La Voz de Almeria

Historias de Almería

El maestro de La Lengua de las mariposas era de Almería

Uldarico del Olmo fue por encima de todo un hombre de bien; y también profesor del Instituto, alcalde, masón y poeta clandestino en el inframundo de las cárceles franquistas

Uldarico del Olmo nació en Tenerife en 1896 y falleció en Almería en 1972.

Uldarico del Olmo nació en Tenerife en 1896 y falleció en Almería en 1972.

Manuel León
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Cada mañana, el profesor con nombre de monarca godo llegaba al viejo claustro de los Dominicos de Almería antes de que el sol se acomodara del todo. Su figura delgada atravesaba el patio con su maletín de cuero gastado que guardaba en el vientre libros subrayados hasta el cansancio y una cajita de tizas que sonaban como maracas. Ingresaba en el aula, que olía a madera vieja, y empezaban a comparecer sus alumnos.

Abría entonces las ventanas don Uldarico, que así se llamaba este humilde prócer, para que penetrara a raudales la mañana almeriense y sacudía el borrador con un golpe seco, un ritual aprendido en tiempos en los que la disciplina era una extensión del afecto. Luego escribía la fecha en la pizarra con letra clara, redonda, orgullosa de sí misma. Debía pensar, don Uldarico, que una buena caligrafía ordena las ideas, porque el pensamiento también necesita de renglones.

Los escolares de aquel tiempo ya tan sepia lo conocían bien: sabían que no levantaba la voz, pero que su silencio era más elocuente que cualquier grito. Cuando alguno se distraía mirando al patio, bastaba con que don Uldarico ajustara las lentes y mirara por encima de la montura. No era severo, pero tampoco indulgente. Creía, con la convicción que se creía entonces, que aprender debía de costar trabajo y que el esfuerzo dignificaba al estudiante.

Entre clase y clase, contaba historias que no figuraban en los libros: cómo se aprendía de memoria la tabla del siete repitiéndola al ritmo del corazón, cómo se escribían cartas con tinta y paciencia. A la hora del recreo, se quedaba don Uldarico en el aula corrigiendo cuadernos. Marcaba los errores con cuidado, sin crueldad, como quien poda un árbol para que crezca mejor. Debía pensar que el verdadero salario del maestro era conseguir hacer pensar a un alumno. Entre tizas y palabra, don Uldarico sostenía ese pequeño universo a su manera, convencido de que la escuela, como la vida, se construye despacio, lección a lección.

Debió tener el docente almeriense el temperamento del inolvidable maestro republicano que aparece en La Lengua de Las Mariposas, aunque no fuese aquel don Julio, representado por Fernán Gómez; él era don Uldarico, don Uldarico del Olmo, un personaje único, intransferible, que enseñaba con el mismo fervor que el de la película; que era rojo como él; que era genuino como él; que era vocacional como él; un maestro sin cartón piedra, que avivaba la curiosidad y las emociones de la muchachada almeriense en los genuinos años 20 del pasado siglo. Uldarico mantuvo durante toda su vida el espíritu de justicia social de los maestros de la República y vivió toda su vida con la dignidad de lo que saben estar siempre en su sitio sin renunciar a sus ideas por mucho tormento que le supusieran.

Todo el caudal de la vida de este maestro se ha podido revelar ahora por gracia de José Ramón Ramos, quien fue su alumno, quien falleció en 2022 sin ver publicada su obra biográfica sobre este profesor al que dedicó más de diez años. El singular y copioso libro, con más de 700 páginas, fue presentado hace unos días, entre capiteles, bajo angelotes de la Biblia, en el salón noble del Círculo Mercantil de Almería con la participación de la hija del autor fallecido, Cecilia Ramos, el secretario de Estado de Memoria Democrática, el historiador Fernando Martínez, y el editor Juan Grima Cervantes, quien decidió apostar por este libro desde sus génesis hace ahora 14 años.

Uldarico del Olmo fue profesor y catedrático de Ciencias Naturales del Instituto, alcalde republicano, masón y preso político en una romería de traslados carcelarios donde escribió más de 500 poemas brotados de ese encierro forzoso como un Manco de Lepanto. Toda esa obra brotada de sus días y sus noches de sufrimiento compartido en los penales y revivida por su biógrafo José Ramón en un esfuerzo hercúleo de investigación, pudo haber quedado en la nada, si su hija Cecilia no se hubiese empeñado en concluir la brega de su progenitor.

Uldarico nació en 1896 en Tenerife, plaza donde su padre Hilario ejerció como profesor, hasta que fue destinado al Instituto de Almería. Llegó al tiempo que la ciudad inauguraba el ferrocarril. Se avecindó la familia junto a la Iglesia de San Sebastián para trasladarse después a la calle Ramos. Empezó Uldarico desde niño a hacer una colección de plantas que no tenía parangón en Almería. Estudió Ciencias en la Universidad Central de Madrid y a los 21 años ya era profesor ayudante del Instituto de Almería compartiendo claustro con su padre.

Con los años, a pesar de su condición de catedrático, Uldarico seguía sin sentirse un burgués en Almería, no venía de familia de rancio abolengo. Defensor siempre del libre pensamiento, del laicismo y de la razón sobre la fe. A los 25 años, ingresó en la logia masónica Actividad con el sobrenombre de Crookes, de la mano de su amigo el farmacéutico José Enciso. Fueron masones también, correligionarios de Uldarico, los diputados a Cortes Juan Company o Tuñón de Lara y amigos como José Romero Balmas, quien sufrió presidio como él y a quien le dedica un soneto en el inframundo del penal de Burgos, rodeado de piojos, de miseria, de hambre pura y de fusilamientos al amanecer, siempre con un lápiz y un trozo de papel en el bolsillo de la chaqueta, rimando versos clandestinos, como aquel pastorcillo de Orihuela.

Pero antes de que llegara la Guerra y la victoria de los que se alzaron en armas, Uldarico fue concejal en 1931 con Miguel Granados con el Partido Radical Socialista y por unos meses alcalde, llevando a cabo mejoras de abastecimiento urbano y en las escuelas. Presentó su dimisión porque un concejal, Salaberri, lo acusó de mentir y no quiso retirar la acusación.

Durante la Guerra siguió dando clase y lo llamaron a filas en el 39 cuando la contienda ya la tenían más que perdida. Le aconsejaron que huyera por su condición de masón, pero lo apresaron en Alicante y el Tribunal de Represión de la Masonería lo condenó a 20 años de hieles, de los que cumplió nueve. Al salir fue depurado, degradado, condenado al ostracismo, al romano olvido de la ‘damnatio memoriae’ y a no poder incorporarse a su cátedra. Se casó en 1951 con Carmen Carmona y padeció toda su vida, este insigne profesor almeriense, el estigma del rojo malo, malviviendo de las clases particulares, habiéndosele visto incluso haciendo cola en los comedores de beneficencia de Alcalde Muñoz. Y se le fue la vida en 1972 a don Uldarico en su casita de Maldonado Entrena, de la que habían sido requisados sus libros, recordando esos días felices cuando enseñaba a sus alumnos a pensar. Solo cinco personas acudieron a su entierro.

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