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Entrevistas

Isabel Soler: "Níjar es uno de los pueblos de toda Europa donde ves más artesanos"

La última tejedora de la villa de Níjar sabe que el acrílico y la industria está acabando con los artesanos tejedores

Isabel Soler con el periodista Antonio Hermosa junto a uno de sus telares en la tienda de los Milagros, que tiene abierta en la Villa de Níjar.

Isabel Soler con el periodista Antonio Hermosa junto a uno de sus telares en la tienda de los Milagros, que tiene abierta en la Villa de Níjar.Lola Aguilar

Antonio Hermosa
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Isabel Soler Hernández, nació en el casco antiguo de Níjar, “en un barrio que se llama San Antón, que es de los barrios más antiguos de Níjar, debajo de la torre vigía. Y la casa donde yo nací es una casa de las más antiguas de Níjar, que está hecha de tierra prensada, con un patio en medio, que por generaciones pertenecía a la familia de mi abuela y era una casa en donde había más habitaciones con telares que habitaciones con camas. El textil era parte de nuestra vida cotidiana”.

Su familia de tejedores se remonta muchas generaciones. “Por lo general las mujeres nunca hemos tenido oficio. La familia de tejedoras de mi abuela era una familia de matriarcado donde las mujeres ganaban el sustento. Mi abuela se llamaba Josefa. Mi abuela era la que ganaba el sustento. Mi abuelo, que había emigrado a Argentina, se incorporó después a la vida de los telares. Tejer era un oficio muy común de las mujeres. Tener un telar en casa, era como quien tiene una máquina de coser, era muy común. Creo que el textil es más antiguo que la cerámica en esta zona”.

Isabel estudió en Níjar. Luego se fue a un internado a Almería a hacer el bachillerato y, después a Granada, a estudiar Turismo en la universidad.

“Estaba muy unida a mi padre. Todos los veranos, desde los 15 años, tejía para ganarme un dinerillo. Me gustaba tanto el textil, que me vine a aprender la tradición antigua con mi padre, lo que a él le había enseñado su madre. Mi padre hacía ponchos, mantas, todo lo que era el tejido tradicional. Me enseñó los enhebrados árabes, alpujarreño, a cuadros, las sargas. Un montón de técnicas antiguas que venían desde cuando los árabes estaban aquí asentados”. 

Y también le enseñó a hacer tintes naturales. “Mi abuela tenía una chimenea muy grande con una caldera donde se teñía todas las lanas para tejer, y tenían un cuarto oscuro donde guardaban toda la lana para que no se picara. Empecé a recoger recetas de los tintes antiguos naturales, porque luego se pasó a la anilina, los tintes químicos, pero mi abuela, su madre y sus antepasadas ya tejían con toro bizco, con olivarda, con plantas que crecían aquí”. 

Plantas que se dan en la sierra y de las que se aprovecha todo. “De la hoja del toro bizco se sacaban los verdes y los amarillos, y con el tronquito de este arbusto se hacían las lanzaderas del telar. También, desde los tiempos árabes, los peines eran de caña, los lizos eran de algodón, todo era súper artesanal. Quería aprender todo y lo aprendí con mi padre”.

Isabel Soler recuperó esa tradición que le enseñó su padre y a ella se ha dedicado toda la vida. “Conocí a mi marido, que era también artesano. Nos unimos y nos hemos dedicado a esta vida casi 40 años. Ahora es todo acrílico, la mano de obra es muy cara, tienes que tener mucha producción para que sea rentable. Entonces, por ejemplo, tejo lanas, algodones, lino, algunos chales de seda y alpaca”.

Considerada la última tejedora de Níjar, Isabel piensa en jubilarse en pocos años. “Me pilla al final. Hace años que viene cojeando. No se puede vivir. Ya no se sostiene. ¿quién usa una manta elaborada a mano en una cama? Nadie. Sí que tengo algunos clientes caprichosos porque hago cojines, hago chales y se llevan alguna manta, y de eso he podido ir viviendo. Pero claro, se encarece porque el material es muy caro y el proceso es lento”.

Níjar es un municipio donde la artesanía ha estado siempre muy presente. “Un lugar único en Europa, porque en Latinoamérica hay comunidades de tejedoras, pero con una vida precaria. Aquí estamos en un capitalismo, y no estamos viviendo una economía de autosuficiencia. Sostener esto es complicado. Dentro de eso, Níjar es uno de los pueblos de toda Europa donde tú puedes venir y ver más artesanos. Granada, que era un sitio de artesanos, ahora no tiene nada. Se está todo globalizando. Níjar sorprende porque hay todavía ceramistas, hay todavía quien vende jarapas. Puedes venir y sabes que lo que compras no lo vas a encontrar en otro lugar. Esperemos que se mantenga”.

Níjar siempre ha sido conocida por la elaboración de jarapas. “Jarapas no hago, porque era una cosa de reciclado de las ropas viejas de la casa. Aquí se hacían mucha jarapa como una cosa barata, para proteger los colchones de los somieres, para hacer mandiles. Ya no se hacen tanto porque no es necesario”.

Ha descendido mucho el número de artesanos. “Ahora la cerámica está remontando porque hay nuevas generaciones que están apostando por eso, porque el mundo laboral está muy mal. Los chavales tienen que hacer algo con su vida. Hay iniciativa y hay mucha gente joven que vienen del oficio. Por ejemplo, Loli García, su hijo y sus nietos se están dedicando a la cerámica. El nieto de un histórico ceramista: Baldomero García, también hace cerámica. Y nosotros hemos tenido una chica aprendiendo que se está dedicando a la cerámica”.

Pero recuperar el textil es más complicado. “Si tejes a mano, el textil es muy lento, y los materiales son muy caros. Yo compro lana, las tiño con tintes naturales que hago con plantas. Si te pones a tejer en un telar manual, se tardan días en hacer una pieza. Entonces, ¿quién te paga eso? El problema es que no es un arte, porque no puedo vender una manta como si fuera una pieza artística, porque es artesanía, y la artesanía no se valora, o si se valora, no se paga, porque compites con la industria”.

Su marido es británico, llegó aquí en los años 80. Un artista que estaba buscando una manera de ganarse la vida, porque con lo que hacía, grabado y esculturas, era muy difícil subsistir. “Y entonces llegó a Níjar y descubrió que era un sitio de cerámica. Vio tantos talleres y tanta actividad cerámica que se compró una casa. Empezó a trabajar con Baldomero García, aprendió el oficio y desde entonces se ha dedicado a la cerámica con un aire más artístico”.

Esta pareja regenta en Níjar la Tienda de los Milagros. Isabel ve el futuro muy negro, “La sociedad está muy pesimista, pero quién sabe, todo es como una interrogación muy grande”.

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