra forma de ver la vida y entender el tiempo libre. En las bodegas lo que menos importaba era la tapa, en algunas solo ponían patatas y cacahuetes, ya que lo realmente transcendental era la botella de vino de la tierra que los amigos compartían en las mesas.
En cada barrio había al menos una de aquellas bodegas masculinas donde se reunían los clientes a la salida de los trabajos. La mayoría de los locales apenas tenían decoración: un mostrador antiguo, un grupo de mesas con sus sillas correspondientes y una atmósfera cargada de humo donde siempre olía a tabaco y a vino peleón.
Las viejas bodegas no necesitaban anunciarse en los periódicos ni vivían por la publicidad. Muchas no tenían ni un letrero en la puerta con el nombre colgado, pero su fama llegaba por todos los rincones de la ciudad de boca en boca, alimentada por la calidad del vino y la bondad de las tapas que servían. Había tabernas de nombres sugerentes como el Observatorio, el gran templo del chateo de la esquina de la Plaza del Quemadero o la Oficina, en la calle de Granada, que se prestaba siempre al chiste fácil: “Cuando llegues a tu casa y tu mujer te diga que hueles a vino le dices que vienes de la oficina”, se decía entonces. Este establecimiento, que estaba situado en la calle de Granada, fue uno de los bares más conocidos de Almería. Lo abrió el empresario Gerónimo García López en el año 1951.
La Oficina tenía entonces una numerosa y variada clientela, gentes que venían desde todos los barrios buscando un rato de tertulia y el vino de excelente calidad que importaban desde La Mancha en grandes barriles que llegaban en tren a la estación. Muy cerca, en la Plaza de San Sebastián, estaba la histórica bodega de Tonda, que además de ser bodega funcionaba como almacén de vinos y aguardientes, y llegó a tener en sus comienzos en propiedad una fábrica de elaboración de anisados y licores. Competía en aquellos tiempos con lugares tan emblemáticos como el Montenegro, abierto en marzo de 1949 por iniciativa de Juan Puga Antequera y su sobrino Francisco Puga Sabio. Desde su origen, la bodega Montenegro se especializó en el vino de Alboloduy. Dos veces al año, sus dueños hacían una excursión al pueblo a por doscientas sesenta arrobas que traían en un camión. El vino no era sólo para el consumo de su establecimiento, sino que servía para abastecer a otros bares de la ciudad. Del reparto se encargaba un joven aprendiz, José Ibarra López (actual propietario del establecimiento), que con un carrillo de madera de tres ruedas recorría Almería llevando la carga.
En la calle Real reina la bodega del Patio, con su escenario anclado varios siglos atrás y su fiel clientela; junto a la Plaza del Marqués de Heredia estaba ‘el 1 y el 2’, dándole vida a aquella esquina que miraba al Paseo; en la Plaza del Carmen estuvo la Reguladora y entre las calles de Pedro Jover y Alborán, la muy recordada bodega de ‘En la esquinita de espero’, que perfumaba toda aquella manzana al sur de la Almedina. El olor agrio del vino que se almacenaba en los grandes toneles de la despensa, el aroma dulce del anís que se vendía a granel fueron el perfume oficial de aquel famoso rincón. A los niños del barrio, nuestras madres nos mandaban a ‘En la esquinita te espero’ con una botella vacía de cristal en la mano para que compráramos medio litro de vinagre o una cuarta de anís para los roscos de Navidad.
A aquellas viejas tabernas que eran patrimonio de los hombres se iba también a huir de la realidad después de las horas del trabajo, a olvidar los problemas familiares, los disgustos de los hijos, las letras que quedaban sin pagar. La vida parecía menos dura con un par de chatos de vino en el cuerpo.