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El terremoto de Venezuela se lleva a un almeriense universal, fallecido junto a su mujer

José Ignacio Jiménez se encontraba en el epicentro del seísmo apenas tres semanas después de visitar Albox

La diplomática María Clemencia junto a José Ignacio Jiménez.

La diplomática María Clemencia junto a José Ignacio Jiménez.La Voz

Guillermo Mirón
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El trágico terremoto que ha sacudido Venezuela se lo ha llevado sin ver cumplida su última gran obsesión: contemplar de cerca las nuevas pinturas que ya decoran la iglesia del Santuario del Saliente de Albox. Un deseo que, lejos de ser nimio, dice mucho (que no todo, pues no sería posible condensar su vida ni en mil tomos de enciclopedia) de José Ignacio Jiménez, que a sus 89 años, sobrevoló por última vez los 7.100 kilómetros que separan Caracas de Albox hace tres semanas.

Su deseo no era el de un católico convencido sino el de un albojense más ‘hijo’ de la Pequeñica pese a haber nacido en la lejana Nueva York (Estados Unidos) allá por 1937. Antes de poner un pie en el avión, preguntó una y mil veces a sus incontables amigos y familiares de Albox por la posibilidad de ver las pinturas; pero también dejó bien atada una imperdonable -en cada visita sucedía así- degustación de migas, una reunión en la Alfarería de Los Puntas e incontables rondas de “conversatorios” con anécdotas protagonizadas, entre otras tantas inquietudes y vivencias, por encuentros con personajes de la talla de Fidel Castro, Gabriel García Márquez o Francisco Franco.

En el epicentro del terremoto

Así, tras varias horas de búsqueda, desde el país venezolano confirmaron este sábado el fallecimiento de José Ignacio Jiménez y de su mujer, la diplomática María Clemencia López. Ambos se encontraban en su hogar de La Guaira, zona cero del seísmo que ha reducido a escombros buena parte de esta población.

Un trágico desenlace que pone fin a dos vidas (o quizás una, siendo inseparables como lo han sido hasta su muerte) llena de humanismo, amor por la patria en la que no le tocó nacer, y encuentros con dirigentes que desembocaron en algunas situaciones y diálogos dignos de película.

Tal y como rescató el investigador Miguel Ángel Alonso, el padre (Ignacio Jiménez) era “de familia de herreros de Albox , estaba casado y tenía un hijo pero tuvo que emigrar en los años 20 del siglo pasado, yendo a Francia, a Cuba de polizón y llegando finalmente a Estados Unidos”. Allí conoció a una joven, natural de Puerto Rico, con la que finalmente se casó.

Fruto de esa unión en tierras norteamericanas nació José Ignacio Jiménez, creciendo de la mano de un padre albojense que se encargó de grabar a fuego en su mente la fisonomía de un Albox lejano pero omnipresente. A través de sus relatos, José Ignacio conoció los desastres de las ramblas indomables, la historia filias y desavenencias de prácticamente todas y cada una de las familias del pueblo y, por supuesto, la devoción incondicional al Santuario del Saliente junto al aroma de unas buenas migas.

El albojense universal José Ignacio Jiménez en una fotografía de archivo.

El albojense universal José Ignacio Jiménez en una fotografía de archivo.La Voz

Una patria heredada de viva voz que su progenitor nunca volvió a pisar. Entre los latigazos de la crisis del 29, el estallido de la Guerra Civil -periodo en el que intentó regresar sin éxito para combatir al fascismo- y la Segunda Guerra Mundial, su situación como indocumentado en Estados Unidos le obligó a no arriesgarse a salir del país.

Así, bajo una estricta educación católica, José Ignacio Jiménez se labró un brillante porvenir académico en la Gran Manzana, donde se graduó en Ciencias Políticas por la Universidad de Fordham y completó un máster cum laude en Estudios Latinoamericanos y Filosofía por la Universidad de Nueva York. Unas credenciales que le abrieron las puertas de par en par como funcionario de la ONU.

Esa posición privilegiada le sirvió para sortear el bloqueo de la época y devorar cualquier noticia que pudiera cruzar el océano desde Albox, pero también para protagonizar encuentros dignos de una novela de espías. Debido a su cargo, era el encargado de traducir y filtrar las informaciones del extranjero sobre España que llegaban a la oficina de Francisco Franco, con quien llegó a entrevistarse en privado hasta en dos ocasiones.

El destino, caprichoso, le tenía guardada una de las jugadas definitivas en su propia tierra. Fue durante la inauguración del Parador de Mojácar, en un evento encabezado por Manuel Fraga, donde la familia albojense de su padre lo reconoció formalmente. Hasta ese momento, los lazos de José Ignacio con el municipio se limitaban a cruzar el pueblo de incógnito, recorriendo sus calles en coche y sin llegar a bajarse. Tras el fallecimiento de su padre en 1983, llegó el emotivo encuentro en el que conoció a su hermano, Ignacio Jiménez, sellando una reconciliación definitiva con sus raíces.

Su ingente labor humanista, intelectual y diplomática le hizo acreedor de los más altos reconocimientos internacionales, una brillante trayectoria donde destacan honores, enumerados por Alonso, como la Orden de Caballero del Mérito Civil y la de Comendador de Isabel la Católica; la Orden de África, otorgada por su papel crucial durante el complejo proceso de descolonización del Sáhara; su nombramiento como Miembro Titular del Instituto de Cultura Hispánica, en reconocimiento a su labor en Estados Unidos e Iberoamérica o el premio de honor del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en San Juan (cuna de su madre), donde ejerció como asesor y firme defensor del idioma y la identidad hispana.

Desde -casi- el momento en el que se conocieron (ella siempre recordaba que su noviazgo le costó unos cuantos intentos a José Ignacio), su vida estuvo unida de forma indisoluble a la de su inseparable esposa, María Clemencia López, una diplomática de altura que desarrolló gran parte de su carrera en la Asamblea General de las Naciones Unidas. 

Juntos sembraron cultura y compromiso social en cada destino: en la Cuba de los años ochenta, donde ella ejerció como embajadora de Venezuela, fundaron la Casa Bolívar de La Habana; y en Caracas, dieron vida a la Casa José Martí, coordinando de forma conjunta ambiciosos programas sociales, comunales y agrarios para los sectores más vulnerables.

Unidos en el amor, en las causas justas y en la diplomacia, el zarpazo del seísmo en La Guaira se los ha llevado juntos. Dejan tras de sí el recuerdo de un hombre universal que, envuelto en su humildad y eterna curiosidad, nunca anduvo como tal cuando paseó por las calles de Albox pero que, por encima de todo, guardaba en su mirada la misma devoción por la Pequeñica que aquel herrero albojense que un día cruzó el océano con el pueblo en la maleta. El albojense nacido en Nueva York que, incluso cuando aún no la había pisado, siempre tuvo su patria en la memoria.

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