Isabel, tras recibir un trasplante bipulmonar: “Cada día doy las gracias a la mujer que me ha permitido respirar”
La almeriense, de 52 años, ha escrito una carta de agradecimiento a la familia de la donante

Isabel Belmonte, este miércoles en el barrio almeriense de Cabo de Gata, donde se ha trasladado tras el trasplante.
Isabel Belmonte piensa todos los días en una mujer de la que apenas sabe nada. Solo que estaba ingresada en una UCI y que sus pulmones resultaron compatibles para un trasplante que desde marzo le ha permitido volver a respirar, después de años “de pelea constante por una bocanada de aire”.
Ni siquiera conoce su nombre ni su historia, pero siente que una parte de ella sigue acompañándola. “Yo creo en el alma y en la bondad; debía de ser una persona fantástica”, dice.
Ahora, siete meses después del trasplante bipulmonar al que fue sometida en el Hospital Reina Sofía de Córdoba, quiere saber algo más de su vida y de su familia, a la que ha escrito una carta para agradecerle “el regalo más grande” que le han podido hacer en esta vida y decirle también “que parte de su hija sigue viva”. “Porque gracias a ella yo estoy aquí y una parte de ella también”, asegura.
Antes de llegar a la operación, Isabel atravesó un largo periodo de deterioro físico que comenzó durante la pandemia de la covid, cuando trabajaba como auxiliar sanitaria en la residencia de mayores de El Zapillo, en Almería. Aunque antes solía sentirse cansada, fue tras contagiarse en enero de 2021 cuando empeoró notablemente, hasta el punto de que tenía que detenerse varias veces para recuperar el aliento ante cualquier pequeño esfuerzo.
Una radiografía reveló alteraciones en sus pulmones y las pruebas posteriores confirmaron que padecía síndrome antisintetasa, una enfermedad autoinmune, además de fibrosis pulmonar y síndrome de Raynaud. Los médicos no le han confirmado que el covid desencadenara la enfermedad oficialmente, pero Isabel sitúa en aquel momento el comienzo de su calvario.
Un cambio radical
Desde entonces, su vida cambió por completo. La enfermedad avanzaba y cada vez perdía más capacidad respiratoria, hasta llegar a depender de una máquina de oxígeno. En 2023, su neumóloga le comunicó que sería derivada a la unidad de trasplantes de Córdoba.
“Se me vino el mundo encima”, reconoce. En mayo de ese año acudió por primera vez al Hospital Reina Sofía. Allí le explicaron que todavía no se encontraba en la llamada “ventana de oportunidad” para entrar en la lista de espera, ya que era aconsejable mantener sus propios pulmones el máximo tiempo posible. A partir de entonces, sería revisada cada seis meses para seguir su evolución hasta que llegara el momento.
Durante ese periodo se sometió a las pruebas necesarias y siguió las indicaciones médicas, entre ellas perder peso, para afrontar el trasplante con las mayores garantías.
“El último día que fui antes de la operación fue el 27 de febrero, para firmar la autorización”, explica. Pero no fue una decisión sencilla. Sintió mucho miedo tras las explicaciones que había recibido sobre los riesgos de la intervención.
“Me habían dicho que de cinco personas que entraban al quirófano salían cuatro, y que de esos cuatro al año podía fallar uno. Y a los cinco años, otro. Yo decía a mi marido: ¿qué oportunidad me están dando de vivir?”, recuerda. Finalmente, aconsejada por su médica, firmó.
La llamada
Apenas cuatro días después, el 3 de marzo, cuando salía de hacerse un escáner junto a su hija en Almería, recibió la llamada. Le pidieron que preparara sus cosas y acudiera a Córdoba para someterse a las últimas pruebas de compatibilidad. Ingresó esa misma tarde y pasó las horas siguientes sin saber aún si podría recibir los pulmones. A las once y media, la médica entró en la habitación: la operación sería a la mañana siguiente.
“En aquel momento no pensé en mí; pensé sobre todo en mi marido, en mis hijos, en mi abuela. Me decía: ¿cómo me voy a quedar?, ¿cómo voy a salir?, ¿voy a salir?”. Apenas tuvo tiempo de despedirse de sus familiares, pero sí recuerda algo muy significativo: “No les dije adiós, les dije hasta luego”.
Entró en quirófano a las ocho de la mañana del 4 de marzo. La intervención se prolongó durante unas diez horas y después permaneció sedada varios días. Despertó el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, una fecha que se ha convertido en su segundo cumpleaños. “Lo voy a celebrar siempre así, y disfrutarlo con la gente que me aprecia y a la que quiero”, afirma
Tras la operación permaneció hospitalizada tres semanas más en el Reina Sofía. Además de su agradecimiento al cirujano Juan Carlos Robles, guarda un recuerdo especial del personal que la atendió, al que llama su “equipo del alma”. Durante esos días le enseñaron a respirar de nuevo. “Me costaba. Quieres hacerlo, pero no eran mis pulmones”, recuerda.
El agradecimiento se extiende también a los profesionales que la han atendido en Almería, especialmente a su médica de familia en el centro de salud de La Cañada, Gema Esteban Bueno. “Como ella ninguna, nunca podré agradecerle lo suficiente todo lo que hace por mí”, proclama.
Sigue la recuperación
Hoy, Isabel respira mucho mejor, pero su recuperación continúa y han aparecido, como ella dice, “efectos secundarios”, entre ellos tos, temblores y mareos. Toma 24 pastillas diarias y debe extremar las precauciones frente a las infecciones y las bacterias, también en la alimentación. “Mi día a día sigue siendo bastante duro”, reconoce.
Isabel admite que el trasplante le ha cambiado su forma de mirar la vida y el futuro. “Cuando me preguntan cómo estoy, digo: viva, me levanto, he visto el sol, doy las gracias y tiro para adelante ese día”.
Los médicos le han dejado claro que la intervención no le garantiza vivir más años, sino ganar calidad de vida, una idea que al principio le costó aceptar, pero que hoy intenta asumir sin dejar de mirar adelante. Incluso se plantea volver a trabajar, aunque reconoce que su cuerpo aún no está preparado y cree que finalmente no lo hará.
Su trayectoria profesional también refleja esa voluntad. Ha estudiado Trabajo Social y Magisterio de Educación Infantil en la Universidad de Almería, cuenta con un máster en Sexología y cinco grados medios de Formación Profesional. Su vocación social la llevó además a implicarse en Ustea, donde ha desempeñado distintas responsabilidades y trabaja en el área federal de acción sindical.
Tras la operación dejó su casa en el Llano de la Molina, en La Cañada, y se trasladó a un piso de Cabo de Gata junto a su marido, Juan José Montes. Criada en el barrio de la Plaza de Toros, ahora disfruta de los paseos junto al mar y de la cercanía de los vecinos. “Me han acogido muy bien, es una gente muy atenta”, dice.
También tiene grandes motivos para mirar al futuro: sus dos hijos, Eloy y Rocío, van a darle sus dos primeros nietos con apenas una semana de diferencia. “Sí, es mucha casualidad, y esto es lo que me ha dado más alegría y fuerzas”, asegura.
Mientras tanto, mantiene el contacto con otros trasplantados a través de la asociación cordobesa Nuevo Respirar. “Nos ayudamos mucho entre nosotros”, explica. También aprovecha su experiencia para reclamar una mayor concienciación sobre la importancia de donar órganos, porque sabe lo que significa que una familia tome esa decisión en un momento tan duro. Un mensaje que cobra especial relevancia este 14 de octubre, cuando la ONS celebra el Día Mundial de la Donación de Órganos, Tejidos y Trasplantes.
Carta a la familia
Isabel ha enviado su carta a través de la unidad de trasplantes de Córdoba, aunque no sabe si recibirá respuesta. En ella intenta agradecer a la familia una decisión que le ha permitido seguir viviendo, sin olvidar el dolor que ellos han tenido que afrontar.
“Me dieron lo que ya no podían retener: el aire, el aliento, su vida”, escribe. Y añade que no lleva consigo “unos simples órganos que funcionan”, sino que siente a la donante en cada respiración que antes le faltaba.
Si pudiera hablar con ella, Isabel tiene claro lo que le diría: “Muchas gracias por dejarme vivir de nuevo, por darme una nueva oportunidad”.