La Voz de Almeria

Almería

Almería, el destino final de la mejor saga de payasos de Ecuador

“El oficio que amaba me dio y también me quitó mucho”

La estirpe de payasos ecuatorianos, en el cementerio de Sorbas.

La estirpe de payasos ecuatorianos, en el cementerio de Sorbas.

Juan Antonio Cortés
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Su nombre es Hugo, vive en Almería y es el más joven de una imponente saga de payasos ecuatorianos que ha reinado en los circos, radios y televisiones de la América Latina durante todo el siglo XX. Hugo Bolívar Cruz Sánchez nació en el Pacífico, a orillas del río Guayas, en Santiago de Guayaquil, la misma ciudad de la que partió su abuelo Hugo cuando, a los 17 años, cogió la maleta y se fue a Colombia a encontrar la suerte como feriante de atracciones. Un año estuvo entre cacharricos aquel aventurero ecuatoriano hasta que conoció a un chaval que se ganaba el pan como artista. Era hijo del dueño del circo Los Chaparrines. Empezó el abuelo Hugo de mozo de carpa dándoles comida a los animales y soñando con hacer reír como aquellos payasos, pero como la vida es, a veces, una caja de sorpresas un buen día faltaba alguien de la partida: “¿Hugo, y si te atreves?”, debieron decirle. Y se atrevió.

E hizo la entrada cómica: “Tres frases tenía que decir”, recuerda el nieto. Y como era espabilado, fue aprendiendo el oficio. “Con todos ustedes…: ¡Gallito!”, uno de los mejores payasos de Cali (Colombia), toda una institución.

Se ve que Gallito era también osado en la alcoba y tuvo tantos hijos que llenó el circo de vida. Y allí se criaron los niños, entre risotadas y acrobacias, desde la tierna infancia. Magos, bailarinas, escapistas, mimos, titiriteros, zanqueros, monocislistas, malabaristas varios y acróbatas de la felicidad entraban y salían cada atardecer, mientras despuntaba un chaval de 16 años: Hugo Bolívar Cruz Villota, el payaso Tomatito (tenía por nariz un tomate), hijo del gran Gallito y también un señor muy resuelto. Pero aquel adolescente quiso hacerse un nombre por sí solo y, como había hecho su padre, hizo un bulto y se echó a la carretera. Al llegar a Ecuador, que ese era su destino, Tomatito quiso ocultar sus apellidos y empezó a trabajar desde abajo en circos pequeños de barrio y en fiestas infantiles. Pronto empezó a trabajar en la entonces muy popular Radio Cristal de Guayaquil y, con la incipiente aparición de la caja tonta, comenzó a desfilar por el Canal 2 de Ecuador con ‘Los amigos de Tomatito’. 



Era su número estrella con una muñeca casi tan grande como él. Con ella bailaba en pareja y lograba desternillar a no poca multitud, tal como lo hacían en China, Egipto, Roma o Grecia mucho antes de Cristo. No iba rapado al cero Tomatito ni aparentaba ser más grande de lo que era, pero, igual que hacían los griegos, usaba la mímica y la parodia con la misma avidez con que, cientos de años más tarde, los juglares medievales cantaban y bailaban y contaban leyendas épicas y líricas y, claro, se disfrazaban de cómicos ambulantes en cualquier ágora de cualquier castillo, entre señores y vasallos y pobres analfabetos.

Las gravísimas inundaciones del fenómeno del Niño en 1998 y la caída de los precios del petróleo en 1999 socavaron hasta el extremo la economía de Ecuador al punto de que en enero de 2000 se decretó la dolarización de la economía. Y como en toda crisis siempre hay perdedores, la población ecuatoriana en España pasó de 20.000 a 139.000 migrantes en tan solo un año. La voz del hambre corre muy pronto y el milagro agrícola atrae hacia Almería a jóvenes varones deseosos de salir de la agonía, como esas 4.252 personas de Ecuador que en 2003 vivían ya entre nosotros. En esas, el gran Tomatito carga a cuestas su muñeca María Antonieta y traza un viaje a una tierra donde, dicen, cabían sueños ajenos.

Era feliz el viejo payaso entre nosotros y sus bailes apasionados con aquella muñeca vestida de lunares se habían convertido en un reclamo, pero un ictus lo dejó en silla de ruedas. Al pobre Tomatito se le partía el alma al cruzar los parques y ver a los críos en los toboganes y pensó que ese iba a ser ahora su gran público. Fue así como logró volver a actuar, ahora con su silla a cuestas, con pequeños trucos de magia que retumbaban como truenos en la tarde en cualquier esquina de columpios.

Así aterrizó en Almería el segundo de la saga, al calor de una numerosísima familia entre la que hoy sobresale otro payaso sobresaliente: el tercero de los Cruz. Antes de que Diego, el más joven de esta tierna dinastía de artistas de la calle, se echara por novia a María Antonieta, la novia de su abuelo y la también novia de su padre, el pequeño ya tenía un nombre en la tele de Ecuador. Con solo siete años aparecía Hugo en el Canal 10 en un programa infantil al que apellidaban Chispitas. Y eso que Tomatito no quería que aquel crío se dedicara al oficio. “El oficio que amaba me dio y también me quitó mucho”, solía a decir el hombre. Pero Tomatito Junior era tozudo como el padre y audaz como el abuelo, así que fue creciendo en el circo, con sus caravanas y sus noches locas. “Cuando fallecía un artista lo velábamos en medio de la pista y por la noche seguíamos la función con alegría, dándolo todo por nuestro compañero. Luego la gente se iba y seguíamos velando al amigo”, nos dice el entonces payaso novicio. No, no pudo el padre convencer al hijo. Y el hijo no estudió -sí lo hicieron sus hermanos- y, como era vivo, fue absorbiendo las parodias de los mejores payasos. Un día acudió a un campeonato del terruño y se llevó el Zapatón de Oro. Y, claro, como aquellos tipos de la Commedia dell’Arte, el duende venía de fábrica, así que, casi medio siglo después que su abuelo, emprendió un viaje a Cali para doctorarse. Con ustedes, el nuevo Gallito.

Aquel joven ya no es tan joven y desde hace 20 años reside en Almería. Aquí trabaja haciendo decoraciones y piñatas para fiestas de niños. Y haciendo reír. Y eso que no siempre el alma acompaña. Hace un año moría el segundo de los Cruz, su padre. Lo enterraron con su traje blanco y la cara pintada y, antes de que cerraran el ataúd,, Hugo se quedó con su nariz. No hace ni un mes que 22 miembros de la estirpe de payasos ecuatorianos, todos con casa en la provincia, acudieron al cementerio de Sorbas a recordar el portentoso espíritu de Tomatito. Allí está enterrado uno de los mejores payasos de América. Y aquí continúa el linaje el nieto del Gallito y, quién sabe, igual uno de sus bisnietos: un niño almeriense llamado Darek Cruz Aparicio, el pequeño de sus cuatro hijos, que podría ser, quizás, el cuarto de los Cruz.

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