Viejos cultos a nuestros difuntos
En Adra, muchas de las tradiciones han desaparecido con el paso del tiempo

Puerta Cementerio Municipal de Adra.
Nos hallamos en los umbrales de noviembre, el mes de los difuntos y qué imaginativamente nos transporta a los tristes días en tiempos pasados. Eran tiempos de castañas asadas o de jugar a la lotería a peseta el cartón.
Es tiempo de membrillos, nueces o caquis. Estando cercana la festividad de los fieles difuntos, aparecía el juego del trompo, que era uno de los juguetes preferidos de los chavales que reaparecían en la estación otoñal del año siguiente y que nos hacía tener presente lo efímero de su existencia, como ocurre con la festividad de los fieles difuntos.
El día de ‘finaos’ -decían- trompos y cuerdas a los ‘tejaos’. Indudablemente, por estos días las castañas tostadas, asadas, están en trance de pasar al olvido, pues ya solo son unos pocos los que sobreviven en nuestras plazas o calles que, junto a un fogón portátil, incitan a los transeúntes a comprar castañas.
En Adra ya no repican campanas de ánimas para dar las horas, como también ha quedado para el recuerdo, encender las mariposas en casa para seguir alumbrando a nuestros difuntos con aceite y agua en un recinto preparado para la ocasión. Aunque me consta que en algunos hogares abderitanos se sigue con la tradición.
Antiguamente por el Día de Todos los Santos en Adra, existía una hermandad que pedían por la calle una oración por el alma en pena de los difuntos que esperan en el Purgatorio.
Apunta el historiador local, Javier Sánchez Real, que allá por el siglo XVII, en Adra, como en otros muchos puntos de nuestra provincia, la Hermandad de Las Ánimas, era tan importante como hoy puede serlo la de Virgen del Carmen o San Marcos; fundamentalmente, se dedicaban a hacer caridad, como así consta en muchos documentos. Aquella caridad abarcaba tanto la ayuda a los vivos como a los muertos.
Porque en una época de terrible miseria, los miembros de la Hermandad se dedicaban también a una de las tareas más ingratas que se pueda imaginar. Se encargaban de realizar los llamados ‘entierros de misericordia’. Los pobres de solemnidad no tenían siquiera dinero para enterrar a los suyos.
Por ello se ponía en conocimiento de la Hermandad y sus miembros se encargaban de todo. Hacían misas en honor al difunto, le rezaban en el duelo y transportaban el ataúd hasta el cementerio. Allí, depositaban el cadáver en una fosa común, y recuperaban el ataúd. Porque era el mismo para todos. No había dinero para más.
Con los años, apunta el historiador y profesor, José Albarracín, la Hermandad fue desapareciendo, pero no la especial y ferviente devoción que muchos abderitanos guardan a las Ánimas. Cuesta arriba por la rambla de las Cruces, está la Ermita. Sólo alerta de su presencia las flores que hay en la puerta. Entre las rejas se vislumbran multitud de imágenes, rodeadas de cirios.
Porque en Adra siguen haciéndoles mandas, promesas por favores cumplidos que pueden llegar hasta el subir la enorme cuesta descalzo o de rodillas, siendo el rezo más habitual, situando uno de los brazos a la pequeña ermita, acercar la cabeza o frente, y rezar en silencio.
Este fin de semana, el cementerio municipal estará rebosante de flores y de gente. Tantos son los que suben que el Ayuntamiento tiene que reorganizar el tráfico con accesos específicos y lugares especiales para aparcar. También estará cubierta de flores la Ermita de las Animas.
En Adra están seguros de que las almas benditas que penan en el Purgatorio cumplen favores y ruegos. Si no se lo creen, prueben simplemente, a rezar tres oraciones por ellas. Se despertarán, seguro, a la hora deseada, sin necesidad de despertadores.
Antiguamente y en día de entierro, desde los Cortijos, se transportaba al finado en caballerías hasta la Explanada de Heredia (Jardincillos). Aquí, esperaba el Cura y monaguillos, reiniciando la marcha hasta la iglesia para celebrar homilía.
En Adra, puntualiza el maestro y profesor, Francisco Crespo, al final del Barrio de los labradores está la calle del Postiguillo que une la plaza del mismo nombre con el final de la calle Real, dando a una plazuela que está a unos cuarenta metros de la Fuente del Barrio.
Esta placita era utilizada hace uso setenta años para despedir a los difuntos que iban camino del cementerio, allí se ponía una mesa en la que se colocaba el féretro y el Párroco le decía el último sermón para al final de este proseguir, ya sin acompañamiento de los religiosos al cementerio.
Era pues este lugar el sitio donde los representantes eclesiásticos acompañaban al difunto, allí se paraban para recibir la despedida del sacerdote, por ello las gentes del pueblo conocían el lugar como "El descanso de los muertos". Los tiempos, nuestras costumbres, han cambiado…y mucho.