La Voz de Almeria

Entrevistas

Carmen López: redención a tiempo

A sus 57 años (Almería, 1968), esta periodista de raza, de las que trabajan la precisión léxica, narran y dialogan y atrapan los matices y los contextos, ha alcanzado el cénit lírico

La escritora y periodista Carmen López.

La escritora y periodista Carmen López.La Voz

Juan Antonio Cortés
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Es una catarsis. Para el poeta, el amor es un generador único de emociones, una liberación: toda una purga interna que sacude el ego más descarnado. Y el desamor, que no deja de ser el amor en tiempos de crisis, desata el trance que precede al éxtasis. Aquí, en Carmen López, amar es más que un verbo. Hay algo en su amor que está atado a la idea de eternidad, pero también a la corteza de un eucalipto (“Al beso de los amados, la Luna volvió a llorar”), como Machado, y eso es el tiempo que pasa, el tiempo hipocondríaco y nostálgico, el que que nos ata a la memoria con el guiño subjetivo de aquello que sí trasciende: el alma.

En Carmen hay mucho de ese tiempo interior. De la cruz de la enfermedad. De lo existencial: “Cuando los ángeles te cojan en volandas para sumergirte en los más bonitos sueños, allí estaré para abrazarte y decirte una vez más, aunque al despertar lo olvides, que te amo”.

En el poemario ‘A destiempo’ (editorial Talón de Aquiles), cuyos beneficios irán destinados a la Fundación Aladina, hay también una promesa de esperanza, letras de ciudades feas, espejismo y distopías. En conversación con la compañera Rosa Galán (Dipalme Radio), que también ha tenido su catarsis, Carmen ha contado que aquí hay más viaje que huída, más libertad que destierro. Ausencias, mas también presencias: “Si supiera escribir, si supiera, contaría que estás, que sigues cerca, que los miedos pasaron y quedó la calma”.

El título no es extemporáneo. Ni intempestivo.

A destiempo porque no pensaba volver a escribir. No pensaba hacer nada. A destiempo por cosas que podían haber llegado antes y, sin embargo, han llegado después.

Se escribe poesía solo cuando hay una necesidad. Por eso, para escribir no hay tiempo. No hay jornal.

Los he escrito en los últimos seis o siete años. Necesito escribir cuando surge una idea.

50 poemas, 50 entre una legión. Romances y quejidos.

Son temas inherentes a la vida: el dolor, el sufrimiento, la muerte, la esperanza, la ilusión, la mirada a lo que te rodea. Todo eso está ahí.

Carmen López ha vivido (vive) un proceso oncológico. Toda una cruz plasmada en un poemario que es un ajuar de sentimientos encontrados.

Vivir determinadas situaciones genera un poso de miedo y esperanza. Llevo cuatro procesos oncológicos. Es una manera de decirle a la gente que se puede salir de esto.

Pero es también una oda al presente.

Pasar por estos procesos te hace vivir el momento, disfrutar de cada pequeña cosa, aquellas pequeñas cosas que le dan valor a tu vida. Dejarte la vida en ellos. Yo lo intento.

Curioso. Escribe poemas con el móvil. Compañero de viaje de los juglares de este siglo.

Me cuesta mucho escribir a mano por un problema oncológico. Yo necesitaba mi papel. Ahora lo hago con el teléfono donde me pille, en el taxi, en el hospital.

Dice Carmen que no echa de menos el periodismo cuando el oficio angustia. “El estrés no me ha venido muy bien”. Sí echa en falta la interacción con la jungla, aunque la jungla ya casi no existe.

Ha dejado en sus poemas claro cómo quiere desaparecer de esta Tierra cuando llegue el último vuelo. “¿Mi tierra? Mi tierra eres tú”, dejó sentado Cernuda, uno de sus poetas de cabecera.

La muerte forma parte de la vida. Hay que dejar dicho qué se quiere que los demás hagan cuando llegue ese momento. Yo lo dejo ahí.

Es su segundo poemario, tras aquel ‘Avenida Silencios’. Ha escrito una novela (‘El hombre que vivió tres vidas’) y tiene tren literario para rato. A sus 57 años (Almería, 1968), esta amante de Cernuda y de Salinas, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Granada y periodista de raza, de las que trabajan la precisión léxica, narran y dialogan y atrapan los matices y los contextos, Carmen López ha alcanzado el cénit lírico, ese punto de dulzura y esa pizca de amargura que aromatizan la madurez.

Sus versos son sencillos, sobrios y sinceros. En la sencillez desnuda está la belleza connatural de la vida. Son poemas que se han transfigurado. Han transmutado. Hay en ellos una aparente simplicidad que no es sino el punto más elevado de escritura. Descartan lo accesorio. Transmiten verdad, subrayan lo que va más allá del orden cíclico de los días. No es Carmen ingenua. Al revés. En su hablar hay mucho de pragmatismo, de espontaneidad, de franqueza. A veces habla con los versos justos, como si estuviera escogiendo la siguiente estrofa para teclear en el smartphone. Que es libre lo demuestra su prevención ante la métrica. Escribe tres metros por delante de la formalidad y el dogmatismo, con las reglas emancipadoras de su propia voluntad. Escribe y lo hace para excarcelar el yo que a veces desaparece en la niebla de la herida y la rutina. No, no lo hace a destiempo. Como otros grandes poetas, escribir no es una imposición. No hay musas ni historias así. Hay años en que no hay nada que relatar. Y hay instantes en que faltan años para contar lo que invade al ser. Hay transpiración cuando se resiste la palabra esquiva en la frase absoluta. Y hay, sobre todo, redención. Redención a destiempo.

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