“Tuve que pedir permiso hasta para darles los regalos de Navidad a mis hijos": la historia de una madre atrapada en la violencia vicaria
Un día con una madre que sufrió casi una década de violencia

La violencia vicaria es otro ejemplo de violencia de género.
Una terraza de una cafetería, dos cafés y un rostro serio, en uno de los interlocutores, de esos que aunque lo disimulen con talento, intentan contener las emociones ante las preguntas y respuestas que están por venir. Ella prefiere permanecer en el anonimato. Por la salvaguarda de sus hijos, por evitar juicios públicos y por no quebrar ni uno solo de los adoquines que han cimentado el camino de su sanación mental. Pero su historia es real, dolorosa y necesaria de ser compartida con la sociedad, y Ángela (nombre ficticio) está lista para hacerlo, tras trasladarse a Almería a empezar una nueva vida.
Su vida cambió el día que se separó de su marido. No imaginaba que esa decisión abriría un periplo de violencia a múltiples niveles: disfrazada de autoridad parental, marcada por graves conflictos con sus hijos durante los periodos de custodia y prolongada por la constante lucha contra las Administraciones. Una historia de violencia vicaria, de manipulación y de sufrimiento que duró casi una década.
Sus hijos se convirtieron en vehículos de un dolor infligido por su exmarido para hacer daño a Ángela, dejando a los vástagos atrapados en un círculo vicioso de conflictos y a la madre sumida en un sufrimiento constante. "Mis hijos empezaron a atacarme muchísimo a mí, a atacarse entre ellos porque el padre les hacía sentir que había un favorito".
Navidades con permiso judicial
El impacto se manifestaba en múltiples frentes: agresiones entre hermanos, confrontaciones y comparaciones constantes de los menores por parte del padre, y el desgaste emocional de una madre que luchaba por proteger a sus hijos mientras lidiaba con la manipulación de su exmarido. “El mayor empezó a tener un comportamiento muy disruptivo conmigo, con sus hermanos”, añade, revelando cómo la frustración y la violencia del padre se trasladaban hacia los propios hijos.
"Mis hijos empezaron a atacarme muchísimo a mí, a atacarse entre ellos porque el padre les hacía sentir que había un favorito"
La vida cotidiana se volvió un campo de batalla en el que cada interacción familiar estaba marcada por el miedo, la culpa y la tensión constante. Ángela comprendió que la violencia no se limitaba a ella, sino que permeaba toda la relación con sus hijos. “Yo tenía claro que él me hacía daño a través de mi hijo… ahí empezó una historia muy chunga”, confiesa, reconociendo la dificultad de enfrentar un maltrato tan sutil como evidente.
Incluso los momentos más significativos, como la Navidad, se convertían en una batalla legal. La sentencia de divorcio no contemplaba los periodos vacacionales ni los días especiales. Aunque formalmente los niños pasarían la mitad de las vacaciones con cada progenitor, Ángela no tenía derecho automático a verlos en fechas tan señaladas: “Los niños no pudieron ver a su madre… ni a sus abuelos maternos. No me dejaron verlos el Día de Navidad. Tuve que pedir permiso judicial solo para poder estar con ellos y darles los regalos”.
Una escalera de daño sin nombre
En la casa de Ángela, la violencia se desplegaba como una escalera que ascendía desde el padre hasta ella, pasando por sus hijos. La brutalidad empezaba en la justificación del maltrato físico: “Durante el matrimonio, él justificaba la violencia como herramienta educativa: ‘Una tortita a tiempo, un cachetón por aquí y otro por allá para que aprenda’”, recuerda.
Cuando los niños comenzaron a quedarse con él, la realidad golpeó con fuerza: el hijo más pequeño le confesó que recibían golpes. “Una tarde, muy al principio, me dice: ‘Mamá, papá nos pega, nos pega’”, cuenta.
"él me hacía daño a través de mi hijo… ahí empezó una historia muy chunga"
El hijo mayor, atrapado en la violencia paterna, replicaba el daño hacia su hermano pequeño, convirtiéndose en un canal involuntario de maltrato. Ángela buscó ayuda, golpeó todas las puertas posibles, pero se encontró con un muro de burocracia y poca ayuda. Nadie identificó lo que estaba ocurriendo: “Hablé con abogados, técnicos de igualdad, trabajadores sociales, médicos, psicólogos… nadie le puso nombre a lo que estábamos viviendo hasta 2020”, confiesa.
Los tres caminos a tomar
Ángela define con claridad los distintos caminos que puede tomar una persona que ha sufrido violencia: “Cuando alguien vive violencia pueden pasar tres cosas. Una, que te conviertas en un superviviente y te dediques a ayudar a otras personas. Dos, que lo encapsules porque duele tanto que no quieres oír hablar de ello. Esto, por ejemplo, le pasó a uno de mis hijos. Y luego puede pasar que repitas el patrón”, explica.
"lo encapsules porque duele tanto que no quieres oír hablar de ello"
Para Ángela, la violencia la llevó a elegir el primer camino: “Yo hace mucho que ya no me presento como víctima y ya soy activista. Activista contra el maltrato infantil, las violencias machistas hacia la infancia y la adolescencia y hacia la violencia de género en general”.
Tienes una depresión que te cagas: un caso de violencia de manual
El desgaste emocional de Ángela se hizo visible en su cuerpo y en su rutina diaria. Cada jornada era un esfuerzo por mantenerse en pie, por sostener la fachada mientras la violencia, canalizada a través de sus hijos, erosionaba su fuerza. La vida cotidiana se convirtió en un ejercicio de supervivencia. “Yo estaba cada día peor. Me encontraba muy mal, sin fuerzas… me iba cayendo por las esquinas. Llegaba a las 20:00 de la noche y me tumbaba y me dormía”, confiesa, con la memoria fresca del peso que cargaba.
La magnitud del daño psicológico no se hizo evidente hasta que un psicólogo de la sanidad pública evaluó su situación. Fue entonces cuando Ángela comprendió la profundidad del trauma: “Un psicólogo me dijo: ‘Tienes una depresión que te cagas. Tienes estrés crónico por tantísimos años de violencia, violencia continuada, violencia psicológica. Tienes un agotamiento emocional extremo. Lo que tus hijos y tú habéis vivido es un caso de manual de violencia psicológica. No sé cómo no te has vuelto loca".
"Loca, loca, loca de estar en pastillas, si me apuras, interna"
La aclaración fue inmediata: no se trataba de locura literal, sino del efecto extremo de años de maltrato sostenido. “Le dije: ‘¿Pero usted me está diciendo loca en sentido figurado, no? Loca, loca, loca de estar en pastillas, si me apuras, interna’”, recuerda Ángela. En medio de la oscuridad, encontró un punto de referencia: un libro sobre violencia psicológica escrito por una periodista canaria, cuyo subtítulo reflejaba un mensaje esperanzador: 'cómo sobreviví a la violencia machista psicológica y vicaria."
Un libro como un espejo y la sanación
En medio de la oscuridad, encontró un punto de referencia: un libro sobre violencia psicológica escrito por una periodista canaria, cuyo subtítulo reflejaba un mensaje esperanzador: 'cómo sobreviví a la violencia machista psicológica y vicaria."
Por primera vez, pude poner nombre a lo que me sucedía, comprender el patrón de maltrato y empezar a trazar un camino hacia la recuperación".
Ángela comenzó a leer, a documentarse y a entender la magnitud de lo que había vivido. Era el primer paso hacia la supervivencia, un camino que la alejaría del rol de víctima y la acercaría a la recuperación de su vida y de su fortaleza interior.
"El amor y un libro jugaron un papel crucial en mi sanación"
Ángela reconoce que la reparación completa nunca llegó del sistema burocrático. “Reparada por la Administración? No. A mí me han reparado realmente”, confiesa. Pero su resiliencia tiene raíces profundas: una mezcla de genética y forma de ser, de un optimismo que le permitió encontrar luz incluso en los años más oscuros.
El amor también jugó un papel crucial. “En aquellos años yo empecé a salir con un hombre que me dio todo el amor que necesitaba para sobrellevar la situación. No solo él, también muchos amigos que me apoyaron”, recuerda.
Esa red afectiva la sostuvo frente a la violencia económica, las cargas de la custodia compartida y los gastos extraordinarios que su exmarido se negaba a cubrir. Gracias a la solidaridad de sus amigos, sus hijos nunca carecieron de nada: desde medicinas hasta pequeños caprichos se convirtieron en símbolos de normalidad y cariño.
"Por la Administración no me siento reparada"
Pero la recuperación de Ángela también pasó por la música y la literatura La lectura, aunque de novelas que “no pasarán a la historia de la literatura”, le permitía evadirse, vivir emociones distintas y recuperar fragmentos de alegría y tranquilidad que la violencia había intentado borrar.
"Es un maltratador", un concepto sin aparecer
Para Ángela, el sufrimiento no se limitó a su hogar. La violencia encontró también un espacio silencioso en los pasillos del sistema judicial y educativo, un daño invisible que se prolongaba mientras ella buscaba ayuda para sus hijos.
En tribunales, Ángela pidió permiso para llevar a sus hijos al psicólogo, especialmente al mayor, que mostraba señales evidentes de sufrimiento. “La jueza hizo algo bien: dijo que lo valorara un psicólogo. Pero, para mi desgracia, se dejó fuera información clave. La profesional que valoró a mi hijo en privado me dijo "es un maltratador", pero en el informe al juez no apareció ni la palabra violencia ni maltrato. Y ese informe… se perdió”, recuerda Ángela. Pasaron meses, mientras el niño empeoraba, hasta que finalmente logró que enviaran un segundo informe, un proceso que tardó más de un año.
de 10 a 0: rendimiento escolar bajo
El impacto en sus hijos fue inmediato y profundo. “Mi hijo, un niño inteligente y de sobresaliente, empezó a suspender. La tutora me llamó alertada por el bajón en sus calificaciones".
"Tenía la autoestima destrozada y para su padre era un gandul. Un niño que no estudiaba"
Ángela explica que, cuando se viven episodios de violencia quedan huellas en el cerebro. "Las áreas áreas responsables del procesamiento de la información quedan afectadas por el desgaste emocional por lo que tiene dificultad para entender explicaciones, retener conocimientos y memorizar, lo que lleva a un bajo rendimiento escolar. Tenía la autoestima destrozada y para su padre era un gandul. Un niño que no estudiaba".
La brutal ideación del suicidio en menores
La violencia vicaria no solo deja marcas visibles, también siembra heridas profundas en la mente de los niños. Ángela recuerda con dolor los momentos en su vida de activista, en los que se ha encontrado historias de como menores que han sufrido violencia vicaria han rozado límites extremos.
“Hay muchos intentos de suicidio en menores que computan como suicidios. Muchos son inducidos, casos de violencia vicaria”, explica. Relata que conoce niños que han intentado lanzarse por la ventana y otros que han llegado al extremo fatal. “Es brutal”, insiste, describiendo la impotencia de las madres que ven cómo la custodia compartida fuerza a sus hijos a convivir con quien los maltrata.
“Desde la Convención de los Derechos del Niño, todos los menores tienen derecho a crecer en un entorno de amor y de buen trato. Y aún así, hay jueces, psicólogos y trabajadores sociales que lo están violando constantemente. No hay derecho”, denuncia Ángela, mientras subraya que la desprotección institucional agrava el daño emocional, dejando a los niños atrapados en un círculo de miedo y desesperanza.
Pero incluso en medio de esta oscuridad, Ángela ha encontrado respiro y resistencia en las redes de madres protectoras, un refugio donde compartir experiencias y sostenerse mutuamente. “Hemos creado un espacio donde podemos llorar sin que nadie nos critique”, dice, recordando que, frente a la violencia, el amor por sus hijos se convierte en la fuerza que permite seguir adelante.