La ermita perdida en la sierra almeriense que nació de la manera más surrealista
Está a más de media hora del pueblo más cercano

Ermita de San Saturnino.
Hay lugares que no se entienden por la distancia, sino por el tiempo que cuesta alcanzarlos, y pocos ejemplos en la provincia de Almería lo reflejan mejor que la ermita de San Saturnino, un pequeño templo escondido en plena sierra de Gádor que pertenece al término municipal de Instinción pero que parece vivir completamente al margen del pueblo.
Sobre el papel, la distancia no impresiona, ya que son apenas 14 kilómetros los que separan la ermita del núcleo urbano. Sin embargo, la realidad es muy distinta, ya que el recorrido obliga a adentrarse por caminos de sierra que elevan el trayecto hasta los 34 minutos, un tiempo que no difiere, apenas pocos minutos, del que se necesita para llegar desde municipios de su entorno, todos ellos dentro de un rango de no más de 20 kilómetros de distancia, como Rágol, Íllar, Huécija, Canjáyar, Felix o Enix.
Pero lo más sorprendente de la ermita de San Saturnino no es su ubicación, sino su origen. Nació no de una tradición antigua ni de un legado histórico secular, sino de una decisión casi improvisada tomada en 1995, cuando un grupo de vecinos reunidos en un cortijo del paraje de Las Suertes decidió, entre conversaciones y ponche, levantar un pequeño templo que sirviera como punto de encuentro y símbolo de convivencia, eligiendo como patrón a San Saturnino tras consultar un sencillo almanaque.
A partir de ahí, lo que comenzó como una idea se convirtió en una obra levantada durante fines de semana gracias al esfuerzo de los propios vecinos, que financiaron la construcción con aportaciones populares y rifas hasta conseguir incluso la imagen del santo, que hoy preside el lugar.
Esa historia explica por qué la ermita de San Saturnino no es solo un templo aislado en mitad de la sierra, sino el resultado de una voluntad que sigue viva cada año, especialmente durante la romería que, a finales de noviembre, traslada al santo desde la iglesia del pueblo hasta este enclave remoto, recorriendo caminos de montaña en una celebración que mezcla tradición, paisaje y convivencia.
Llegar hasta allí hoy sigue siendo una pequeña aventura, pero precisamente en ese aislamiento reside su valor, porque conserva la sensación de haber llegado a un lugar que no estaba pensado para el visitante, sino para quienes decidieron construirlo desde cero.