“Pagué tres meses de fianza”: alquiler, discriminación y discapacidad en Almería
El exjugador de baloncesto en silla de ruedas Carlos Caicedo lucha por un trabajo, una casa y un coche

El exjugador de baloncesto en silla de ruedas Carlos Caicedo.
Carlos Mario Caicedo Montaño sabe lo que significa empezar de cero. Lo hizo cuando dejó Colombia, cuando cruzó fronteras para seguir jugando al baloncesto en silla de ruedas y cuando decidió volver a Almería para construir una vida independiente. Ahora tiene otro objetivo: comprar una vivienda y un coche. Pero antes necesita algo mucho más inmediato: poder pagar un alquiler sin que encontrar un hogar se convierta en otra carrera de obstáculos.
“Yo trabajo para una empresa, pero yo no soy esa empresa”, recuerda que le dijo a un agente inmobiliario que lo atendió con una actitud que él percibió como despectiva. Carlos había acudido acompañado de una amiga, con quien comparte piso, con su nómina y sus ingresos. Sin embargo, el hombre insistió en advertirle de que otros trabajadores de esa empresa habían dejado de pagar el alquiler. “Me lo repitió tres veces”, cuenta. “Tuve que pagar tres meses de fianza”, dice Carlos, que es el máximo de garantías que por ley puede exigir un arrendatario.
La experiencia resume una de las barreras que encuentra una persona con discapacidad cuando busca casa: no basta con demostrar que puede pagarla. También tiene que enfrentarse a los prejuicios que otros proyectan sobre ella. Y a la adaptabilidad de la vivienda. Solo un 0,6% de la vivienda es accesible en España. Según un estudio publicado por el Observatorio 2030 del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España con la colaboración de Fundación ONCE.
Carlos utiliza silla de ruedas desde niño porque tiene huesos de cristal. Nació en Cali, Colombia, en 1980, y allí descubrió el baloncesto adaptado junto a su hermano gemelo, Wilber. Los dos comenzaron a entrenar después de ver a otros deportistas. Al principio les costaba seguir el ritmo, pero se pusieron un balón en las manos para ir y volver de casa. “Ese es otro techo que tuvimos que romper, convencer a nuestra madre para que confiara en nosotros. Porque ella quería que volviéramos en taxi”, dice él.
El esfuerzo dio sus frutos. Compitieron en torneos departamentales y nacionales y recibieron reconocimientos como mejores jugadores de campeonato. Más tarde, su trayectoria los llevó a Europa, donde Carlos jugó en distintos equipos españoles, entre ellos el de Puertollano. Con el conjunto manchego consiguió ascender a la máxima categoría nacional y mantenerse en ella.
Pero el deporte no le garantizaba un futuro económico. “No nos daban un sueldo que dijéramos: voy a vivir de este sueldo y a dedicarme solamente a entrenar”, explica. Los clubes podían proporcionar alojamiento y ayudas para el transporte, pero no siempre un salario suficiente. Por eso, cuando tuvo la oportunidad de volver a trabajar, priorizó la estabilidad laboral y regresó a Almería.
A las siete de la mañana empieza su y recorrido por el Zapillo vendiendo cupones. Después vuelve a casa para descansar y retoma la ruta por la tarde, hasta las ocho. En ocasiones dedica todavía más tiempo a atender a sus clientes. Su trabajo le permite sostenerse, pero también reduce las horas disponibles para descansar, preparar oposiciones o desarrollar una tienda online que ha puesto en marcha.
“Una persona con discapacidad puede trabajar en algo más que no sea solo vender cupones. Quiero prepararme las oposiciones para Correos”, dice Carlos que también estudió locución en Roma y trabajó transcribiendo documentos al italiano.
Este año ha perdido a su padre y a un sobrino al que sentía como un hijo. Las muertes, especialmente la del joven, que acababa de graduarse en Bellas Artes en Roma y tenía previsto continuar sus estudios en Milán, lo han golpeado profundamente. Trabaja, intenta seguir adelante y encuentra refugio en la lectura, aunque admite que le cuesta concentrarse y que se ha aislado más de lo habitual. “Mis amigos de dicen que esté fuerte, que un hombre no se puede quebrar, pero un hombre también se quiebra”, dice Carlos.
Siempre ha sido arrojado todavía se ríe cuando recuerda cruzar desde Mallorca a Almería rodando siete maletas. “Ella me dijo que se había terminado, a veces la gente piensa que por tener silla de ruedas uno va a rogar, pero no. Me fui de allí al día siguiente. Crucé en barco hasta Alicante y allí cogí el bus para Almería. Cuando el chofer me vio se echaba las manos a la cabeza. Me ayudó y esperó a que vinieran a recogerme a la estación, desde entonces somos amigos”, dice Carlos.
En una cancha aprendió que entrenar más podía ayudarle a superar las dificultades del juego. En el mercado del alquiler, en cambio, el esfuerzo individual no basta. Para que Carlos encuentre un hogar no solo hacen falta viviendas accesibles. También es necesario que quien abre la puerta de una inmobiliaria vea primero al trabajador que tiene delante y no los prejuicios que acompañan a su silla de ruedas.