Espartaco “llenó” la Plaza de Roquetas para hablar de los toros y de la vida
Espartaco “llenó” la Plaza de Roquetas para hablar de los toros y de la vida
Espartaco sigue llenando plazas. La dimensión humana y torera de Juan Antonio Ruiz Román cautivó a la audiencia congregada el pasado jueves en el Museo Taurino de Roquetas de Mar, para conocer de cerca la vida de este hombre que un día, siendo aún un niño, se vistió de luces con todas las de la ley.
Espartaco se hizo torero para hacer feliz a su padre y luego, se convirtió en figura para hacer felices a los suyos. Siempre con una sonrisa en los labios, pero, siempre también, con un profundo y gravoso compromiso fraguado en años de esfuerzo y entrega, en incontables tardes de constante superación.
De la mano del crítico taurino Benjamín Hernández Montanari, Espartaco recorrió su vida como persona y como torero, deteniéndose en los aspectos más influyentes de su trayectoria. La brillante conducción biográfica y taurina del periodista, unida a la autenticidad y la clarividencia del torero convirtieron esta velada del ciclo taurino de Roquetas en un valioso testimonio.
El diestro de Espartinas recordó que no le gustaban los toros cuando era pequeño, ya que de la fiesta sólo tenía la desagradable impronta de las cogidas de su padre y de las dificultades que entraña el toreo en todos los órdenes. Pero, por darle una satisfacción, decidió encarar la dificilísima carrera de torero y, superando el miedo que le producía ponerse delante, se convirtió en un novillero precoz que tenía que torear con identidad falsa porque aún no tenía los dieciséis años.
Una vida para el toro
A partir de ese momento, su vida es el toro. No siempre con las coas a su favor, porque Espartaco se ha ganado a pulso la importancia de su nombre. Precisamente, Hernández Montanari puso sobre la mesa una tarde en Salamanca en 1981, a la que llegó Espartaco con dudas sobre su futuro. Ese toro, del Conde de la Corte y con casi un metro entre los dos pitones, le devolvió a Espartaco la ilusión para seguir. Lo cuajó de manera excepcional con el albero de La Glorieta salmantina anegado de agua. Y a partir de ahí, la pelea con las figuras de relumbrón de la época, las salidas por la puerta del Príncipe, las encerronas con mihuras o pablorromeros y el número uno en el escalafón. Espartaco definió el toreo como la posibilidad de expresar lo que se es, lo que se siente. Siempre se ha dicho, que se torea como se es, hasta el extremo de convertir la frase en un tópico. Sin embargo, en el caso de Espartaco es absolutamente cierta. El torero desgranó su tauromaquia a preguntas del periodista explicando las claves de su toreo basado en dar la ventaja al toro, en comprender a cada uno recordando lo aprendido en otros del mismo encaste lidiados antes y, sobre todo, en un titánico esfuerzo para mantener todas las tardes el mismo grado de concentración. Por eso, a Espartaco le valían casi todos los toros. Por eso, fue el número uno ante el público durante muchos años por más que su cuerpo tuviese que pasar por el hule más de veinte veces.