Los pescadores atómicos
El accidente nuclear de Palomares les marcó de por vida desde la mañana del 17 de enero de 1966. Francisco Simó, Paco el de la bomba, cosechó popularidad en todo el mundo, Pero también estaban Bartolomé Roldán y Alfonset

Francisco Simón y sus hermanos, en el barco en el que pescaban la mañana del 17 de enero de 1966, cuando vieron caer la bomba sobre el mar.
Esa mañana de lunes, día de San Antón, habían zarpado desde Águilas tras tomar un café y habían calado las nasas para pescar el camarón en el canto de Palomares, cerca de la fábrica del Duro. Hacía mala mar y ningún otro barco del cercano refugio de Villaricos se había aventurado a botar la barca. Paco Simó, sus hermanos y su primo el Alfonset, oriundos de Tarragona, del barrio del Serrallo, estaban acostumbrados al oleaje y no tenían pereza en hacer millas para cobrar marisco.
Allí estaban al ralentí el Manuela Orts y el Agustín y Rosa, junto al Dorita, que patroneaba Bartolomé Roldán, como cáscaras de nuez, en esa inmensidad azul pasadas, un día que iba a cambiar el mundo. Los Simó Orts hacía veinte años que habían llegado al puerto de Aguilas cuando el rape y la merluza desaparecieron de la costa Brava.
Allí en el Sureste echaron un día las redes y sacaron 50 cajas de gamba y decidieron, en esa tierra de Canaán, hundir sus raíces el patriarca Alfonso Simó y sus tres hijos. Eran arriesgados a la hora de adentrarse en nuevas profundidades, los que más pescado pillaban en Águilas y, sobre todo, destacaba Paco, de elevada estatura y mentón como Kirk Douglas.
Estaban los marineros tomando otro café negro en cubierta, cuando les iluminó una bola de fuego en el cielo infinito y un torrente de fragmentos caía como una lluvia de meteoritos. ¡Ostia tú! exclamó Paco cuando vio caer un paracaídas distinto a los demás, cuando sus ojos creyeron divisar a 75 metros de su embarcación que de las cuerdas colgaba medio hombre con las entrañas fuera. Francisco Simó, el catalán de Águilas -aún no se había convertido en Paco el de la Bomba- marcó en su mente el sitio exacto de la caída, a 750 metros de profundidad, con la silueta de la fundición minera de la costa haciendo casi un ángulo recto. Maniobró para acercarse a la lona llovida del cielo después de unos instantes de frío silencio en los que solo se oían las gaviotas. Pero había desaparecido, se la había tragado literalmente el agua. Bartolomé Roldán, el patrón del Dorita, uno de los héroes atómicos olvidados de Palomares, salvó al capitán Wendorf, que pilotaba el B-52 recién siniestrado, y que vociferaba bajo la tela del paracaídas como lo hicieron muchos años antes los náufragos de Titanic.
Le lanzó un flotador de caucho, lo izó con una maroma, le quitó las ropas de aviador empapadas con cuidado de no dañar más un hombre desgobernado y le dio una manta y coñac para calentarse en esa fría mañana del 17 de enero de 1966. Después Roldán y sus hombres vadearon los restos diseminados de las carcasas para rescatar a Mike Rooney, otro de los tripulantes del bombardero USA que había sobrevivido también a la catástrofe nuclear. Tenía un corte en la nalga y le pusieron un vendaje. El otro barco, el Agustín y Rosa, consiguió auxiliar al copiloto Messinger.
Roldán viró hacia Aguilas y pidió a Simó que enviase un mensaje por radiofrecuencia para que tuviesen lista una ambulancia en el Muelle. Rápidamente los hospitalizaron, le dieron un pijama limpio, un calmante y un cigarrillo: la odisea para ellos había tocado a su fín.
De los doce hombres que tripulaban los dos aviones que chocaron en el cielo almeriense esa mañana de enero a 10.000 metros de altura, en la silueta de la Silla de Montar, entre Sierra Cabrera y Almagrera, solo sobrevivieron cuatro y tres fueron rescatados por los esforzados pescadores aguileños.
Los americanos ayudados por los vecinos de Palomares localizaron rápidamente tres bombas de hidrógeno que alojaba el vientre del bombardero, pero faltaba una. El Pentágono activo de inmediato la operación Flecha Rota, montó el Campamento al mando del General Wilson y acudieron a buscar a Simó para que les diera las coordenadas de la cuarta bomba desaparecida. Simó relató lo que vio esa mañana al Capitán Ramírez, hizo un croquis y lo embarcaron en un dragaminas para la reconstrucción de los hechos: lo que el pescador creyó que era el cuerpo cercenado de un piloto cayendo del cielo, en realidad era la bomba perdida que Estados Unidos buscó casi tres meses en los fondos marinos almerienses.
Gracias a la capacidad de observación de Paco el de la bomba, los americanos recuperaron su artefacto atómico, tras días y semanas de incredulidad, en los que el almirante William Guest se negaba a dar crédito a un sencillo pescador local, frente a la tecnología de la Armada USA. La VI Flota tomó esos días las aguas de Palomares con 18 buques estacionados, dragaminas, hombres rana y tres submarinos. Uno de ellos, el Alvin, logró izar la bomba el 7 de abril, Jueves Santo, a 300 metros de donde la había dibujado Simó. El pescador se convirtió en uno de los personajes más populares de la época.
Fue entrevistado por cadenas de todo el mundo, viajó a Washington donde fue recibido como un héroe nacional. Un abogado le redactó una reclamación de un millón de dólares para presentarla a los americanos, el periódico Arriba abrió una suscripción para comprarle una barca. Pero lo único que sacó fueron diplomas, medallas y pergaminos.
Los últimos años de su vida los pasó como siempre: bajando al puerto de Aguilas, aunque ya no se pudiese embarcar y poner rumbo al horizonte a por el marisco, siendo buscado de cuando en cuando por algún periodista que quería oír de sus labios lo de aquella bomba perdida de Palomares.