Seamos solidarios, por caridad
Creo que aún no somos conscientes del desarreglo que provocan en la sociedad española las ínfulas prescriptivas de una parte de la izquierda político-social, que incluso se arroga el poder de determinar cambios en los valores del lenguaje. Sólo es bueno o tiene valor lo que ellas y ellos digan y nadie –so pena del descrédito- se atreverá a salir de las coordenadas que marquen y, por tanto, impongan. Por ejemplo, la izquierda ha proscrito el término “caridad” por considerarlo cargado de matices piadosos y rancios, sustituyéndolo por “solidaridad”, que les suena más limpio de polvos y pajas añejas. De ese modo, socorrer caritativamente a un necesitado convierte al benefactor en un sujeto a su vez necesitado de reeducación social. A los pobres no se les socorre: se les ayuda. Y no por caridad, sino por solidaridad. De hecho, cuando un progresista hace un gesto de auxilio, lo hace impulsado por el espíritu de solidaridad universal que subyace en la base ideológica de sus planteamientos. Pero cuando la ayuda viene de otras manos, ay, es lícito sospechar que no es más que un reflejo casposo de los hábitos de las marquesonas de antaño con los desvalidos que acudían a las carboneras del palacete. De hecho, para el Grupo Municipal Socialista, el Gobierno Municipal del PP se está dedicando “a las políticas sociales basadas en la caridad y en la lástima”, como acaban de decir en una nota de prensa. Una pena que la nota no aclare qué opinión tienen sobre gestos como los de su socia la alcaldesa de Madrid, la señora Carmena, que se fotografió en su mesa junto a varios indigentes a los que invitó a cenar y brindar con champán para fiestas de niños. ¡Lo que habría dado de hablar esa misma foto con otra botella! Está claro que, de gobernar el PSOE, habrían llevado esas mismas comidas a esas mismas familias, pero eso sí: por so-li-da-ri-dad, porque ellas y ellos no son meapilas.