La Voz de Almeria

Almería

El esparto y la sombra de las guerras

Las guerras fueron uno de los grandes enemigos del humilde esparto almeriense

Las mujeres formaban parte de las plantillas de los almacenes de esparto, aunque cobraban menos que los hombres haciendo el mismo trabajo.

Las mujeres formaban parte de las plantillas de los almacenes de esparto, aunque cobraban menos que los hombres haciendo el mismo trabajo.

Eduardo de Vicente
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Las guerras fueron uno de los grandes enemigos del esparto almeriense. Los tiempos de apogeo que se vivieron en la segunda mitad del siglo diecinueve, cuando nuestro producto servía de materia prima para las fábricas de papel británicas, chocaron con épocas de crisis. Si la Primera Guerra Mundial limitó el volumen de exportación y obligó a cerrar almacenes y a prescindir de mano de obra en el campo, el estallido de la Guerra Civil en España condenó la actividad a un negocio de subsistencia, basado en el consumo propio.

Un mes después de terminar la guerra, el Gobernador Civil, Francisco Pérez Cordero, convocó a todos los comerciantes exportadores y a los dueños de espartizales de la provincia para que volviera a recuperarse la actividad y llegara la normalidad al campo.

El Gobernador, consciente de la importancia que el esparto tenía para nuestra economía, orientó todos sus esfuerzos en ponerlo de nuevo en valor. El seis de mayo de 1939 ya estaban abiertos en la capital tres almacenes para la recogida del producto: uno en la Rambla, otro en el barrio de las Almadrabillas y un tercero en la calle Pedro Jover.  

Una nueva puerta se abría para el esparto almeriense. Cerrados los mercados extranjeros, las necesidades de la industria papelera de España empezaban a absorber por completo la producción local. Almería era la principal zona productora. Las trochas y cotos de Tabernas, Níjar y la Sierra de los Filabres daban cerca de doce mil toneladas anuales.

En marzo de 1940, las autoridades locales se reunieron en la Diputación y acordaron la creación en Almería de la Comisión Provincial del Esparto para promover el fomento y el aprovechamiento integral de este producto. Entre los proyectos a realizar figuraba la creación de una gran fábrica de pasta de papel, que permitiera la resurrección económica de la provincia al tratarse de una industria que daría trabajo a cientos de obreros y funcionaría con los gastos mínimos, al tener en casa la materia prima.

Seis meses después de este primer acuerdo, el Director General de Industria y Comercio firmó la autorización para instalar en Almería una fábrica de celulosa a base de esparto, aunque el proyecto, que parecía cuestión de meses, tardó más de veinte años en convertirse en realidad.

Los almacenes de esparto empezaron a aflorar de nuevo por todos los barrios, así como los negocios de espartería, dedicados a la fabricación de cordelería, espuertas, maromas, utensilios de labranza y alpargatas. El esparto daba trabajo a los jornaleros del campo y a los obreros en la ciudad. Además, contribuyó a un ligero resurgir del comercio marítimo en los años de la posguerra.

La escasa actividad que se producía en el puerto era gracias a la exportación de uva y a los barcos cargados de esparto que salían para los embarcaderos de Barcelona y Valencia. Nuestra autoridades financiaron una modesta campaña publicitaria, publicada en el periódico ‘Informaciones’, donde se decía que las células de esparto de Almería daban el papel más lujoso y fino del que se servían los mejores diarios y las revistas más prestigiosas del mundo.

Ligado estrechamente a la historia del esparto ha estado siempre el fuego, el otro gran enemigo, destructor de almacenes y aniquilador de negocios. En 1916, las llamas acabaron con medio siglo de vida de la célebre fábrica del inglés, en la Carretera de Granada. Fue un grave incendio que anticipó el final de su larga historia. En la mañana del quince de noviembre, las campanas de las iglesias de La Catedral, San José y San Sebastián tocaron a fuego, mientras una densa columna de humo se extendía desde la zona de la Rambla hasta el centro de la ciudad. El personal del Parque Municipal se presentó en la fábrica con el escaso y anticuado material de incendios, por lo que se vio impotente para frenar el avance de las llamas, que durante doce horas arrasaron las instalaciones y devoraron once casas de las que formaban el Barrio del Inglés. La altura del fuego impresionaba y la luz de las llamas iluminaba la ciudad como si aquel largo día no tuviera noche. Más de tres mil toneladas de esparto, en rama y hecho pacas, perecieron en un siniestro que fue el principio del fin de la fábrica de Misterl Hall.

En los años de la posguerra también hubo incendios de gran magnitud. En diciembre de 1941 las llamas destruyeron la fábrica de esparto que el empresario Pedro Sánchez Pérez tenía en la calle del Rosario, en los Llanos de San Roque. Ardieron ciento cincuenta toneladas y la columna de humo fue tan espesa que llegó a cubrir el cielo como si fuera una nube gigantesca.

En 1945 hubo una ola de incendios, que en aquellos momentos provocó el pánico en los empresarios del esparto, ya que se sospechó que podían haber sido provocados. En el mes de mayo ardió el almacén de Cristóbal Peregrín, uno de los más grandes de Almería, situado en la calle de Santa Cruz, transversal del Parque y de la calle Pedro Jover. También fue pasto de las llamas el almacén de Manuel Romero, en el Camino de la Estación y el que Manuel Espinosa tenía en la calle de Granada, teniendo que intervenir además de los bomberos, fuerzas del Regimiento de Infantería.

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