Chistorra, pañuelos rojos y chupinazo: el pueblo de Almería que celebra un San Fermín único
Desde hace trece años el municipio recrea el chupinazo desde el balcón, cánticos tradicionales y un posterior almuerzo

Chupinazo de San Fermín desde el balcón del Ayuntamiento de Carboneras.
Como cada 6 de julio, cuando el reloj marca las doce del mediodía, la plaza del Ayuntamiento de Carboneras cambia por unos minutos la esencia del Mediterráneo por el ambiente de Pamplona. El blanco impoluto de las camisetas y el rojo de los pañuelos anudados al cuello vuelven a ser los grandes protagonistas de un chupinazo que, desde hace ya trece años, se ha consolidado como una de las celebraciones más singulares del verano almeriense.
Esta peculiar tradición de San Fermín que une en Carboneras el norte y el sur de España, nació de la nostalgia de un grupo de navarros afincados en el municipio: “Primero hacíamos un pequeño grupito de pamploneses que nos juntábamos y a alguien se le ocurrió la idea de decir: ‘¿A que no nos tiramos del Ayuntamiento?’ Y yo cogí mi instancia, la mandé al señor alcalde y nos dijo que sí” cuenta Nieves Garbisu, una de las impulsoras de esta iniciativa. Y, desde entonces, “trece años llevamos tirándonos desde el Ayuntamiento” apunta, independientemente del equipo de gobierno.
Chupinazo desde el balcón consistorial y almuerzo navarro
Tal y como manda la tradición, el lanzamiento de los cohetes del balcón consistorial va acompañado del también tradicional grito de “¡Viva San Fermín!” aunque se añade también un guiño al municipio con un “¡Viva San Antonio!”. “Nos guardan siempre tres cohetes y los tiramos, como en Pamplona, desde el Ayuntamiento” detalla Nieves.

Foto de familia tras el chupinazo por San Fermín en Carboneras.
Una vez cumplido el protocolo, y tras haber cantado “el Riau-Riau y el Chundarata de las peñas”, la fiesta continúa con el tradicional almuerzo navarro en el que no faltan la chistorra, el huevo o el pimiento verde. Aunque, según ha asegurado Garbisu, “todavía no hemos integrado el calimotxo”.
Precisamente, esa mezcla de raíces navarras y la hospitalidad carbonera es una de claves del éxito de esta celebración. Amalia López, también participante desde la primera edición, ha explicado que “aquí hay mucho gente de Navarra que viene no solo a pasar vacaciones, sino que vive gran parte del año”.
Con el paso de los años, la celebración también ha ido despertando el interés de un gran número de vecinos y visitantes. “Hay mucha gente en la plaza esperando que den el chupinazo. Es impresionante porque es algo que no pega nada en un pueblo tan al sur y, sin embargo, la gente del pueblo está completamente integrada” asegura Amalia.
Además, cada edición sigue sumando nuevos participantes. “Hay gente que por primera vez lo ve y sabe que para el próximo año estará pendiente del 6 de julio. Mucha gente me llama para preguntar si va a haber chupinazo y se apunta gente nueva, que no tiene nada que ver con Navarra, pero la fiesta es la fiesta” afirma Nieves entre risas.

Vecinos de Carboneras durante el Chupinazo desde el balcón consistorial.
Para aquellos pamplonicas que viven lejos de su tierra, este 6 de julio en Carboneras tiene un significado especial: “Cuando estás tan lejos de tu tierra, echas en falta la tierra. Y una manera de acercarte a ella es este guiño que les hacemos”. Un sentimiento que, sin duda, se ve reforzado por el cariño de todos los carboneros: “Estamos muy agradecidos al pueblo que también nos ha acogido”.