Los primeros pasos contra el analfabetismo en Almería: las Escuelas de Temporada y un joven maestro
Juan Pérez llegó a Sierra Alhamilla con solo 17 años y convirtió una cortijada sin escuela en uno de los puentes hacia la alfabetización moderna de la provincia

Izquierda, Juan Pérez Ramos. Derecha, uno de los libros usados en las Escuelas de Temporada
A sus 82 años, Juan Pérez Ramos llegó a la redacción de LA VOZ con la serenidad de quien ha dedicado toda una vida a enseñar y con la necesidad íntima de poner voz a una historia que no quiere que se pierda. No traía nada entre las manos: ni papeles, ni libros, ni notas. Le bastaban la experiencia, la memoria y el deseo profundo de recordar a quienes hicieron posible que la educación echara raíces en la Almería de su infancia. Venía, decía, “porque hay cosas que merecen ser contadas”. Y al escucharlo, uno entiende que su propósito no es hablar de sí mismo, sino honrar la memoria de aquellos que lo formaron y de quienes lucharon por alfabetizar una provincia que durante décadas avanzó a contraluz.
Sus primeros referentes fueron sus maestros de Primaria: don Antonio Cruz Colomer, don Saturnino Menchón Mañas y don Nicolás López Rodríguez. Juan evoca sus nombres con la misma emoción con la que se nombra a quienes te cambian la vida. En las aulas humildes de los años cuarenta —entre pizarras gastadas y cuadernos que apenas alcanzaban para todos— ellos despertaron en él la vocación que lo acompañaría para siempre. Le enseñaron a leer, sí, pero también a mirar el mundo con curiosidad, con rigor y con respeto.
Aquella Almería era todavía una tierra herida por la guerra, con barrios y cortijadas en las que la escuela no llegaba y donde miles de adultos vivían sin haber aprendido a leer. Contra esa realidad se alzaron, años después, figuras como Rosa Relaño Fernández, José Ramos Santander y Vicente Abad Montoya, responsables de la educación provincial que, con visión y valentía, impulsaron proyectos decisivos para que la cultura dejara de ser un privilegio.
Y fue en ese contexto, en 1960, cuando Juan, con apenas diecisiete años, inició su andadura docente en un proyecto tan humilde como esencial: las Escuelas de Temporada. Eran aulas provisionales, levantadas durante unos meses en cortijadas remotas, con el objetivo de llevar la alfabetización allí donde nunca había existido una escuela. Un maestro joven, un lugar apartado y el compromiso de enseñar a quien quisiera aprender: así comenzaba una de las etapas más significativas —y menos contadas— de la educación en Almería.

Rosa Relaño, Inspectora de Educación
Escuelas de temporada y analfabetismo
Cuando Juan comenzó a enseñar, la sombra del analfabetismo seguía pesando sobre buena parte de la provincia. Décadas antes, las Misiones Pedagógicas de la Segunda República (1931–1936) habían llevado libros, arte y educación a aldeas remotas, sembrando la idea de que la escuela debía acudir a quienes no podían llegar a ella. Esa necesidad permaneció intacta tras la guerra. En 1950 se creó la Junta Nacional contra el Analfabetismo, con redes provinciales y locales que trataban de extender la alfabetización básica. En Almería, aquella responsabilidad recayó en Rosa Relaño Fernández, inspectora que durante más de trece años coordinó clases de adultos y campañas educativas en condiciones muy difíciles. Sin embargo, la alfabetización apenas alcanzaba a las zonas diseminadas, donde ni siquiera existía un local escolar.
Fue entonces cuando Relaño dio forma a una solución tan humilde como decisiva en 1960: las Escuelas de Temporada, aulas temporales instaladas durante algunos meses en cortijadas aisladas para ofrecer, aunque fuera de manera breve, la oportunidad de aprender a leer y escribir. Esos pequeños espacios improvisados se convirtieron en una herramienta esencial para combatir un analfabetismo que aún afectaba a miles de almerienses. Los datos ayudan a entender la magnitud del reto. En 1860, el 88% de la población de Almería era analfabeta. A mediados del siglo XX esa cifra había descendido, pero todavía en 1975 se situaba en torno al 12%, y no sería hasta el año 2000 cuando caería al 3,6%.
La situación era igualmente desigual dentro de la capital. En 1960, Almería presentaba un 15% de analfabetismo (18% en la provincia), pero con enormes contrastes entre barrios: Alfareros apenas alcanzaba el 3%, mientras que La Chanca superaba el 57%. El nivel medio de estudios era de 4,2 sobre 10, con extremos que iban desde 6,1 en Paseo Nuevo hasta 1,4 en La Chanca. La ciudad avanzaba, pero lo hacía a varias velocidades.

Mapa del analfabetismo por barrios de Almería en 1960
En este panorama, en 1960, con solo diecisiete años, Juan fue uno de los jóvenes maestros seleccionados —junto a otros como Vicente Abad Montoya o Santiago López Rodríguez— para llevar la alfabetización a los lugares donde la escuela nunca había llegado. Su destino sería Sierra Alhamilla, un territorio de cortijadas dispersas donde la educación no había tenido presencia real. Allí, en Mañicas, comenzaría de verdad su vida como maestro y Almería daría otro paso decisivo en su lucha contra el analfabetismo.

Juan Pérez Ramos, Vicente Abad Montoya y Santiago López Rodríguez, maestros en las Escuelas de Temporada
Llegada a Mañicas
Cuando a Juan le asignaron su destino, lo único que recibió fue una caja de cartón piedra con el material básico: tizas, lápices, algunas cartillas de lectura, unos pocos libros y un tablero que por un lado mostraba el mapa de España y por el otro hacía de pizarra. Era el equipaje oficial del maestro de temporada. La orden que lo acompañaba era clara y contundente: “Busque la cortijada de Mañicas, encuentre donde dar clase y alfabetice a quien se presente”. Mañicas no era un pueblo al uso, sino un conjunto de cortijadas desperdigadas en lo alto de Sierra Alhamilla —Acosta, El Aguilón, El Albaricoque, El Puntal, Las Martillas, Las Palmeras…— conectadas por sendas de tierra y separadas entre sí por quince o veinte minutos de camino. Aunque la zona más poblada era Mañicas, se eligió El Albaricoque como sede por su ubicación central, de modo que todos pudieran llegar a pie.
Al día siguiente de llegar, un grupo de jóvenes lo llevó a ver el lugar que podía servir como escuela: una casa abandonada en una pequeña colina. Tenía una cocina con chimenea y, al lado, un corral al que se accedía por un vano sin puerta, separado por un tranco de piedra que antes impedía el paso del ganado. Aquel espacio humilde, silencioso y olvidado estaba a punto de convertirse en un aula.
Con cal para las paredes, tablas recogidas por los vecinos, veladores prestados en Níjar y mucha voluntad, la cocina y el corral se transformaron en dos estancias llenas de vida. Allí empezaron las clases: por la mañana acudían los más pequeños y los mayores que no trabajaban; al mediodía, los jóvenes que terminaban las faenas; y por la tarde-noche, quienes regresaban del campo. La escuela se abría cuando la vida lo permitía, y bajo la luz tenue de las lámparas, muchos escribieron allí sus primeras palabras.

Cartillas de aprendizaje rápido de lectura y el crucifijo Escuela de Mañicas
Aprender contra todo
Con el aula ya en marcha, un grupo de mineros comenzó a detenerse en El Albaricoque camino de las minas de Turrillas. Cruzaban la sierra cada día y, aun agotados, querían aprender a leer, a escribir y a hacer las cuatro reglas. Llegaban con sus lámparas de carburo, que ellos mismos ofrecieron para iluminar las clases nocturnas, y gracias a su ayuda la escuela permanecía abierta hasta las once o las doce de la noche.
Ser maestro tampoco era sencillo. Durante décadas, el sueldo real apenas alcanzó lo necesario para vivir. En 1871 un maestro ganaba alrededor del 70 % de lo imprescindible; en 1921, tan solo dos tercios; en 1931, tres cuartas partes; y en 1945, poco más del 70 %. Incluso en 1960 el salario apenas cubría el 92 % de lo necesario para mantener a una familia. Solo a partir de mediados de los años setenta esta tendencia se invirtió y el sueldo docente superó, por primera vez, el nivel considerado básico.
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Por eso, en las Escuelas de Temporada se estableció una gratificación especial de 60 pesetas diarias, prácticamente el doble de un sueldo normal. Más que un incentivo, era una forma de compensar las condiciones extremas en las que trabajaban aquellos maestros. Aun así, lo que realmente sostenía aquella escuela no era el salario, sino la voluntad de todos: la del maestro, la de los vecinos y la de quienes, como los mineros, estaban dispuestos a aprender incluso de noche, después de una jornada interminable.

Minas del coto Laíquez en la Gallarda de Turrillas donde iban a trabajar algunos de los alumnos desde la Viñica y alrededores de las Cuevas de los Úbedas
Fin de una etapa
Cuando Juan terminó su labor en Mañicas, comprendió que lo vivido allí era mucho más que una campaña de alfabetización. En aquel corral convertido en aula, donde convivían niños, adultos y mineros decididos a aprender incluso de noche, Almería empezó a ganar su propia batalla contra el analfabetismo. Aquellas primeras letras, escritas con esfuerzo y emoción, demostraron que la educación podía abrirse camino incluso en los lugares más aislados.
La experiencia dejó una huella profunda. Reveló cuánto talento se perdía por falta de oportunidades y cuánta fuerza tenía un maestro cuando se le permitía llegar a quienes más lo necesitaban. De esa convicción —y del trabajo incansable de quienes creyeron en otra forma de enseñar— surgiría poco después una idea más ambiciosa: la creación de un espacio estable para los niños de las zonas diseminadas. Así nacería la Escuela Hogar Madre de la Luz, destinada a cambiar para siempre la educación en la provincia.
Pero el origen de todo, en parte, estuvo en esas Escuelas de Temporada, en jóvenes maestros, en una comunidad que decidió que aprender merecía cualquier esfuerzo y en una inspectora, Rosa Relaño, que consiguió crear las Escuelas Hogar como centro piloto en toda España para enseñar a los niños de población ultradiseminada. Allí, comenzó, de verdad, el despertar educativo de Almería.