La Voz de Almeria

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“Redoblemos el trabajo y el afán, y arderá el fuego y hervirá el caldero.” Lo que las tres brujas dicen a coro en la escena inicial de Macbeth anticipa la necesaria preparación del conjuro que marca el final de la tragedia. Pero no siempre tiene uno a mano escamas de dragón y entrañas de tigre para ponerlas a hervir y entonces hay que echar mano de otros aderezos de poderoso efecto: el insulto, la insidia, el exceso verbal amplificado por las redes sociales, el escrache, la amenaza, o lo que podríamos resumir también en terminología shakespiriana como “el ruido y la furia”. Haríamos bien en hacernos mirar hasta dónde hemos sido capaces de llegar y cuáles son las irremediables consecuencias de esta deriva, antes de que un descerebrado quiera pasar a la Wikipedia (antes se pasaba a la Historia; ahora ya ni eso) como continuador de la saga hispánica de magnicidios solitarios como los del Presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo mientras estaba en un balneario (1897) o el del presidente del Congreso, José Canalejas, al que pegaron un tiro mientras miraba libros en el escaparate de una librería en la Puerta del Sol de Madrid (1912). Vuelvo ahora al caldero de las brujas para señalar que lo que está pasando en España no es tan sólo el fruto de un arrebato, del chispazo lunático de un descerebrado o de un gamberro sin límite ni medida. Esto que está pasando es fruto de un estado de ánimo. Y harían bien muchos en mirarse reflejados en la quietud del puchero -aún tibio- y decirse si no habrían hecho mejor en contener la ira, en moderar la furia y en no pretender la superación política del adversario por medio del señalamiento público o de esa otra cosa que algunos llamaban “cordones sanitarios”. No se puede procesar la rivalidad política en términos de odio, porque los calderos cargados de ingredientes pútridos, cuando empiezan a hervir ya no hay modo de pararlos.


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