La Voz de Almeria

Salud

La lucha de una madre almeriense contra el trastorno desconocido de su hijo: "Ahora sé que no era culpa suya"

NOESSO traslada el testimonio de una familia que ha sabido superar adversidades con el paso de los años

Alberto Godoy
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Alejandro llegó a la vida de Magdalena con solo siete años y una historia mucho más pesada que la pequeña bolsa con la que cruzó la puerta. No llevaba casi equipaje, pero sí acumulaba una biografía marcada por la falta de afecto y por unas “heridas invisibles” que nadie sabía nombrar. Magdalena, hoy viuda de 73 años, mantiene muy vivo el recuerdo de aquel día en que se encontraron. “Desde el principio supe que necesitaría mucho amor y mucha paciencia”, confiesa. Intuía que ese niño no solo necesitaba un techo y una cama, sino también una mirada distinta, una forma de comprender lo que a simple vista se traducía en comportamientos difíciles.

Los primeros años en familia fueron un aprendizaje constante para todos. Alejandro mostraba desconfianza, le costaba adaptarse tanto en casa como en el colegio y a menudo prefería aislarse en su propio mundo. Esa dificultad para encajar se interpretaba como desinterés o rebeldía. “En la escuela lo trataban de vago, decían que molestaba a los demás. Nosotros sufríamos porque no sabíamos cómo ayudarle”, explica su madre. La etiqueta de “niño problemático” fue calando en el entorno mientras la familia intentaba, sin demasiadas herramientas, entender qué había detrás de esa forma de estar en el mundo.

El duelo por su padre y el refugio en las tragaperras

La mayoría de edad no trajo calma. A los 18 años, la muerte de su padre marcó un punto de inflexión en la vida de Alejandro. La persona con la que mantenía una conexión más profunda desapareció de forma abrupta y el golpe acentuó su tendencia al aislamiento. Para anestesiar el dolor, empezó a pasar cada vez más tiempo frente a las máquinas tragaperras, buscando en aquel ruido y en la expectativa del premio un alivio rápido a un duelo que no lograba elaborar. “Él no da valor al dinero ni al tiempo, siempre vive en el momento”, relata Magdalena, que ahora interpreta esas decisiones desde una comprensión distinta de la que tenía entonces.

Alejandro cuenta su historia.

Alejandro cuenta su historia.La Voz

Durante años encadenaron consultas y citas con diferentes profesionales sin encontrar una respuesta clara. Alejandro acudía, pero no acababa de abrirse ni de encajar en un diagnóstico concreto. La sensación de ir a tientas era compartida en casa y en las intervenciones clínicas. El giro llegó cuando apareció por fin un nombre que daba sentido a muchas piezas sueltas: TEAF, Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal, una lesión cerebral vinculada al consumo de alcohol durante el embarazo biológico. Para Magdalena, más que una etiqueta, supuso un descanso. “Por fin sentí alivio. Comprendí que sus dificultades tenían una causa real. No era culpa suya”, recuerda. A partir de ahí, la historia de Alejandro se pudo releer con otros ojos.

Ese diagnóstico ayudó a entender que los problemas de atención, la impulsividad, las dificultades de aprendizaje y las torpezas en el ámbito social no respondían a una simple “mala conducta”, sino a un sistema nervioso que había aprendido a sobrevivir como podía. La intervención, explican los profesionales, no podía seguir orientada a “corregir” a Alejandro para que se comportara como los demás, sino a adaptar el entorno: ofrecer instrucciones sencillas, estructurar los tiempos, supervisar el uso del dinero y fijar objetivos concretos y alcanzables. El cambio de mirada redujo la culpa familiar y mejoró la alianza terapéutica, al poner nombre al origen de muchos conflictos.

NOESSO: el apoyo que llegó en el momento justo

En ese recorrido apareció NOESSO como un punto de apoyo decisivo. Magdalena, lejos de rendirse, siguió buscando recursos hasta encontrar esta comunidad terapéutica en la que Alejandro fue recibido con respeto y profesionalidad. “Allí encontró grandes profesionales, personas con una sensibilidad especial, capaces de ganarse su confianza. A mí también me ayudaron a vivir las situaciones difíciles con más serenidad”, asegura su madre. El acompañamiento se dirigió tanto a él como a ella: mientras Alejandro trabajaba aspectos personales clave, a Magdalena se le ofrecían herramientas para ajustar expectativas y rebajar la intensidad emocional en el hogar.

La intervención con Alejandro combinó terapias centradas en el trauma, entrenamiento en habilidades sociales y una planificación muy estructurada de su día a día: horarios, tareas, supervisión en el manejo del dinero y estrategias de prevención de recaídas conductuales. Todo ello se sostuvo sobre un vínculo terapéutico fuerte, construido con paciencia y coherencia, que le permitió aceptar apoyos que antes rechazaba. Al mismo tiempo, el duelo no elaborado que lo empujó a las tragaperras fue abordado desde una perspectiva clínica que dejaba atrás la idea de “falta de voluntad”. Las máquinas, explican, funcionaron como “anestesia emocional” rápida, apoyada en un sistema de recompensas que ofrecía alivio momentáneo a un dolor profundo.

Magdalena y Alejandro.

Magdalena y Alejandro.La Voz

Con el tiempo, ese trabajo compartido empezó a traducirse en estabilidad. Hoy, Alejandro tiene 39 años y vive en una vivienda tutelada donde cuenta con el acompañamiento constante de profesionales que velan por su bienestar. Desde allí se organizan rutinas protectoras: horarios de sueño regulares, alimentación cuidada, actividad física, tareas significativas y espacios de descanso. En el ámbito de las adicciones, recuerdan los especialistas, estos hábitos funcionan como un dique frente a las olas, un marco que permite resistir incluso en los días malos.

“Podrá vivir dignamente”: la paz de una madre

Para Magdalena, la vida se contempla ahora desde otro lugar. Sabe que siguen existiendo dificultades, pero también que su hijo no está solo. “Esto me da mucha tranquilidad —dice Magdalena—, porque sé que cuando yo no esté, él tendrá la atención necesaria y podrá vivir dignamente.” Esa idea de dignidad se apoya en un equilibrio que le permite cierto grado de autonomía, entendida no como “hacerlo todo solo”, sino como “hacer la vida posible con los apoyos adecuados”. “El equilibrio alcanzado le permite cierto grado de autonomía, que no es ponerlo a ‘hacerlo todo solo’, sino ‘hacer la vida posible con los apoyos adecuados’”, subrayan desde el recurso. La vivienda tutelada, desde la que se acompaña su día a día, ayuda a prevenir recaídas y sostener un proyecto de vida viable a largo plazo.

35 años de NOESSO, 35.000 historias como esta

La historia de Alejandro y Magdalena es, al mismo tiempo, un reflejo del trabajo silencioso de NOESSO, una entidad que suma ya 35 años caminando junto a miles de personas en situaciones de especial vulnerabilidad. En ese recorrido, su labor ha consistido en sostener a quienes caen, ofrecer un marco profesional y humano para recomponer vidas dañadas desde la infancia y celebrar cada pequeño avance. Entre esas 35.000 historias de superación, la de esta madre y su hijo recuerda que, muchas veces, el primer paso para ayudar es aprender a mirar de otra manera.

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