Los minutos gloriosos del recreo
Quince minutos de descanso eran un oasis en medio del desierto de las clases

Niños y niñas de la Escuela Aneja de la Carretera de Ronda en los minutos del recreo. Año 1968.
La vida podía ser eterna en aquellos quince minutos de descanso en los que dejábamos atrás las temidas divisiones con decimales y las pesadas oraciones compuestas que tanto nos agobiaban en las primeras horas de clase. Llegabas de tu casa con la sábana pegada todavía en la cara y masticando aún el último sueño y de golpe el maestro te llenaba la pizarra de operaciones matemáticas y te saturaba la cabeza de números. Las asignaturas más complicadas llegaban siempre a primera hora y nos dejaban reventados, odiando un poco más si eso era posible, el deber de la escuela.
Luego sonaba el timbre salvador anunciando que había llegado la hora del recreo y de pronto nos liberábamos de forma automática y dejábamos aparcado nuestro pesimismo existencial de escolares amargados para llenarnos de energía. El recreo, en esencia, era eso, el tiempo de recargar las pilas para empezar de nuevo, los quince minutos mágicos que estirábamos como un chicle mientras los maestros iban recogiendo el rebaño para la vuelta al aula.
Era solo un cuarto de hora, pero lo aprovechábamos como si fuera eterno. El recreo era el momento del bocadillo, que era como llevarte un trozo de tu casa a la escuela porque llevaba impregnado el olor de las manos de tu madre y todo el cariño que había ido derramando mientras cortaba el pan y lo untaba con sobrasada o con mantequilla.
En aquellos escasos quince minutos de recreo nos daba tiempo a comer y a quemar las calorías jugando a lo que fuera. En mi primer colegio, a veces organizábamos hasta partidos de fútbol en un patio pequeño donde los alumnos entrábamos poniéndonos de perfil. Poco nos importaban las estrecheces ni que los maestros no nos dejaran llevarnos una pelota. Entonces mandaba la imaginación y como en esas cuestiones éramos todos catedráticos, podíamos ser felices con una pelota fabricada con los papeles que nos sobraban de los bocadillos. A Aquellos partidos improvisados les llamábamos los niños ‘revoleras’ y solían terminar siempre en refriegas porque se daban más patadas de las permitidas y porque acabábamos atropellando a las niñas que en un rincón del patio jugaban tranquilamente al lazo o a la comba.
Como en casi todos los patios escolares, en aquel patio diminuto y sombrío del colegio San José de la calle de la Reina había un grifo de agua donde los niños hacíamos cola atropelladamente para beber antes de volver a las obligaciones. Nunca pude entender por qué el agua del grifo del colegio nos sabía a gloria, mientras que la que salía del grifo de nuestra casa con el mismo sabor a lejía nos parecía inaceptable.
Corríamos a empujones para coger sitio en el grifo del patio, como si acabáramos de descubrir la sed. Y siempre te tocaba uno delante que se recreaba más de la cuenta en el chorrillo sin pensar en los que estaban esperando detrás. Y siempre tenías que beber deprisa porque los maestros te agobiaban y siempre terminabas con el corazón latiéndote en la garganta y con el sudor en la frente. Volvíamos a clase más cansados que cuando nos fuimos y aquellas dos horas que quedaban después del recreo se nos hacían insoportables.
A pesar de todo, el ritual se repetía todos los días, y siempre sentíamos el mismo alivio cuando llegaba la hora del recreo aunque solo fuera un cuarto de hora que se nos escapaba volando. Comíamos, jugábamos y a veces nos intercambiábamos las estampas mientras que los maestros formaban un corrillo y nos vigilaban de reojo. De vez en cuando, el recreo se nos oscurecía y dejaba de ser ese instante de descanso para convertirse en el preludio del examen que teníamos a continuación. No había nada peor que te pusieran un examen inmediatamente después del recreo. Cuando esto sucedía dejabas el bocadillo en la cartera, te olvidabas de los juegos y te ponías a estudiar la lección a toda prisa, con la certeza de que aquel último repaso a deshoras no iba a servir de nada.
El recreo era un oasis en medio de la jornada escolar, un regalo que nos caía del cielo, uno de los pocos momentos felices para los niños que aborrecíamos la escuela. Por eso el mayor castigo que nos podían imponer nuestros queridos profesores era dejarnos sin recreo. Sabíamos que cometer alguna travesura o superar el umbral de lo permitido en las primeras horas te podía acarrear un castigo tan duro como quedarte dentro del aula haciendo los deberes mientras escuchabas el griterío infantil que llegaba del patio. Una de las primeras noticias que tuve en mi vida de la soledad fue una de aquellas mañanas de colegio en la que me tuve que quedar quince minutos de rodillas con la nariz pegada a la pizarra, mientras los demás disfrutaban del recreo.
Los días de lluvia no nos dejaban salir al patio y había que organizar un recreo de mentirijilla en la misma clase. Allí nos comíamos el bocadillo y allí organizábamos nuestras batallas de bolas de papel cuando el maestro cometía el error de salir diez minutos al pasillo. Cuando al regresar se encontraba con aquel desastre nos soltaba aquella frase fatídica que nos dejaba el corazón helado: “Mañana os quedáis toda la clase sin recreo”.