La Voz de Almeria

Tal como éramos

El ocaso del barrio de la Almedina

La aparición de las casas turísticas ha venido a agravar la soledad de un barrio histórico

La hermanas Almansa, Loreto y Luisa, vecinas de siempre de la Almedina, cuando el barrio estaba lleno de familias de verdad.

La hermanas Almansa, Loreto y Luisa, vecinas de siempre de la Almedina, cuando el barrio estaba lleno de familias de verdad.La Voz

Eduardo de Vicente
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Entonces no existían los pisos turísticos porque apenas veíamos un turista por Almería. Pasaban de largo camino de la costa y el poco tiempo que se quedaban en la ciudad lo hacían en un hotel o se instalaban en un camping. Las casas eran lugares sagrados que las familias iban heredando en un tiempo en el que la gente nacía y moría bajo el mismo techo. Entonces, el barrio de la Almedina formaba una ciudad por sí mismo en un entramado casi medieval donde el suelo de las calles era de tierra, donde no había llegado aún el alcantarillado y la iluminación era una esquelética bombilla que se ponía en una esquina y daba más sombras que luces. Algunos callejones interiores de los que iban de la calle de la Almedina a La Alcazaba no habían cambiado nada en medio siglo y mantenían sus aceras decrépitas y su aspecto decadente, que sin embargo contrastaba con la eclosión de vida que estallaba en cada uno de sus rincones.

Cuántas familias pasaron por aquellas calles, cuántas se marcharon cuando vieron la oportunidad de progresar, cuántas se quedaron porque allí estaban todos sus recuerdos y la vida de sus padres y de sus abuelos. Calles llenas de memoria que todavía hoy siguen conservando sus viejos nombres de siempre: calle de la Paz, el Clavel, de Cicerón que antiguamente fue la calle de Toneleros; la calle de Ulloa, la de la Niña, la del Espejo, la del Codo, que en los años sesenta le cambiaron el nombre por el de Aurora. La historia de este cambio fue muy comentada entonces. Surgió porque un policía municipal del lugar, cansado de que los traviesos del barrio pintaran una ‘ñ’ sobre la ‘d’ de la placa de la calle Codo, pidió al ayuntamiento que le cambiaran el nombre a la callejuela. Al final le pusieron el de una de las hijas del guardia. La pequeña calle de Aníbal que antes se llamaba Zeta, la del Sargento, el pasadizo de Demóstenes, tan estrecho que los vecinos se daban la mano de una ventana a otra; la pequeña plaza de Galeno, la calle de Borja, la de Domínguez, la del Chantre, la cuesta del Clarín que en los años de la República se la dedicaron a la actriz Concha Robles que murió asesinada mientras actuaba en el Teatro Cervantes.

La Almedina extendía sus raíces hacia el sur a través de las calles de Narváez, Soto, la Estrella y la calle de Alborán, que hasta los años sesenta estaba dominada por una extensa zona de huertas. En la esquina de la Almecina con la calle Narváez aparecía el negocio de referencia de todo un barrio, el estanco, el único comercio histórico que sobrevive en la manzana.

Quizá, la calle más dinámica, el que podemos llamar Paseo del barrio de la Almedina, era la calle Descanso, que comunicaba directamente con la puerta de La Alcazaba. En los años cincuenta y sesenta, los vecinos de la calle Descanso solían organizar cenas y bailes populares en la noche del ‘18 de julio’, que entonces era día de fiesta nacional. Por la mañana, los jóvenes adornaban las fachadas de las casas con colgaduras y banderas de colores que hacían con papel de seda. Cuando empezaba a amainar el calor, la gente sacaba las mesas y las sillas a las puertas de las casas y la calle se llenaba de pequeños banquetes, de niños que jugaban y bailaban hasta la madrugada, de muchachos y muchachas que compartían los primeros escarceos amorosos al abrigo de la música y de la noche. En aquellos tiempos la calle tenía su músico oficial, el vecino Gabriel Amate Aparicio (1914-1986), que además de vender pan tocaba la guitarra como un maestro. Otro vecino, Emilio Carmona González, al que todos conocían con el apodo de ‘el Nene’, sacaba el tocadiscos con las últimas novedades musicales del momento. En aquella época no había una sola casa libre en la calle, habitada entonces por cerca de ciento cincuenta personas.

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