Dejó la oficina por el crochet: la historia de una joven de Almería que vive de hacer muñecos a mano
Laura Cañadas de 29 años, ha convertido su pasión por el arte y las manualidades en su profesión, tras aprender de forma autodidacta en redes sociales

Laura Cañadas junto a algunas de sus creaciones de crochet.
Laura Cañadas Sánchez tiene 29 años, es de Campohermoso, Níjar y, hasta hace muy poco, llevaba una vida laboral que no le llenaba. Oficinas, rutinas y un camino profesional que no terminaba de encajar con su forma de ser. Hoy, su día a día es muy distinto: hilos, agujas y decenas de pequeños personajes hechos a mano que han convertido el crochet en su modo de vida.
Todo empezó hace apenas unos meses, en diciembre del año pasado. “Ha sido todo repentino, pero bueno, va bien”, cuenta entre risas. Lo que parecía un simple entretenimiento terminó cambiándole la vida.
Pasó de la oficina a la artesanía
Laura lo tiene claro: el punto de inflexión llegó cuando decidió parar. “Llegué a mi límite mental… dije: no puedo más, necesito explorar otro mundo”, explica. Tras una baja laboral, comenzó a curiosear en redes sociales. Primero probó con arcilla, pero el algoritmo hizo su magia.
“Empecé a mirar vídeos, y de repente llegué al crochet. Y nada, a aprender… y aquí estamos”.
Sin formación previa, sin cursos, sin clases. Todo lo ha aprendido sola, desde casa, con tutoriales. “Todo, con YouTube y TikTok”, afirma. Y lo más sorprendente es que su evolución fue casi inmediata.
Su primera creación no fue precisamente sencilla: “Lo primero que hice fue un oso”. Así, sin más. Sin pasar por lo básico. Sin miedo.
Un talento inesperado con las manualidades
Hay algo en Laura que ella misma no sabe explicar del todo. Como si hubiera descubierto una habilidad que siempre estuvo ahí. “Hay personas que tienen facilidad para ciertas cosas… me gusta pensar que esto es lo mío”, reflexiona.

Algunas creaciones de crochet de Laura Cañadas.
Su especialidad, al menos por ahora, son los muñecos personalizados: pequeños, detallados y únicos. Desde animales hasta figuras inspiradas en la cultura pop. Todo hecho a mano y, muchas veces, por encargo.
“Una de las cosas que más me gusta es pensar: lo quiero… ¿lo puedo crear? Y hacerlo realidad”, dice.
Y es que cada pedido es diferente. Nada de catálogos cerrados. Sus clientes le proponen ideas tan curiosas como una “gallina en un columpio” o capibaras con gorrito. “Cada uno me pide algo que no tenía hecho antes”, cuenta.
Hasta 40 horas por muñeco
Detrás de cada pieza hay horas —muchas horas— de trabajo. “Las muñecas más elaboradas pueden llevar entre 30 y 40 horas”, explica. Jornadas completas dedicadas a una sola figura.
Eso hace que el equilibrio entre precio y tiempo sea complicado. “Hay cosas que puedes cobrar por horas y otras tienes que ajustarlas porque hay que ser realista”.
Aun así, sus creaciones ya tienen mercado. Por ejemplo, algunas de sus muñecas más trabajadas se venden por unos 50 euros, con opciones más económicas según el diseño.
El salto: de hobby a negocio real
El momento clave llegó cuando decidió dar el paso y convertir su afición en su profesión. “He asumido que no pertenezco al sistema corporativo… y quiero labrar un camino que me haga más feliz”, afirma con contundencia.
Hoy está enfocada en hacer crecer su proyecto, bajo la marca personal que ella misma ha creado: 'Ka. Nu. Bi', un nombre con historia propia y un guiño a su apellido y a la estética kawaii que tanto le inspira.
Su impulso definitivo llegó tras participar en una feria local. “Desde entonces he tenido uno o incluso dos pedidos por semana”, explica. No es un volumen alto, pero suficiente para confirmar que va por el buen camino.
Mirando al futuro: redes sociales y expansión
Ahora, Laura tiene claro su siguiente paso: profesionalizar su marca. Redes sociales, visibilidad y, en un futuro cercano, una tienda online.
“Quiero que esto crezca, que se abra a nivel nacional… y poco a poco internacional”, dice con ilusión.
Mientras tanto, sigue creando. Probando. Aprendiendo. Sin cerrarse a nada. Aunque los peluches son su debilidad —“el mundo peluchillo me hace muy feliz”—, también quiere explorar nuevas técnicas como la resina o la joyería artesanal.
Porque si algo define su historia es precisamente eso: la capacidad de reinventarse. Y todo, con un simple ganchillo en la mano.