La Voz de Almeria

Almería

Los 100 años de Gaspar Cuenca: el privilegio de sentirse joven

Ha alcanzado el siglo de vida con su memoria intacta y con ganas de seguir adelante

Gaspar Cuenca Casas, celebrando el siglo de vida entre amigos y familiares.

Gaspar Cuenca Casas, celebrando el siglo de vida entre amigos y familiares.La Voz

Eduardo de Vicente
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Las piernas, esas fieles compañeras que lo paseaban por la Almedina, dijeron hace un año que ya era hora de descansar y lo obligaron a tener que echar mano de un andador. A pesar de los achaques, él no se rindió y siguió saliendo a todos los días a dar una vuelta por la Plaza de la Catedral, donde tiene su residencia. Gaspar Cuenca es un joven de 100 años que no ha perdido la sonrisa y que sigue mirando la vida como un adolescente, aunque el almanaque le diga lo contrario. Quizá, el secreto de su longevidad resida en ese buen humor que siempre ha tenido, en su generosidad sin límites, en levantarse todos los días con una ilusión en el bolsillo. 

Con estas armas ha ido batallando contra el paso del tiempo y se ha enfrentado al enemigo sin temores, desafiándolo con esos dos relojes que lleva en sus muñecas. Es su forma de decir que no le tiene miedo. Desde hace unos años, Gaspar es uno de los inquilinos de la casa sacerdotal instalada en el lugar donde estaba el antiguo Seminario de la Plaza de la Catedral. Allí vive como un rey, aunque echa de menos la presencia de un gato, un animal fundamental a lo largo de su vida. En su casa nunca faltó un gato, y cuando uno se marchaba, al día siguiente llegaba un cachorro para hacerlo inmortal. El último gato de don Gaspar se llamaba ‘Miso’, y fue su infiel compañero, más apegado al sofá que al amo, pero siempre presente, llenando todos los rincones de la casa con sus profundos silencios.

Gaspar Cuenca Casas nació en Almería el 26 de julio de 1926. Hijo de Gaspar Cuenca Benet, consignatario de buques, y de Encarnación Casas Arévalo, era el único varón y el menor en una casa donde reinaban sus hermanas: Encarna, Natalia y Rosario. Fue amigo personal de la profesora Celia Viñas, con la que compartió su casa, su cortijo de Laujar y su familia. Compaginó su puesto en la casa MacAndrew con la de anticuario, una de sus grandes vocaciones. Hasta 1977, año en el que dimitió, fue vicecónsul honorario de Inglaterra en Almería.

Su infancia estuvo ligada a la casa familiar de la calle Gerona. Su padre era el gerente en Almería de la compañía MacAndrew, encargada de transportar la uva de Almería a los puertos de Inglaterra y necesitaba una casa grande que a la vez fuera vivienda y negocio. Tenía un sótano inmenso que todos los años, cuando llegaba el tiempo de la campaña uvera, se llenaba de mesas para que los empleados manejaran los libros de embarque, aquellos tomos gigantescos donde los escribientes iban anotando a tinta china todos los detalles de las operaciones de venta. En aquellos años, la actividad durante los meses de la faena era vertiginosa y había semanas en que la luz del despacho no se apagaba de noche. Después llegó la guerra que frenó el negocio y dejó la uva estancada bajo los tinglados del puerto. 

En aquellas últimas semanas del verano de 1936, su padre fue apresado y encarcelado. Gaspar recuerda el día que iba caminando de la mano de su tía Loreto por la calle Reyes Católicos y de pronto escuchó la voz de su padre, que desde un camión les dijo: “Nos llevan a las Adoratrices, mándame un colchón”. A comienzos de noviembre, la casa McAndrew llegó a un compromiso con la Cámara Oficial Uvera para mandar cinco barcos y llevarse a Inglaterra toda la uva que había almacenada en el puerto. 

En dicho acuerdo se incluía que su gerente en Almería saliera de prisión durante los días que duraran las operaciones para participar en las tareas de embarque. En el cuarto barco que partió del puerto rumbo a Liverpool, en el almacén, entre los barriles de uva, se marchó escondido Gaspar Cuenca Benet, teniendo que dejar atrás a su familia. Una vez en Inglaterra, y por mediación de la embajada británica, reclamó a su mujer y a sus cuatro hijos, que en un destructor inglés pudieron salir de Almería rumbo a Gibraltar.

Al terminar la guerra el padre recuperó su cargo de director de McAndrew en Almería y el pequeño Gaspar, que ya tenía trece años, pudo reanudar su formación en el colegio de la Salle. Cuando concluyó sus estudios se marchó a Barcelona costeado por la casa McAndrew para que aprendiera el oficio de su padre. Un año después lo mandaron a Londres, donde permaneció durante dos años, en una época en la que la ‘City’ resurgía de forma vertiginosa después de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Allí descubrió que nos llevaban un siglo de adelanto. Cuando en vacaciones volvía a Almería, Gaspar destacaba por su forma de vestir, por sus modales británicos y sobre todo, porque era uno de los pocos veinteañeros que hablaba inglés perfectamente, lo que le otorgaba un aire extravagante y un toque de distinción que lo ha acompañado a lo largo de su vida. 

Con 100 años recién cumplidos, Gaspar Cuenca sigue conservando la elegancia de aquel joven con traje y corbata que en los años cincuenta se sentaba en la terraza del Café Colón a contarle a los amigos las aventuras vividas en Inglaterra.

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