La Voz de Almeria

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Los impuestos ambientales, los mercados de CO2 y los nuevos planteamientos relacionados con la fijación del precio del carbono como mecanismo para contrarrestar las emisiones de GEI son algunos ejemplos de cómo la economía ambiental plantea soluciones de mercado a problemas medioambientales que la economía convencional apenas había tenido presente. La economía ambiental, por contraposición a la ecológica, es economía convencional aplicada a los mercados y productos ambientales. Es el síntoma más representativo de la enfermedad congénita de nuestro sistema económico, de la perversión de sus mecanismos de estímulos y compensaciones. La perversión es tal, que se le ha dado título jurídico y carta de naturaleza al derecho a contaminar.
Las posiciones más recalcitrantes de la economía neoliberal entienden que todo cabe dentro del mercado, y lo que no es mercado está sometido a sospechosos estímulos, a la corrupción y a las malas prácticas. 
El sometimiento de elementos ambientales a los mecanismos de mercado y al análisis económico convencional está lejos de representar una mayor sensibilidad hacia el medio ambiente. 
El cambio climático no es la enfermedad, es el síntoma más evidente de la catástrofe planetaria que estamos viviendo como consecuencia de la separación de los ciclos económicos de los ambientales. Y nuestro sistema económico, es incapaz de hacer frente a los grandes retos medioambientales a los que hemos de enfrentarnos.
El cambio climático es una realidad incuestionable. El objetivo de no rebasar los dos grados que plantea el IPCC supone importantes “sacrificios” de descarbonización de nuestra economía. 
Nos acercamos a la COP21 de París de diciembre con una agenda climática que nos lleva inexorablemente, en el mejor de los casos, a los 4 grados de incremento de la temperatura. Se puede decir, por tanto, que el cambio climático ya es irreversible; hagamos lo que hagamos, su inercia es aplastante. Lejos de planteamientos fáusticos o apocalípticos, por primera vez en la historia hemos acoplado el tiempo geológico al tiempo humano, por lo que la incertidumbre va a ser descomunal en los próximos años. En el nuevo paradigma y epistemología ambientales tendremos que hablar más de incertidumbres que de riesgos. A lo único a lo que podemos aspirar es a que el impacto sea el menor posible.
Muchas empresas están  monitorizando su huella de carbono. Incluso, muchas se están adaptando a la agenda climática, tanto en lo que contempla el ordenamiento jurídico como en lo estrictamente voluntario. Pero no es suficiente. El cambio es global; y si no se producen cambios estructurales globales, cualquier iniciativa no será sino una trampa más al solitario. La descarbonización de nuestra economía es una necesidad imperiosa, pero tiene unos costes que no sé si somos capaces de asumir. 
Las esperanzas puestas en la COP21 de París esta vez son más realistas. El conformismo y el realismo ha llegado a tal nivel, que puede considerarse un buen resultado el hecho de que de allí salga un marco estable, jurídicamente vinculante, para que los inversores den el salto a inversiones bajas en carbono. La fijación de un precio para el carbono, que pese explícitamente como coste sombra en el análisis de inversiones, aún parece quedar muy lejos. Y estamos hablando todavía de economía ambiental. Imagínense lo que nos queda para desarrollar una auténtica economía ecológica y un nuevo paradigma  para afrontar los desafíos ambientales que vamos a tener que solventar: nosotros y las próximas generaciones.


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