La Voz de Almeria

Tal como éramos

Escenas de aquella vida sencilla

Cada vecina barría el trozo de su puerta, lo baldeaba, lo adornaba con macetas

Una mujer barriendo la acera de su casa en la calle Santa María de la Alcazaba.

Una mujer barriendo la acera de su casa en la calle Santa María de la Alcazaba.

Eduardo de Vicente
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Había un orden natural que parecía inalterable en aquellas escenas cotidianas que se repetían y se heredaban de generación en generación para mantener sólidas las viejas formas de interpretar la vida. Era como una ley que nadie había escrito, pero que se respetaba en esa comunión diaria que sucedía en las puertas de las casas.

La puerta de la casa nos pertenecía de verdad, era nuestra patria verdadera, por eso utilizábamos la frase “estoy en mi puerta”, si alguien nos reprochaba que estábamos molestando con la pelota. Pronunciar la frase “estoy en mi puerta” era como decir que aquí mando yo, que nadie, ni la policía tenía derecho a reprenderme.

La puerta de la casa era una parte de nosotros, el trozo de nuestra vivienda que siempre estaba expuesto, por lo que era conveniente tenerlo siempre limpio con la misma pulcritud que el comedor o la cocina. Más de una vez escuchamos, en tono de crítica, la frase: “Mira como tiene fulana la puerta de la casa, así la tendrá por dentro”.

En mi barrio, cada vecina se encargaba de tener la puerta de su casa como los chorros del oro. Había una hora de la mañana, en ese espacio de tiempo en el que los hombres estaban trabajando y los niños en el colegio, en el que ellas salían a la puerta con las escobas en las manos y se dedicaban a barrer cada palmo de tierra hasta que los trancos y los bordillos quedaban relucientes. Luego sacaban el cubo de agua y baldeaban para que no se levantara el polvo y ese lugar sagrado fuera más habitable.

Había que tener preparada la puerta de la casa para cuando llegaran los niños del colegio y salieran al tranco a jugar antes del almuerzo y para esas horas de la tarde en la que las mujeres sacaban una silla y se ponían a coser mientras se iban contando sus historias. En la puerta de la casa terminábamos de hacer la tarea por las tardes cuando el techo se nos caía encima de puro aburrimiento. En la puerta jugábamos a ver cuando pasaba un coche cuando apenas circulaban por las calles. En la puerta nos comíamos la merienda a medias con las hormigas y disfrutábamos de las cenas colectivas de los veranos, cuando todos los vecinos cenaban en la puerta interpretando una ceremonia tribal. Cada acera era entonces la redacción de un periódico por donde corrían las noticias de cada casa sin manipulación alguna. En aquellos años no se hablaba de política, ni de la bolsa, ni de países como Estados Unidos o Rusia que quedaban tan lejos de nuestra realidad que era como si no existieran, un invento de los primeros telediarios. En aquel tiempo se hablaba de las cosas realmente importantes: se hablaba de la salud, de la enfermedad, de la aventura del muchacho de la casa de la esquina que se había ido a trabajar a Barcelona, de la hija de la vecina a la que le había salido un pretendiente bien situado, de los disgustos que siempre daban los hijos: el que no quería estudiar, el que no encontraba trabajo, el que no pensaba nada más que en la novia y andaba todo el santo día ensimismado, y se hablaba, sobre todo, de las cosas sencillas de la vida que guardaban la esencia de la felicidad cotidiana: de la excursión del domingo para pasar el día en la playa, del arroz con leche que en cada familia se preparaba para Semana Santa, de la comunión del hijo, del nacimiento de un nieto, de la llegada de la Feria que en cada casa se vivía entonces como un acontecimiento extraordinario y a los niños nos invitaba a ir ahorrando monedas en una hucha.

Aquel orden natural hacía pasar la vida sin grandes sobresaltos como si todo estuviera perfectamente organizado por un ser superior sin que nadie pudiera quebrantarlo. Todos los días el cartero pasaba a la misma hora y era tanta la puntualidad que la vecina que estaba aguardando una carta lo esperaba asomada a la puerta diciendo aquello de “ya no puede tardar”. Ya podía soplar un viento huracanado o caer chuzos de punta, que el cartero nunca podía fallar porque él formaba parte de la maquinaria de aquella forma de vida.

Pasaba el cartero a la misma hora, como lo hacía el vendedor ambulante del pescado, al que los niños conocíamos más por la voz que por el físico, ya que solía recorrer las calles con su cargamento a la hora del colegio. Cuando estábamos en el aula a media mañana en medio de una explicación magistral, la melodía de aquel hombre anunciando a voces sardinas y jureles era para nosotros una inyección de moral.

Las agujas del reloj de aquella vida sencilla las movía también el panadero, que tenía que ser un ejemplo de puntualidad. Pasaba con una moto con una canasta atrás, dejando un perfume a gloria, la prueba más fehaciente que teníamos los niños de la existencia de Dios.

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