La Voz de Almeria

Opinión

No hace falta ser creyente para creer en la Virgen del Carmen

La Virgen sale y los marineros la miran con el respeto heredado de generaciones enteras y también los no beatos, porque uno tiene derecho a sus propias contradicciones

Procesión de la Virgen del Carmen en Garrucha el pasado sábado, el año en el que cumple el 75 aniversario de su llegada al pueblo marinero.

Procesión de la Virgen del Carmen en Garrucha el pasado sábado, el año en el que cumple el 75 aniversario de su llegada al pueblo marinero.

Manuel León
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Iba la Virgen del Carmen de Garrucha el otro día por las calles de su pueblo portada en andas después de ser restaurada al carmín original por las manos de seda de Joaquín Gilabert; iba la Madre del pueblo por la calle Mayor con un regazo de flores, bajo el pulso de sus hijos de camisa blanca que la sostenían como se sostiene algo que se ama; iba la patrona de los marineros con su hijo en brazos, como siempre, con su corona dorada, como siempre, más esclarecida si cabe por la labor del artista de Arboleas. Volvía la estrella de los mares a su casa tras un proceso de restauración integral tras sufrir el desgaste del tiempo: con una peana resplandeciente, con el brillo de la policromía renacida, con la eliminación de los repintes artificiales y con el estucado retoñado. Se cumplen ahora 75 años desde que la Madre de los garrucheros llegó al pueblo, a esa Capilla que fue cedida por el bienhechor don Paco Gea donde antes tenía su cochera; se cumple ahora la efeméride de los tres cuartos de siglo de la patrona en Garrucha, una Virgen, sencilla, humilde, pequeña, pero la más grande para sus hijos: los marineros, los pescadores, los jabegotes, los hijos de la mar, que la ven en mármol cada día desde la cubierta al salir y entrar en la bahía. Desde aquel lejano 1951, Garrucha nunca ha sido la misma. No tenía Madre y desde entonces la tiene siempre, la del Carmen, la que nunca falla. Se tienen tantas vivencias con ella que cuesta seguir, no son vivencias de uno sino de nuestros mayores, de aquellas mujeres que se levantaban de madrugada cada 16 de julio para adornarla, para vestirla, para que luciera por las calles y junto al timón del barco de turno en procesión marinera; mujeres que durante años y décadas se han encomendado a Ella cada vez que las olas se levantaban y las barcas aún estaban lejos del amparo del muelle.

No hace falta ser beato para entender esto; no hace falta ser católico o creyente para creer en Ella, cada uno tiene derecho a sus propias contradicciones, como uno puede ser el campeón de los agnósticos en Albox y creer por encima de todo en la Pequeñica o de Dalías y poner a su Cristo por encima de todo en la vida.

Dentro de un mes saldrán a la calle en procesión todas esas vírgenes de la marinería, que son todas la misma: la del barrio de Pescadería, la de Adra, la de Carboneras, la de Villaricos o la de Garrucha. Y comprenderemos una vez más que hay imágenes que no necesitan hablar para decirlo todo. Basta una mirada, una plegaria susurrada o el leve balanceo de una embarcación sobre el Mediterráneo para comprender que la Virgen del Carmen no es solo una advocación religiosa. Es memoria, es identidad y es el latido compartido de un pueblo que aprendió a vivir mirando al mar.

La Virgen sale al encuentro de su gente como una madre que conoce el nombre de cada hijo. Los pescadores la miran con el respeto heredado de generaciones enteras. Muchos aprendieron a rezarle de la mano de sus padres y estos, a su vez, de sus abuelos. Porque la devoción a la Virgen del Carmen no se aprende en los libros; se transmite en las madrugadas de faena, en las historias contadas junto al muelle y en los silencios de quienes han conocido la fuerza imprevisible del mar.

Son muchos los que ya no están y que, sin embargo, parecen regresar cada año en ese instante. Viejos marineros, madres que rezaban desde la orilla, jóvenes que partieron demasiado pronto. Todos encuentran un lugar en la memoria colectiva cuando la Virgen del Carmen cruza las aguas, convertida en símbolo de protección y consuelo.

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