La Voz de Almeria

Almería

El garruchero que quiere que pierda España

Hay un hombre de origen almeriense que por encima de todo es un profesional y será protagonista del partido del Mundial Bélgica-España

Rudi García, seleccionador de Bélgica que se medirá a España.

Rudi García, seleccionador de Bélgica que se medirá a España.

Manuel León
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Se apellida García y es nieto de José el Diegote, el de la calle Santo Domingo de Garrucha, y de José el Francés, que emigró, como tantos almerienses, al extrarradio de París a emplearse de albañil porque en el pueblo escaseaba el trabajo; se llama Rudi y es garruchero, no de cuna, pero sí por genes y querencias muy enraizadas: el recuerdo de sus abuelo, la memoria de su niñez junto a la playa, el granizado de La Jijonenca y la barra del Califa; es francés de pasaporte y español de ancestros, pero hoy, Rudi García va con Bélgica, tiene que ir con Bélgica, será más belga que el chocolate, que el niño meón de la Grand Place de Bruselas; es su seleccionado nacional, por mucho que le tire España en general y Garrucha en particular, su arcadia feliz, donde vuelve cada verano a su casa de Mari Cielo, a veces junto a su hermana Sandra, un bellezón de la época cuando paseaba por el Malecón en los días de la feria.

Hoy estará Rudi en Los Angeles, en el banquillo del Sofi Estadium, enfocado por las cámaras de medio mundo, el mismo Rudi que jugaba pachangas en el Vista Alegre con sus amigos Miguel el Mudo, que en paz descanse, y Perico el Rajao; hoy estará ahí este aseado entrenador de 61 años, articulando estrategias para frenar a Lamín o para robarle el balón a Rodri o para evitar las roscas de otro almeriense de Roquetas; estará ahí este Rudi que no deja nunca de ir los veranos a Garrucha, aunque tuviese que entrenar a la Brasil del mismísimo Pelé; estará en ese duelo de Cuartos de Final del Mundial, con su aspecto de duro de película, en la meca del cine americano, quizá observado por Penélope y Bardem desde la grada.

Empezó de jovencillo jugando los veranos partidos de Franceses contra Garrucheros en el Salar con otros niños emigrantes de orígenes locales como José el Gallito, con las rodillas solladas de porrazos y un botijo a la sombra. Después supimos que Rudi llegó a ser un futbolista proletario que jugó en segunda división con el Sedán. Hasta que colgó las botas y desplegó la pizarra iniciando carrera como técnico en el Lille y después en el Roma, Lyon, Marsella, en el saudí Al-Nass de Cristiano Ronaldo, hasta volver a Europa, a Nápoles, a la ciudad donde jugó Dios. Y de ahí, a debutar como entrenador de todos los belgas, como un rey Balduino del vestuario.

Recuerda José el Tercio, primo hermano, que Rudi venía cuando era niño con su familia en un vehículo Tiburón, de los que aún no se veían mucho por la zona y compraron una casa junto al antiguo Cine Tenis, que después vendieron a una inmobiliaria. Su padre, un futbolero nato, murió demasiado pronto, sin ver cómo su hijo ha terminado triunfando en los banquillos. Rudi viene quizá -y sin quizá- por eso: a que le recuerden en las tertulias del Califa, las anécdotas de su padre y de su abuelo el Diegote.

Hoy estará, por tanto, este Rudi francés, con sangre garruchera y corazón belga, en la otra esquina del mundo, observando a los suyos y a los nuestros evolucionar en la hierba, mirando el marcador y el cronómetro, observando desde la banda como se observa navegar a un barco velero desde la orilla. Porque Rudi, ese entrenador respetado en todos los campos de Europa, ese técnico espigado con mandíbula batiente tiene algo de marino, como sus antepasados, en esa playa junto a la que abre sus balcones el Califa, el bar preferido del pueblo de su padre, donde este preparador tiene casa y fonda y donde regresa siempre que puede a respirar el mismo yodo de su niñez, aunque hoy quiera que pierda España.

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