El placer que consistía en ir solo a mirar
Mirábamos las carteleras de los cines, los escaparates de los kioscos, las partidas de billar…

Niños mirando el escaparate del kiosco de prensa que en los años 60 existía en la Plaza de Santo Domingo.
Uno de los pequeños placeres que teníamos los niños de antes era el de ir a mirar. No todo era acción, la vida no consistía únicamente en correr y saltar por las calles y a veces necesitábamos alimentarnos también con la contemplación cuando mirar era una ventana abierta de par en par a ese mundo fantástico de la imaginación.
Sentados en un tranco, mirábamos con verdadera vocación a las niñas uniformadas que pasaban por la Catedral camino del colegio del Milagro. De tanto que las mirábamos establecíamos una relación aunque nunca llegáramos a hablar con ellas. No es una exageración afirmar que los niños nos enamorábamos de verdad solo con la mirada y llegábamos a creer que aquella niña que pasaba todos los días a la misma hora con los libros apoyados en el pecho era nuestra novia.
Otra de las ilusiones infantiles que pasaban por los ojos era la de ir a mirar las carteleras de los cines, sobre todo en verano, cuando era costumbre cambiar el rollo casi todas las noches. La magia de las terrazas pasaba por ese protocolo de presentarse a diario delante de la fachada para ver como cambiaban los cuadros. Mirábamos con tanta pasión aquellos fotogramas escogidos que no necesitábamos ver la película y regresamos al barrio para contarle a los otros qué echaban esa noche en el cine. En nuestro escalafón particular de cinéfilos de rebajas, el llamado séptimo arte se dividía en películas de amores, de miedo, de risa, de detectives, de pistoleros, de indios y de romanos.
Mirar formaba parte de nuestros ratos de ocio y a veces nos llenaba tanto como jugar. Mirábamos con devoción a los adolescentes que en los futbolines del barrio eran invencibles y a los que inventaban carambolas imposibles en los billares del Café Colón.
Mirábamos con cara de asombro a los magos de la tanganilla que con el cubilete y la bolita de papel le sacaban los cuartos a los catetos en las inmediaciones del Mercado Central. Nos cautivaban con aquellos movimientos de manos que terminaban en trampa mientras que con los ojos tratábamos de adivinar el escondite final de la bola. De tanto mirar acabábamos por aprendernos la argucia hasta que terminaban echándonos a patadas de allí.
Una de las grandes ceremonias de la mirada era ir a los kioscos a ver las nuevas remesas de tebeos que acababan de llegar. Solían colgarlos con alfileres, como si fueran ropa tendida, y los niños íbamos en grupo a contemplarlos y a desearlos con la misma pasión con la que se anhelan las cosas que parecen tan lejanas. Para muchos de nosotros un tebeo era un acontecimiento excepcional, un regalo que solo te compraban en momentos señalados. Por eso nos gustaba tanto colocarnos delante del kiosco y mirar, disfrutar de aquellas portadas llenas de historietas que algún día serían nuestras y podríamos leer con tranquilidad sentados en una butaca en nuestra casa mientras devorábamos un vaso de leche caliente con una tostada de mantequilla.
Todos los años aparecía en escena alguna colección importante de estampas que renovaban la vida de los pequeños kioscos y nos convocaban a la chiquillería delante de los escaparates dispuestos a mirar. No sé bien si disfrutábamos más mirando el álbum desde lejos colgado en la cuerda del kiosco o llenándolo después cromo a cromo.
Mirar no era siempre una inocente distracción que nos ayudaba a espantar el fantasma del aburrimiento. También mirábamos con pecado y nos poníamos en guerra con nuestra conciencia. Mirábamos con deseo a la vecina de enfrente que tomaba el sol en la azotea, y lo hacíamos por ese doble placer que producía hacerlo a escondidas, mirar a hurtadillas sabiendo que si te descubrían se te venía abajo el invento y además te podías ganar un castigo si se enteraba tu madre.
Mirábamos con deseo, pero sin ese componente enfermizo con el que miraban los profesionales que se colocaban debajo de los puentes para verles las entrañas a las muchachas. Aquellos mirones eran rastreadores que conocían perfectamente el terreno y sabían donde estaban las rendijas más grandes y las más rentables para sus intereses. Se colocaban en los laterales, en el tramo del puente por donde pasaban los peatones y aprovechaban los desperfectos del suelo y los huecos para mirar sin compasión. Por la mañana temprano, cuando las niñas iban camino del instituto, la operación de mirar se complicaba porque solían cruzar con prisas. Sin embargo, el regreso se hacía más lento y camino de sus casas las muchachas se entretenían e incluso era normal que se pararan formando un corro en medio del puente. Era el momento buscado, el segundo de gloria que ansiaba el mirón. A veces, alguien descubría en el suelo aquella mirada llena de deseo y el ladrón de intimidades era descubierto en plena acción.