¡Es tan barato ser feliz en Almería!
Desde la Puerta Purchena hasta las Almadrabillas, desde la Avenida de Vilches hasta la Rambla, Almería pareció ayer el río de la vida de Baroja, con bubucelas y pinturas rojigualdas, con bocinas berreando; solo es un juego pero ¡qué juego!

Celebración de la Copa del Mundo conseguida por España en la Rambla de Almería.
Estos días, la patria de los almerienses ha sido el fútbol, incluso para los que viven en Marte y no saben lo que es un córner. Uno nunca sabe si la alegría une más que la tristeza, pero sí sabe que la pelota es como el pegamento, ese deporte inglés que llegó a Almería a través de los marineros de Southampton que, a la espera de cargar el mineral de Alquife, improvisaban matches en el dique de Levante. Solo es un juego, pero qué juego. Y lo que mueve y lo que hace palpitar, en cualquier ciudad, como Almería ayer.
Será difícil recordar una riada humana como la que la madrugada pasada serpenteó desde Las Almadrabillas hasta La Purchena Gate, desde la Avenida de Vilches hasta la Plaza de las Velas. Una serpiente de almerienses que hacían que no se viera el asfalto ni los adoquines, solo colores rojigualdos en las camisetas, en las mejillas, en las banderas utilizadas como faldones o como muletas toreras. Si la felicidad tiene un día en el calendario urcitano de 2026 ese fue ayer; si la euforia tiene su santoral en la tierra del Indalo de Perceval, ese fue ayer: gente que brincaba, que bailaba, que lloraba de sentimiento verdadero por unos colores, por una victoria, por un gol de un futbolista que más parece un galán de cine; niños y mayores que no quitaban los ojos del plasma de las pantallas que inundaron los bares y las plazas, las casas con las ventanas abiertas y las enseñas en los balcones, de donde se escapaba la voz de Rivero que no se quedó ronco como De la Casa en el gol de Señor, pero casi. Estaba la Casa de las Mariposas de Cajamar, la que se inventó Cuartara, bajo la penumbra de nuestros colores, esa Casa que durante un tiempo albergó el consulado de Argentina que dirigía el diplomático Atilano; estaba la nueva fuente vacía para evitar desmanes, estaban familias enteras -muchos jóvenes y adolescentes locuelos, pero también abuelas y abuelos- en procesión futbolera, como hinchas improvisados de un sólo partido, pero qué partido.
Aunque ya pocos lo recuerden, hubo un tiempo en que España no ganaba nada, siempre sucumbía, aunque había la misma ilusión que ahora, pero sin triunfos de oros; tiempos de Rubén Cano -hemos descubierto que es almeriense- y de Santillana y de Asensi y de López Ufarte, en los que éramos unos tirillas y nadie podía presumir de palmarés, ni salir a la calle como ayer a explotar de júbilo.
Solo es un juego, pero vaya juego, lo que es capaz de levantar y de derrumbar. Ayer la Selección levantó la madrugada de Almería: banderas, bubucelas, trompetines, destilerías completas en bolsas térmicas y neveras portátiles, algún desalmado escalando por el Cable Inglés, muchachas moviendo caderas cuando apareció Shakira en la pantalla. Lo que mueve el fútbol, este fútbol de Selección, no lo mueve nadie, ni la demanda de más trenes o aviones o de más médicos, ni el 1 de mayo, ni una procesión, alguien dijo que ni un ascenso del Almería.
Almería fue ayer, por tanto, de madrugada, el río de la vida de Baroja, protagonizada quizá por gente que tenía poco trabajo al día siguiente, motos que rugían como un león en la sabana, jóvenes que habrían las ventanillas de los coches y sacaban las banderas o tenían la osadía de colocarse en el capó Rambla Abajo, a la altura del Celia Viñas, mientras los grupos de aficionados berreaban como los vikingos de Haland.
Solo es fútbol, pero ayer parecía la vida misma de los almerienses, la patria de esta ciudad que vibró como el resto de ciudades y pueblos de esta Península vieja. ¡Es tan barato ser feliz en Almería! solo basta que nuestro delantero la emboque, aunque no sea Baena.