El último palacete de la 'Pequeña San Sebastián'
Fue el sueño del industrial Simón Fuentes, quien, desde Carboneras, echó raíces en Garrucha: ahí nacieron sus seis hijos y se convirtió en el Rey del Esparto; 126 años después, la casona está a punto de cerrar su historia

El despacho de don Simón Fuentes Caparrós, en su casona de Garrucha, intacto, como el primer día; después pasó a su yerno, el abogado José Sánchez-Sicilia y fue sede del viceconsulado noruego.
Ocurrió un 8 de agosto de 1900: las copas de champán francés se desbordaban y se fumaban legítimos habanos en el saloncito de una flamante casona que se acababa de inaugurar junto a la Plaza del Mercado. En la puerta, la banda municipal de Vera ejecutaba piezas de una serenata con sumo gusto, que había atraído a buena parte del vecindario con ansías de distraerse en esa noche de verano. El dueño y señor del palacete era el poderoso industrial Don Simón Fuentes Caparrós, que agasajaba así a sus familiares y amigos como celebración del estreno de su nueva morada familiar. La mandó levantar un hombre que había hecho algún dinero con el comercio. No era un aristócrata, porque en Garrucha las fortunas tenían entonces las manos ásperas y solían llegar con el polvo de los caminos, el trajín de los almacenes o las redes mojadas. Quiso, simplemente, una casa que se notara. Y se notó. Tenía balcones de rejería, techos altos, habitaciones grandes y un patio interior donde en verano parecía detenerse el tiempo. En la fachada había una puerta de esas que no se podían abrir deprisa. Había que empujarla con las dos manos, como si hasta la madera exigiera respeto.
Hoy día, 126 años después, esa misma casa, el último palacete de la Garrucha burguesa, sigue intacto como una reliquia de aquella Pequeña San Sebastián, como denominó a Garrucha un periodista del Heraldo de Madrid que acompañaba al diputado y ministro de Instrucción Pública, Luis Silvela en un viaje político a principios del siglo XX, quien se hospedó precisamente en esa legendaria mansión.
Es esa hacienda que edificó don Simón y a la que se le adosó medio siglo después la ermita de la Virgen del Carmen, una de esas casas que no solo se levantan sobre la tierra sino también sobre la memoria. En Garrucha ya no queda ninguna de esta ralea, todas sucumbieron a la piqueta: el Palacio Vista Alegre, la Casa del Marqués del Almanzora, el Cortijo de don Sergio y toda la hilera de casitas antiguas del Malecón.
Uno pasa delante del palacete de don Simón y quizá ya no sabe quién vivió allí, qué familia abrió aquella puerta durante más de un siglo, qué conversaciones quedaron prendidas entre los alféizares. Pero la casa lo sabe.
Esta casona nació cuando Garrucha todavía olía más a esparto, pescado y carbón que a crema solar. Entonces el pueblo era pequeño, marinero y comerciante, con las puertas abiertas durante el día y las sillas buscando por la tarde el poco fresco que traía la brisa del Mediterráneo.
En ese tiempo, a principios de 1880, fue cuando llegó al pueblo procedente de Carboneras el muchacho llamado Simón Fuentes Caparrós con sus primos Pepón y Paco Fuentes. Era hijo de José Fuentes Ruiz, un destacado comerciante juez municipal y alcalde carbonero. Simón quería abrirse camino por sí mismo con el negocio del esparto y entendió que la rada de Garrucha estaba mejor comunicada y con mejor abrigo para los buques de cabotaje y de gran calado. Construyó varios almacenes para la pleita que recogía en los montes de Carboneras, Somontín, Baza, Lúcar, Pulpí y Cieza y logró un generoso contrato de suministro de esparto para los calamentos de la Marina inglesa que le hicieron prosperar. Simón no tenía límites y se arrimó a los Berruezo, una de las familia más poderosa del distrito que controlaba la política local. Simón se casó en 1888 con Concha Berruezo Gerez, hija del prócer Francisco Berruezo López, y empezó a tener una influencia económica y política notoria en su municipio de adopción: promovió un Casino, inició las gestiones para conseguir el Puerto de Garrucha, el ferrocarril de Lorca-Almería y posibilitó cientos de jornales a los garrucheros. La casona en cuestión la construyó en lo que fueron las caballerizas anexas a la casa de su suegro Berruezo dando a dos calles.
Fue un personaje carismático, querido, un cacique con sentimientos que cuando hacía temporal de Levante daba una perra gorda a cada pescador de Garrucha que hacía cola con la mano extendida delante de su casa. Falleció en El Algarrobico en 1934 y sus empleados -entre ellos Perico el Sierro- trajeron su cuerpo a hombros, andando 20 kilómetros, para velarlo en su domicilio de Garrucha, por donde desfilaron miles de personas y la banda de música. La casa la heredó entonces su hija Concha, casada con el abogado José Sánchez-Sicilia quien continuó con los negocios de su suegro. Después la compartieron sus hijas Concha y Pepita Sánchez-Sicilia Fuentes hasta sus actuales dueños, sus hijos, ya en cuarta generación.
Allí, en esas estancias señoriales, se alojaron personajes como el ingeniero aeronáutico Kindelán o los diputados Augusto Barcia y Luis Silvela y fue la sede de viceconsulado noruego con una bandera de ese país siempre ondeando en el asta. Durante la Guerra Civil, la estancia fue intocable por su carácter diplomático. La casona de don Simón es, por tanto, una casa-río: a través de ella se puede navegar por la historia de Garrucha. Por allí entraron y salieron generaciones enteras, desde los tiempos del charlestón a los de la minifalda. Y todo sigue ahí dentro, como el primer día: la cancela de caoba, las rejas, el olor a tabaco de Cuba, la capilla con las bulas papales y el sagrario, la barandilla de madera art noveau, las vidrieras, los espejos, el teléfono de baquelita, las columnas jónicas, la escalera de mármol de Macael, la losa hidráulica alicantina de Miguel Moya, el cenital patio de luces, las iniciales SF de las puertas y el despacho intacto con el retrato de don Simón, su hacedor, con las facturas de compra de los campos de esparto y los pedidos de la Armada británica. Todo eso será escombro pronto para hacer un bloque de pisos, si antes no lo remedia nadie.