La Voz de Almeria

Opinión

Teresa Lao

Todas las canciones hablan de mí

Mis amigas

¿Existe un hilo invisible, invisible pero veraz, que nos une a nuestros artistas favoritos?

Glen Hansard, cantante guitarrista y compositor irlandés.

Glen Hansard, cantante guitarrista y compositor irlandés.Europa Press

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¿Existe un hilo invisible pero veraz que nos une a nuestros artistas favoritos? Eso me ha dado por pensar cuando me he enterado de la muerte de Glen Hansard. Que, de alguna manera, estábamos unidos. Me sé la banda sonora de Once de memoria. Traduje todas las canciones. La escuché en un bucle del que no podía ni quería salir. La desgarradora fuerza y pasión que derrocha cantando Falling slowly, Say it to me now o Leave, rasgando las cuerdas de su vieja guitarra con esa furia desmedida, me deja out.

Glen Hansard representaba en Once a un músico callejero con una guitarra desvencijada —con la que siempre lo he visto tocar después de Once—. La película estaba rodada más bien como un documental. En el imaginario colectivo Glen ha quedado como ese músico de la calle que ganó un Óscar a la mejor banda sonora en 2008 con un presupuesto irrisorio para Hollywood. Afortunadamente, en esa gala triunfó la humildad unida con el talento. No siempre se adora al vellocino de oro: fama y dinero. A veces se premia al que está abajo o empieza desde abajo. Muy abajo. En las calles, sobreviviendo de la limosna y haciendo lo que más le gusta hacer. Esa noche el Óscar fue también para otros. Los que nunca saldrán en la foto. Los que tocan en la calle y nunca jamás vivirán holgadamente de la música ni recibirán ningún premio. El símbolo superó al artista y el sueño se parió a sí mismo.

Hoy he vuelto a escuchar sus canciones y no he podido evitar echarme a llorar como si se me hubiese muerto un ser querido. ¿Por qué entiendo y siento la angustia vital de Vega o de Amaral como propias? Como si me lo estuviese contando una amiga tomando café o yo contándoselo a ella. ¿Por qué me llegan las letras torturadas de Dolores O’Riordan al alma y la rasgan en jirones? ¿Por qué me consuela escuchar a Alanis Morrissette o me embarga una potente esperanza con las letras de Aurora? Porque la música tiene ese poder sanador y enlazador de mundos. Porque conecta a personas que no se conocen de una manera casi mágica, intergaláctica o interplanetaria. Es omnisciente, omnipresente y tiene el don de la ubicuidad. Ya lo dijo Nietzsche: La vida sin música sería un error, una fatiga, un exilio. Cruza países, océanos y fronteras con solo darle al play. Te teletransporta a tu infancia, a la primera vez que te rompieron el corazón, a un verano inolvidable. Habla de sentimientos humanos y universales que no sucumben al tiempo ni importa el lugar del que procedan. Es más. Es como si todos los lugares fueran el mismo o estuviesen conectados por pasadizos secretos. Wisconsin puede ser perfectamente Fiñana.

La música toca la emoción, conecta con ella y es algo tan capital para el ser humano que, incluso los enfermos de Alzheimer lo último que olvidan son las letras de las canciones de los guateques, las que escuchaban en Alemania cuando emigraron o las que sonaron el día de su boda. Recuerdo que, cuando mi padre ya estaba mayor, me llamaba al borde de la conmoción para que escuchara una copla que había emocionado hasta las lágrimas a un hombre que en treinta años había llorado un par de veces.

Siento, de una manera que no podría explicar, que Glen Hansard era mi amigo. Que me había ido de tapas muchas veces con él y no habíamos parado de charlar y reír, mientras nos atiborrábamos a croquetas. Que Eva Amaral ha venido muchas veces a mi casa a cenar boquerones en vinagre. Que se ha quedado a dormir en mi sofá-cama Alanis Morrissette. Que he ido a infinidad de manifestaciones del día de la mujer con Vega y hemos gritado hasta desgañitarnos. Que he bailado con Aurora hasta altas horas de la madrugada en pubs de mala muerte y hemos vuelto de día con rostros cadavéricos, el cuerpo machacado y el alma refulgente. Que he consolado mil veces a Dolores O’Riordan y hemos llorado juntas delante de una tila. Siento que sé cosas muy íntimas de ellas. Siento que me pueden leer la mente y comprenderme cuando tengo un mal día, mientras nos acomodamos en el sofá. Siento que el dolor es uno y nos atraviesa por dentro a todos. Siento que nos parecemos mucho. Que si te llamo, vienes. Que estás a mi lado cuando te necesito. Que me has visto caer mil veces. Que tu mano me ha sostenido esas mil veces. Cada vez siento con más fuerza que estás aquí conmigo y que casi te puedo tocar si alargo la punta de los dedos.

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