Hora de sentarse a hablar
“Si lo que se debate es el país que queremos, uno prefiere parecerse a Alemania antes que a Venezuela”
Como una de las pocas reglas que sigo a rajatabla es la evitación de la cita propia, les evitaré el feo gesto de reproducir algunos párrafos que, a lo largo de los últimos meses, he venido escribiendo para tratar un asunto del que hoy, en el día de análisis de los resultados electorales, me vuelvo a ocupar. En estos tiempos de agitación e incertidumbre generalizada, la apuesta por la sensatez, la moderación y el sentido común parece haber ganado enteros a pesar de los esfuerzos de cuantos apelaron al cambio por el cambio, sin más hoja de ruta que la defenestración de Mariano Rajoy como si la campaña electoral fuera una romería de esas en las que el objetivo es tirar una cabra desde el campanario y, una vez caída la cabra, se acaba la fiesta. Y si lo que se debate es el modelo de país que debemos ser, uno prefiere parecerse antes a Alemania que a Venezuela, por mucho que respete a los que se empeñen en beber ron alemán y quieran conducir coches venezolanos. En todo caso, lo que quiero decir es que a la joven democracia española le sería de gran utilidad la formación de un gobierno de amplísima base social, de inspiración claramente europea y que además de ofrecer una sólida base de consenso, sirviera para cerrar el círculo de la transición democrática comenzada en 1977. Y creo que esa especie de ceremonia de paso de ciclo ayudaría a corregir la deriva frentista y polarizada en la que tan insensatamente nos volvieron a situar el zapaterismo y sus apóstoles del talante y la sonrisa. Un acuerdo entre partidos que respaldan la Constitución, defienden la igualdad de los españoles y la cohesión territorial sería, en estos días, no sólo un gran mensaje a la sociedad española, sino también una lección de europeísmo moderno y positivo, alejado de rancios prejuicios, pulsiones excluyentes y de engreimientos ególatras que, desde el domingo por la noche, deberían estar en cura de desintoxicación.