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En el estanque dorado: Lola Herrera y Héctor Alterio, maestría de oro

En el estanque dorado: Lola Herrera y Héctor Alterio, maestría de oro

Jacinto Castillo
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Cabría pensar que la edad es un aliado esencial para Lola Herrera y Héctor Alterio a la hora de encarnar de una manera tan genial sus personajes, Etel y Norman, la pareja de ‘En el estanque dorado’. Sin embargo, se necesita una buena dosis de esa juventud imperecedera que confiere el teatro para ofrecer una exhibición interpretativa como la que pudo disfrutar el público la noche del sábado en el Auditorio de Roquetas de Mar. Estrenada a principios de este mes en Zaragoza, cabría pensar que se encuentra aún en rodaje, pero cuando se trata de actores de esta talla no suele haber grandes diferencias entre las primeras representaciones y las últimas.


‘En el estanque dorado’ se sustenta en un conflicto que está dentro de los personajes y es en ese ámbito donde se canaliza y se resuelve. Un ámbito cuyas claves sólo domina el actor, sin perjuicio del criterio de la directora, en ese caso,  Magüi Mira.


La pieza de Ernest Thompson parece estar concebida para grandes actores. No es extraño, que haya asumido su dirección una veterana y prestigiosa actriz que debutó en  este cometido el pasado año con la adaptación escénica de  Madame Bovary.  En el montaje de ‘En el estanque dorado, Magüi Mira ha puesto al servicio de la dirección teatral su experiencia como actriz , aspecto este que parece haber desempeñado un papel esencial en esta pieza, cuyos protagonistas seducen al patio de butacas desde el primer gesto, desde la primera palabra.


Héctor Alterio impresiona, como ha hecho siempre, por su capacidad para desencadenar emociones con una aparente economía gestual, adueñándose del escenario con sólo enmarcar una ceja o subrayar unas palabras con un ademán. Su personaje es, a fin de cuentas, quien soporta de una forma más contundente las consecuencias del paso de los años que constituye la esencia del argumento,; es él  quien ilustra en su interpretación el miedo, la desconfianza y la pérdida de facultades que impone la edad. A su lado, Etel es Lola Herrera en estado puro, como si Thompson la hubise conocido antes de escribir este texto, que el propio autor llevó al cine con tanto éxito.


La escenografía presenta la estancia perfectamente ubicada en medio de dos referentes esenciales de la acción dramática: el bosque, transfigurado en el fondo del escenario y el estanque, en una posición imaginaria al otro lado de la cuarta pared, que separa al espectador de la acción. Así, en momentos especialmente sensibles de la representación, los actores miran hacia el estanque dorado, ofreciendo al patio de butacas un primerísimo plano de su actitud y de su punto de vista respecto a ese lago, cuyo color es cada vez más dorado, como metáfora del paso del tiempo.


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