El sombrerero que abrió en Almería a las puertas de la Guerra Civil y sigue activo casi 100 años después
El local ya es atendido por la tercera generación de almerienses, con el mismo mimo y calidad que en sus comienzos

Francisco Martínez Jurado, hijo del fundador, a las puertas del negocio.
La banda sonora de aquellos años la componían el rugido de los estómagos y el temblor de la tierra tras los impactos de las bombas. Francisco Martínez Jurado aún recuerda el temor velado con el que su madre narraba los pocos recuerdos que guardaba de la guerra. "La pilló muy joven, nació en 1923. Hablaba mucho sobre el bombardeo del acorazado Canarias y el miedo de aquellos días. Decía que el humo se podía ver desde todos los puntos de la ciudad", relata el almeriense.
El Bazar Martínez Sombrerería abrió sus puertas en marzo de 1936, unos meses antes de que estallase el golpe de Estado. Así lo testifica un documento -hoy amarillento por los años- que acredita el arrendamiento del local por 111,05 pesetas donde se erige la centenaria tienda, en la circunvalación del Mercado Central. Es curioso cómo, en tiempos oscuros y contra todo pronóstico, pudo tal lugar resistir el empuje de la metralla y del tiempo.
Un origen de película
Nacido en 1983, en Níjar, Antonio Martínez era pastor hasta que, como tantos otros españoles, decidió probar suerte embarcándose hasta las Américas. Marchó a la tierra de los tangos, hizo una pequeña fortuna y, a su vuelta, levantó el negocio que después heredaría su hijo.
Fue allí donde, en 1950 y visto el cuantioso volumen de trabajo, se vio obligado a contratar a una joven, también nijareña, que respondía al nombre de Virtudes Jurado. Dicen que el roce hace el cariño, y sea verdad o no, en el caso de Virtudes y Antonio lo fue. La pareja de casó y tuvo una niña -que falleció a los dos años- y dos niños -uno de ellos Francisco, el propietario del establecimiento en la actualidad-.
Un bazar para resolverlo todo
Antaño no era una sombrerería, sino una tienda de loza y cristal. Vendían platos, vasos, cántaros y botijos en una ciudad donde, a pesar de la guerra -o quizás a causa de ella-, todo hacía falta. Martínez reconoce que apenas pudo conocer cómo sobrevivió el negocio durante la guerra, pues su padre murió cuando él contaba apenas dos años. Lo que sí sabe es que durante décadas, la tienda vivió del comercio cotidiano.
La cercanía con La Alhóndiga, el antiguo mercado mayorista, marcaba el ritmo de un negocio que, a pesar de su encanto local, a veces alcanzaba un movimiento frenético. Cada madrugada, agricultores y tenderos acudían a comprar fruta y verdura para repartirla después por las pequeñas tiendas de barrio. Virtudes aprovechaba aquel trasiego para vender sus productos: "A las seis de la mañana ya lo tenía todo montado. Se pasaba todo el día allí, hasta las siete y ocho de la tarde. No cerraba nunca", cuenta su hijo.
Los botijos eran uno de sus productos estrella. "Mi madre vendía un camión de botijos al año. Dos mil botijos", relata orgulloso su hijo. En su voz se palpa la importancia que el almeriense otorga en su historia familiar a la figura de su madre, quien se tuvo que hacer cargo del negocio ella sola tras quedarse viuda. "Sobrevivió toda la posguerra".

El negocio durante el siglo XX.
Aunque el negocio mantiene el apellido paterno, reconoce que gran parte de su identidad pertenece realmente a ella. Lo cuenta señalando a su alrededor, un pequeño espacio que roza el horror vacui en el que sombreros, cinturones, carteras, bolsos, silletas de playa, souvenirs, cestas y un sinfín de productos compiten por un hueco desde el que encandilar al cliente. "Muchas de las tradiciones del local siguen vivas por respeto a su memoria: las cestas, las sillas de anea... productos que introdujo ella y aquí siguen".
Una segunda era
Rondaba el año 1977 cuando Francisco comenzó a hacerse cargo de ese negocio que le había visto crecer. Poco a poco transformó aquella antigua tienda de loza y cristal en una sombrerería especializada.
En las paredes y estanterías conviven décadas de historia convertidas en ala, copa y paja trenzada. Hay sombreros de siega que todavía recuerdan al campo almeriense, cordobeses de tradición andaluza, Panamá llegados desde Ecuador, pamelas, gorras, modelos de paseo y piezas pensadas simplemente para resistir el sol del Mediterráneo.

Los sombreros, colocados con cuidado en las estanterías, en el interior del local.
Francisco Martínez no los vende: los interpreta. Basta que alguien cruce la puerta para que sepa qué talla necesita, qué material le conviene o qué ala protegerá mejor unas orejas castigadas por el sol. Habla de la paja, del poliéster o del fieltro con la precisión de quien lleva toda una vida entre sombreros, pero también con el cariño de quien entiende que cada uno cuenta algo distinto sobre la persona que lo lleva.
"La filosofía de este negocio ha sido siempre la honestidad", insiste, y no tarda en demostrarlo. Una clienta llega buscando un cinturón para su hijo. El tendero le responde: "¿No cree que es mejor que venga él mismo a probárselo?. Así se asegura de no fallar". Esa cercanía es la que, cree, ha permitido que varias generaciones de clientes sigan entrando por la misma puerta.
La Almería cinematográfica
No hay cronista suficientemente versado como para contar realmente todo aquello de lo que han sido testigos esas cuatro paredes, pero sí se puede hacer una pequeña selección. En ese caso, el cine no podría quedar fuera, pues también dejó huella en Bazar Sombrerería Martínez. Durante años, actores y productores acudieron allí buscando sombreros y complementos adecuados.
Francisco recuerda especialmente el paso de José Bódalo o de Eduardo Fajardo, quien incluso terminó viviendo en Almería: "Venía mucho por aquí. Nos quedábamos charlando en la puerta. Era un buen tipo". No solo aquellos últimos años de los 90 marcaron su relación con las cámaras, sino también producciones más recientes, como 'Mar de plástico': "Todos vinieron aquí a comprar sombreros".
Hoy, Francisco es un jubilado activo, como él mismo se bautiza. Su hijo, tercera generación en el negocio familiar, le hace las veces de relevo en un local que, como el buen vino, brilla por su longevidad y honestidad.