El Festival de Cante Grande Ciudad de Adra abrió los espectáculos de la preferia
El 52º festival reunió a tres voces consagradas del flamenco y al talento local de Marina Olvera

La cantaora cordobesa, Rocío Luna, durante un ramillete de fandangos.
Los amantes al flamenco disfrutaron de una nueva edición, la 52º, dentro del Festival de Cante Grande Ciudad de Adra y que cumple ya más de medio siglo desde sus inicios en 1967. Sobre el escenario, tres pesos pesados. Tres ganadores de la ‘Lámpara Minera’ en el Festival Internacional del Cante de las Minas en los últimos ocho años.
El cante de Alfredo Tejada, Rocío Luna y Jesús Corbacho, dieron calor a una noche fresquita que se completó con el baile de Marina Olvera, para el total recuerdo de los presentes. que asistieron al recinto del Patio del del colegio San Fernando de aficionados y peñistas.
De sobra es sabido que en Adra se cultiva muy buen paladar para el flamenco. Cada edición, da para una crítica constructiva del aficionado hasta por volúmenes. ¿Se puede mejorar el Festival?. Sin duda alguna. Por ello, es de obligada asignatura, mimar, embrutecer y cuidar a uno de los Festivales que por tradición, solera y antigüedad, debe volver a latir aún más con fuerza y colocarlo dónde se merece y no dejar a este patrimonio andaluz en situación de vulnerabilidad.

Jesús Corbacho, sorprendió a todos arrancando sus cantes entre el público.
Marina Olvera, un tsunami de olés.
En esta bendita tierra nació Marína Olvera. La abderitana se ha formado en baile flamenco en el Conservatorio Profesional de Danza Kina Jiménez de Almería y, en la actualidad, forma parte en la escuela de baile ‘Las Flores de mi Patio' donde imparte clases de baile y coreografía.
En sus inicios ya apuntaba potencial con sus primeras pataditas, a las que quiso limar con el tiempo. No cabe dudas que ha crecido en todo al mismo compás que le da la fuerza del cante a su baile haciendo que este impregne sus propias carnes y haga que su cuerpo le vibre cuando azota en las tablas la rabia en sus tacones.
Martín Santiago, el cantaor de Adra, le hizo la entrada por Soleá, le arrojó los duendes a Marína Olvera que jugó con ellos en el trance de la inspiración. Y fue aquí cuando entre la elegancia del paseo, las llamadas, la precisión en los tacones y la verdad en el gesto se metió al público en el bolsillo y lo llevó por las veredas del ritual del arte. De su arte.

Marina Olvera, la bailaora abderitana, más flamenca que el tacón.
En la noche del pasado viernes, dibujó braceos con flores en sus manos y puso guirnaldas con sus brazos sin teatralidad alguna doblegando la técnica al arte, transmitiendo su baile con naturalidad. La abderitana ardió y se metió al público en los volantes del vestido, recogiendo la talega de olés. Estalló sus pies potentes sin olvidarse de la pose de cintura para arriba coloreando figuras flamenquísimas.
Desde la punta del tacón a las pestañas bailó poseída y dibujó figuras tan estudiadas como espontáneas derrochando fuerza y sensualidad flamenca. Bailaba Marina Olvera y Adra se rindió a sus pies. Y a sus brazos. Porque ella sabe. Porque los mueve acariciando el aire y se queda quieto. Porque entiende lo que es pararse, marcar un desplante, poner el gesto. Porque le sobra coraje y no le hace falta estudiarse. Porque lo lleva dentro. Porque rebosa talento. Porque es natural. Porque se llama Marina Olvera González.
La negrura de su vestido se confundió con la noche cuando aplomó sus pies en las maderas del escenario y se le quedó corto el vestido. Luego fue perfilando los primeros dibujos, marcando con fuerza las figuras. Con los Tangos-Tientos, Marína se sintió profunda. Los pies potentes, el braceo porfiado. Se subió al escenario a disfrutar. Y eso se nota. La guitarra de Ramón Rivera daba el toque y fue la horma de la garganta de Martín Santiago, donde se compenetraron a la perfección.
Un tridente ganador del Cante de las Minas
A continuación, crujió la voz rajada pero en almíbar de Alfredo Tejada. El ganador de la ‘Lámpara Minera’ en 2017 estuvo acompañado a la guitarra por Antonio de la Luz, que tocó borracho de emociones sabiendo pintar con sus dedos sobre las cuerdas la atmósfera del Festival. Alfredo Tejada es un cantaor puro que no se desvía del canon. Posee un registro vocal extenso que le permite
dulcificarse en los graves y elevarse en el tono en un viaje melódico por el que camina sin secretos. Lloró el cante. Se armó con su voz potente, pleno de conocimientos, arrojándose a la herida de la Soleá Apolá acordándose de ‘El Pele’. Sin concesiones a la tontería, por derecho. Dibujó el dolor con sus melismas recordando a Enrique Morente por Tangos, recorriendo los rincones sin imposturas. Lo dio todo. Fue el encargado de abrir la noche vistiendo hasta el lamento arrastrándolo desde el vestuario.
A Alfredo Tejada le siguió Rocío Luna, que se arrancó por Alegrías. La niña ya no es tan niña, es la poseedora de la ‘Lámpara Minera’ conquistada en 2023. Le acompañó al toque David Caro. Palabras mayores. La cordobesa cantó por tangos. Y a ritmo y a tiempo por Levantica y Taranto de Camarón, al que los oídos agradece también para una ciudad de antigua exportación minera. Rocío, ha crecido junto a su cante al que mece con exquisitez.

El cantaor Alfredo Tejada junto al guitarrista Antonio de la Luz.
Dejó una noche inolvidable con su quejío e hizo soltar alguna lágrima de emoción en un ramillete de Fandangos. Cerraba el Festival, el ganador también de la ‘Lámpara Minera’ en 2024, Jesús Corbacho. Sonaba de nuevo la guitarra de David Caro. Solo en el escenario, la gente buscaba con su mirada al cantaor onubense que, sorprendió a todos entrando a espaldas del público cantando Pregón y vendiendo flores con traje color blanco clavel.
Hirió con su voz caliente preñado de inspiración. Les aseguro que su cante duele, nos llenó el cuerpo de cardenales a fuerza de pellizcos por Colombianas, Alegrías, Soleá o Fandangos. Volaron los olés. Jesús Corbacho, se cruza, canta afinadísimo, conoce los cantes, tiene afición, sabe estar en la tarima y camelar al público, dando quejidos y puyazos acordándose de los dos Pepes: Marchena y Pinto.
Volviendo a Marina, definió con firmeza los tacones, se arremangaba el vestido dándole apretones en esas caderas que movía. Como decía, le acompañó al toque Ramón Rivera, la percusión de Johny Cortés, las palmas de Isa Vargas y el cante de Martín Santiago. Bailó para comérsela y lo hizo con todo el cuerpo, jugando con la mirada en cada desplante, paseos, espontaneidad, doblegando los silencios, plena de desparpajo, de arrojo, de pasión, de entrega y personalidad, vibrando en los zapateados y escobillas.
Cada pasito que daba sobrecogía. Helaba el espinazo. Del zapateado dio azotes fuertes que salpicaron la sangre de los maderos. Sus brazos fueron abanicos. Se valió del cuerpo entero. Y de una mirada (baila también con la cara), penetrante que enamoró a la afición cuando levantaba los brazos y estremecía. Más flamenca que el tacón. Se llevó el calor de la ovación, un tsunami de oles y el respeto de una afición que valoró su entrega. ¡Ole Marina!