La Voz de Almeria

Tal como éramos

Viernes de milagros en San Pedro

Cientos de familias bajaban desde los arrabales más pobres a ver el Santo Entierro

La Plaza de San Pedro era el escenario principal de la Semana Santa de Almería. Gente el Viernes Santo a la hora de la salida de la procesión del Santo Entierro.1962.

La Plaza de San Pedro era el escenario principal de la Semana Santa de Almería. Gente el Viernes Santo a la hora de la salida de la procesión del Santo Entierro.1962.Fausto Romero

Eduardo de Vicente
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El gran acontecimiento popular de la Semana Santa de Almería fue durante décadas la procesión del Santo Entierro. Ninguna hermandad, ninguna procesión, desplazaba a tantos miles de fieles como lo hacía la del Cristo yacente. Era una explosión de fe y superstición arraigada en los cimientos más profundos del pueblo que se expresaba en los rostros de toda aquella gente que durante el año vivía ajena a la Iglesia, ayuna de misas y sermones, pero que cada Viernes Santo bajaba a la Plaza de San Pedro para saldar sus cuentas pendientes con el cielo y ponerse en paz con Dios hasta el año siguiente.

Bajaban en bandadas, familias completas que guardaban sus mejores ropas y sus zapatos de domingo para ese día. Aquella tarde el barrio de San Cristóbal se quedaba vacío. Dos horas antes del comienzo de la procesión la cuesta de la calle Antonio Vico se convertía en un río interminable de mujeres y de niños. Entonces, los asuntos de la fe tenían un componente femenino que libraba a los hombres de promesas y sacrificios. Eran ellas las que cargaban con el peso de la religiosidad, las que salían descalzas detrás de la Virgen para agradecerle alguno de los milagros que formaban parte de la vida cotidiana de toda aquella gente.

Siempre había algún motivo para mirar al cielo con fe: la enfermedad de un familiar, el trabajo que había llegado a la casa, el nacimiento de un hijo completamente sano. Y el Viernes Santo era el día elegido para agradecer y pedir al todopoderoso, a ese Cristo que recorría las calles con la muerte en el rostro pero dispuesto a escuchar los ruegos de todos aquellos fieles que una tarde al año aparcaban sus vidas para entregarse a Dios. Venían de San Cristóbal, del Quemadero, de las cuestas de la Fuentecica y el Camino de Marín, los niños con las caras relucientes del jabón recién estrenado y las mujeres exhibiendo ese pequeño lujo que para las clases más humildes era pasar por la peluquería aunque solo fuera una vez al año.

Era tanta la gente que llegaba al lugar que a veces tenían que intervenir los municipales para poner orden, para que la plebe no se extendiera como una plaga por las inmediaciones del templo y se mezclara solo lo justo con las autoridades, que también se citaban todos los años a la misma hora y en el mismo lugar. Qué contraste divino: la rebelión de las masas en busca de su milagro correspondiente de cada Viernes Santo y el brillo de los trajes y de los zapatos de los altos cargos militares, del alcalde y del obispo que tenían el privilegio de asistir al duelo en primera fila acompañados de las marchas fúnebres que iba interpretando la Banda Municipal.

En medio de aquel extraordinario cambalache humano, donde los más pobres tenían los mismos derechos ante Dios que los ricos, destacaba un personaje que nunca pasaba desapercibido, el célebre Luis el de los perros que durante el año no cruzaba por delante de la puerta de una iglesia, pero que cuando llegaba el Viernes Santo se presentaba en el Entierro como si fuera el familiar más allegado del difunto.

Luis podía ser un vagabundo, un gandul vocacional, un sinvergüenza amable, un mal ejemplo para las nuevas generaciones, pero nunca fue un blasfemo ni un desalmado aunque no se llevara bien con las sotanas ni se acordara de la primera estrofa del Padre Nuestro.

Todos los años, cuando llegaba el Viernes Santo, se plantaba en la puerta de la iglesia de San Pedro para ver salir la procesión. Aquella tarde Luis se ponía su traje de gala, el único que tenía, aquel traje gris al que siempre le faltaba el mismo botón y le sobraba alguna mancha. Como si perteneciera a la aristocracia más rancia de la ciudad, Luis el de los perros se repeinaba el pelo con saliva, se ajustaba el traje para disimular las arrugas y se colocaba frente a la puerta principal con la misma autoridad moral que el alcalde.

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