El siglo de Pepe Ibarra, el de la bodega Montenegro
A sus 90 años todavía está pendiente del negocio, ahora desde una silla, como un director de cine

José Ibarra López lleva toda la vida en la bodega Montenegro, que ahora regenta su hijo Javier.
Pepe Ibarra ha cumplido noventa años. Es de la misma generación que los barriles de vino que sostienen como pilares la esencia de su establecimiento. Su vida sigue siendo el bar, el contacto diario con los amigos, los amaneceres junto a la barra esperando al primer cliente, el sonido del pescado frito saltando en la sartén, el olor del lomo al ajo que al mediodía perfuma el barrio en una ceremonia que se ha ido repitiendo durante cincuenta años. Pepe y el Montenegro no son un dueño y un bar, son la más pura esencia de la memoria de un barrio, de una ciudad.
A pesar de los años, este veterano bodeguero no entiende otra forma de concebir la vida que el negocio. Tener una ocupación le ordena las horas. La bodega la dirige ahora su hijo Javier, pero él acecha desde su silla en un rincón del establecimiento, como esos directores de escena que entre bastidores velan porque todo salga según el guion previsto. El suyo es un guión que se repite años tras año: calidad en la materia prima y una manera especial para manipular la sartén y cocinar el pescado. Dicen algunos expertos que nadie fríe el pescado en Almería como Pepe el del Montenegro.
De lo que ha sido su vida recuerda sus comienzos en ‘La esquinita te espero’ cuando llevaba los recados y repartía el vino en un carro por los otros boliches de la ciudad. En 1948, cuando había cumplido doce años de edad, tuvo una conversación con el empresario Juan Puga que le cambió la vida. Le ofreció la oportunidad de entrar a trabajar en la bodega Montenegro y él no se lo pensó tras consultarlo con su familia. Pepe Ibarra no ha podido olvidar el primer día de trabajo, el momento en el que llegó a la bodega y Juan Puga lo sentó en un banco de madera en la puerta del establecimiento para darle unos consejos. “Pepillo, tu misión aquí, además de trabajar, es oír, ver y callar. Paso corto, vista larga y mala leche”, le dijo. El niño no entendió muy bien aquellas frases, pero se las aprendió de memoria para siempre.
La vida del muchacho en su nuevo oficio empezaba de madrugada. El Montenegro abría a las cinco de la mañana para atender a una clientela que a esas horas estaba formada por barrenderos, ferroviarios, pescadores y obreros del puerto, que se ponían en marcha antes de entrar a trabajar con las copas de anís y de coñac que servían en la bodega. Los amaneceres eran de mucho trabajo, como los mediodías y los atardeceres, cuando los hombres llenaban todas las mesas del local bebían vino y jugaban a las cartas y al dominó. Pepe se pasaba el día trabajando a cambio de dos pesetas, su primer sueldo. Allí se formó como hostelero y como persona, por lo que además del vínculo profesional siempre le unió a sus dueños lazos afectivos que iban más allá de una simple amistad. Un día, cuando Pepe Ibarra regresó licenciado del servicio militar, un importante empresario de la ciudad, Juan Montoya, propietario de la bodega ‘El Observatorio’ del Quemadero, le propuso que se fuera a trabajar con él a cambio de mejorarle el contrato. El joven le agradeció la oferta pero le dijo que antes tenía que hablarlo con sus jefes.
Al final decidió quedarse en el Montenegro y continuar con su labor diaria repartiendo con un carrillo de tres ruedas el vino de Alboloduy y de la Mancha por todos los antros de la ciudad. Llevaba el cargamento hasta el bar Estiércol, en la carretera que llegaba hasta Los Molinos, a la Barraquilla y a casa de Juan ‘el atravesao’ en Pescadería, y a los pequeños bares del centro.
Pepe Ibarra formaba parte de la bodega, era un empleado que tenía los mismos galones que el dueño porque allí se había criado y allí se había hecho un hombre. En 1967 su jefe le vendió su parte del negocio a cambio de una mensualidad de sesenta pesetas que debía de pagarle como renta. Así empezó su carrera en solitario y así comenzó una nueva época para la bodega Montenegro.
El viejo local pasó a mejor vida cuando derribaron el inmueble y sobre él levantaron un moderno edificio de cinco plantas. Pepe Ibarra se quedó en propiedad con la planta baja y en ella abrió el moderno Montenegro. Desde entonces, la bodega ha conservado intacto ese aroma a bar antiguo que gracias a la calidad de las tapas y del vino ha sabido resistir el paso de los años de la misma forma que su dueño.