Los restos de la muralla medieval que sobreviven en La Fuentecica
El baluarte parece agarrarse al cerro para no caer desmoronado definitivamente

Imagen de los restos de la muralla medieval
El camino oficial para llegar al barrio de la Fuentecica desde la Puerta de Purchena sigue pasando por las calles Gran Capitán y Regocijos. Al dejar atrás la Plaza del Quemadero hay que desviarse hacia el norte y girar después a poniente para entrar en aquel antiguo escenario donde aún se pueden encontrar algunas reliquias de la mucha vida que tuvo. Nada más ascender la primera cuesta aparecen los restos de lo que fue la antigua calera, que durante décadas se convirtió en el negocio más próspero y en la bandera comercial de todo un barrio. Todavía se pueden ver los huecos, impresos en los muros, de los hornos donde entraba la piedra caliza para ser transformada en la cal que después se vendía por la ciudad para las obras y para el aseo de las fachadas.
Lo que queda de la calera sigue ahí, contándonos una historia de la que ya no quedan protagonistas. Es una reliquia, como la casa que aparece unos metros más arriba, un palacio en medio de un paisaje caótico. Sorprende encontrarse, en aquel lugar tan castigado por el abandono y por las construcciones destartaladas, una obra de tanta belleza. Este paraje era conocido como el cortijo ‘El Capricho’ y nació en la ladera norte del cerro de San Cristóbal. Un reloj colocado sobre una figura triangular coronaba el caserón en la fachada principal. Cuentan que en los años veinte, cuando aquella pequeña barriada era una aldea de casas humildes y cuevas, las gentes se guiaban por el reloj de ‘El Capricho’. Aquella casa en alto presidía todo el arrabal y desde sus azoteas se podía ver el mar.
Subiendo por esas calles el peso de la historia se impone de manera rotunda cuando se llega hasta los restos de las antiguas murallas que custodiaban la ciudad por el norte. Las ruinas del baluarte resisten a duras penas el avance de la civilización, que ha ido rodeando sus piedras de chabolas y edificios. La muralla parece agarrarse al cerro para no caer desmoronada definitivamente, y así, víctima de una batalla perdida, resiste hasta que llegue el día en que caiga rendida sobre la tierra sin que venga ningún proyecto a rescatarla. La torre de la muralla destaca en la cima, agarrada a la base de forma milagrosa. Fue levantada sobre una gran roca que sobresale y de la que parte la estructura del resto de la muralla que desciende hasta el desfiladero de la calle Fuentecica Alta y vuelve a ascender por la ladera de enfrente, la que comunica con el Cerro de San Cristóbal. Lo que queda de la muralla medieval se oculta entre un laberinto de casas que se alinean de forma desordenada, adaptándose a la irregular orografía del paisaje. Son viviendas de una planta, típicas de las zonas humildes de la ciudad, que se encuentran en una esquina del barrio, alejadas del ruido de los coches y el bullicio de la vida. El lugar tiene aires de cortijada y sus habitantes disfrutan entre pájaros, plantas y silencios. Hace años, cuando no había llegado aún la urbanización masiva, el torreón de la muralla se comunicaba con el sendero de las cuevas que formaban un arrabal sobre las colinas. Era una ciudad aparte, un mundo distinto donde la pobreza se contrarrestaba con las ganas de vivir. Entonces no había un hueco libre. La Fuentecica era un poblado de familias numerosas y cualquier rincón, aunque fuera una cueva, servía de refugio.