Memorias de un niño de Pescadería
Manuel Jerez (1966) disfrutó de aquella Chanca intensa y solidaria de los años setenta

Manolico Jerez con su camisa blanca y su pantalon claro de los domingos en el barrio de Pescadería.
Manuel Jerez lleva el alma de su barrio a cuestas, como una segunda piel que lo ha acompañado desde que en 1966 vino al mundo en una humilde vivienda de la calle Lastre. La casa, propiedad de la serrería de los Terriza, tenía lo suficiente para sobrevivir en una época donde la palabra lujo no se conocía en el barrio.
La calle Lastre era entonces un callejón sin salida que los vecinos compartían con la puerta de entrada a la serrería y con las cuadras de los caballos que llevaban el pescado desde el puerto pesquero a la Plaza tirando de carros de madera. El cobertizo era propiedad de la señora Lupe, que cuidaba de los animales como si fueran sus hijos.
Manolico, como era conocido en su barrio, formó parte de lo que después se llamó la clase media, es decir, familias de origen humilde a las que no les faltó el trabajo y que con esfuerzo y ahorro fueron escalando peldaños en la pirámide social y hasta pudieron tener una vivienda mejor y darle estudios a sus hijos.
Su padre era ebanista de profesión. En su juventud se fue a Holanda a probar fortuna, pero el desarraigo lo hizo regresar y empezar un nuevo camino en su tierra. Trabajaba en el taller de Restoy, en la barriada del Tagarete, mientras que su mujer, Ángeles, se ganaba unos duros cosiendo para la calle. Había noches que se le hacían eternas poniendo bolsillos y metiendo bajos a los pantalones a la luz de un quinqué en el que se fue dejando la vista.
Uno de los grandes acontecimientos de la infancia de Manuel Jerez fue el día en que su madre lo vistió con la mejor ropa que tenía en el armario, le compró una cartera en la tienda de Pepe Avilés y cogido de la mano lo llevó a la escuela. No tenía todavía los cinco años de edad cuando Manolico ingresó en el colegio público Alejandro Salazar, que empezó a funcionar a finales de los años cincuenta a la orilla de la Rambla de Maromeros, la actual Avenida del Mar. Estaba comenzando la década de los setenta y el barrio, como la sociedad en general, estaba en continua evolución. Los cambios habían llegado también a la enseñanza y el colegio de la Chanca era el ejemplo más claro de las nuevas pedagogías que traían de la mano los nuevos vientos de libertad.
Uno de los hijos del barrio que pudo ir al instituto y después hacer una carrera
Fue un tiempo convulso y hermoso. La llegada a la escuela coincidió con un cambio radical en su familia, que dejó la modesta vivienda de la calle Lastre y se mudó a uno de los pisos que la Caja de Ahorros construyó en lo que se conocía como el camino o la cuesta de la Campsa, en la parte alta del barrio. Allí levantaron cuatro bloques que recibían el nombre por la franja de color que los decoraba: los pisos azules y amarillos y los pisos rojos y verdes.
Todas las mañanas, Manolico bajaba la cuesta por la calle Capitana hasta la Plaza de Moscú, dejaba atrás los pisos de los pescadores y llegaba al colegio, donde a primera hora lo esperaban los otros niños para cantar el himno nacional antes de meterse en clase y ponerse en paz con Dios con un Padre Nuestro. A la salida del colegio, le gustaba pararse en la ventana de su abuela Mercedes, que vivía en uno de los pisos de El Patio, para recibir la recompensa de unos monedas o algún caramelo suelto, liado con ternura en papel de estraza. Por las tardes se detenía en la panadería de Adelina aunque solo fuera para mirar aquellas inmensas medias lunas, aquellos inabarcables chinitos y aquellas milhojas provocativas que aguardaban a los niños detrás de la vitrina.

Manolo Jerez nació y se crió en el barrio de la Chanca donde estuvo hasta que cumplió 25 años.
En aquellos años, el barrio estaba lleno de solares, de cuestas indomables, de terrenos baldíos donde los niños podían jugar a sus anchas. A Manuel le gustaba acompañar a su madre al lavadero público que había en la Plaza del Anzuelo, donde las mujeres lavaban la ropa y compartían sus historias, mientras los niños disfrutaban jugando al fútbol hasta que empezaba a anochecer.
Todavía lleva grabado en la memoria el recuerdo de la emoción que sentía cuando en el camino de regreso del lavadero hacían una parada en alguna de las tiendas de barrio para merendar.
Manuel Jerez llegó a jugar en el San Roque y se bañó en verano en la Arenica Blanca, la playa oficial de los pescadores. De aquellas familias humildes de su barrio aprendió la riqueza de la vida vecinal y valores tan importantes como la solidaridad y el compromiso, que fueron dos pilares fundamentales en su vida.
Todos los años, cuando llegaba el mes de agosto, se iba de vacaciones a la casa de su abuela Ángeles, en el corazón del Barrio Alto. Allí se mezcló también con ese tipo de gente que estaba siempre dispuesta a ofrecerte lo poco que tenía y a disfrutar del placer de jugar libremente en medio de la calle.
Como el niño era listo y sus padres se habían impuesto el compromiso de que llegara lejos, al terminar la escolaridad se fue al instituto de Los Molinos y completó el Bachillerato con buenas notas para ingresar después en la escuela de graduados sociales que estaba en el edificio de Trino, de donde salió hecho un hombre y con un trabajo en el bolsillo. Su alejamiento del barrio y su progreso social y laboral no le hicieron olvidar jamás aquellos días felices de la infancia en los que disfrutó en primera persona de una Chanca intensa, acogedora y solidaria.