Los otros Lamine
"Por norma general, tendemos a pensar que el éxitoes una cuestión de condiciones innatas y esfuerzo"

Lamine Yamal durante la celebración del Mundial en Cibeles el pasado mes de julio.
Reconozco que hacía mucho tiempo que no me enfundaba unas zapatillas de baloncesto. A mi edad, considero que he comprendido que todas las personas arrastramos una serie de frustraciones escondidas que nacen de lo que algún día fue una pasión y un sueño. Están los que pensaron en su juventud que llegarían lejos en algún deporte, que una afición acabaría convirtiéndose en su oficio o que aquel talento que intuían excepcional terminaría por abrirles las puertas del éxito. Nada más lejos de la realidad para el común de los mortales. En mi caso, preferí abandonar en seco el baloncesto competitivo sin comunicado oficial a los 18, esperando que las destrezas y memorias de antaño fueran a permanecer intactas al paso del tiempo, listas para florecer en cualquier momento de necesidad.
Este verano, sin embargo, unos amigos me propusieron participar en la Liga de baloncesto municipal de La Mojonera. Acepté con la firme intención de recuperar la forma física, aunque nunca he sido ajeno a los beneficios sociales de compartir unas cuantas risas en el quinto cuarto. La competición lleva más de dos décadas celebrándose en el municipio (una de las más longevas de Almería) y en el pabellón se respira cada jueves un aire de hall of fame de leyendas provinciales.
Esta segunda jornada, ante la falta de efectivos en nuestras filas por compromisos “laborales” (sí, pronto empezamos a borrarnos como Mbappé), Luis, que hace las veces de General Manager en la sombra de este equipo y de entrenador del club en la luz, nos trajo a Zaka, uno de sus pupilos de 17 años. Una pequeña licencia competitiva que nos valdría para recuperarnos del tropiezo del primer día. En efecto, ganamos. Y en efecto, Zaka fue nuestro mejor jugador. Para el recuerdo de los (pocos) presentes quedará un mate a una mano sobre su defensor en transición (los que hayan jugado sabrán de la dificultad de ver uno así a este nivel) que me trasladó a aquella vez que nos enfrentamos a Domantas Sabonis en un campeonato andaluz en 2011, en este caso con el que escribe como víctima. Recuerdos del Vietnam.
Al terminar, y en lo que decidíamos el bar del pueblo en el que se celebraría la victoria, pude conocer un poco más sobre la vida de este chico. Una trayectoria marcada por las dificultades, un hogar monomarental a menudo vacío y unas malas compañías que contrastaban con el joven espigado y noble que había conocido un rato antes y para el que el baloncesto no representaba mucho más que una forma distraerse de sus problemas.
Por norma general, tendemos a pensar que el éxito es una cuestión de condiciones innatas y esfuerzo. Esta es la explicación cómoda, ya que convierte los resultados en un asunto puramente individual y nos ahorra complejizar la mirada. No podemos negar que en la vida todo eso importa, pero las oportunidades están lejos de repartirse por igual y dependen, en gran medida, del origen, el entorno y los recursos disponibles.
No pude evitar acordarme, por similitud generacional y étnica, de Lamine Yamal. Pese a que la referencia está ya manida por sobreexplotada, todos admiramos su precocidad y desparpajo, aunque rara vez ponemos en el centro todo lo que ha permitido que llegue tan lejos. Detrás aparecen una familia que lo acompaña, entrenadores que lo forman, así como una estructura social y profesional que lo impulsa. Si bien el talento es exclusivamente suyo, las condiciones para desarrollarlo son fruto de un trabajo colectivo.
Y es realmente desalentador reparar en cómo no todos los chavales con condiciones extraordinarias tienen esa suerte. En muchos barrios, especialmente en las periferias urbanas al sur, los clubes deportivos sobreviven gracias a presupuestos ultramodestos, entrenadores como Luis o Belén que multiplican sus horas y familias que hacen malabares para pagar cuotas y desplazarse (en el mejor de los escenarios). Es un hecho que las administraciones públicas financian competiciones y mantienen instalaciones, pero el deporte de base necesita mucho más que eso. Se necesitan programas integrales de acompañamiento, becas que eviten que la falta de recursos cierre puertas y profesionales con capacidad para intervenir cuando los problemas familiares o educativos empiezan a ser más destacables que las posibilidades de progresar.
Tampoco está de más recordarnos que no podemos entender el deporte únicamente como una fábrica de producir estrellas. Aunque en este caso Zaka nunca llegase a jugar en una liga profesional, que alguien lo ayudara a entrenar, estudiar, encontrar referentes y construir una vida a futuro ya sería una forma muy importante de éxito. No sé qué será de él ni tampoco me atrevo a aventurar qué habría ocurrido si hubiese crecido en otras circunstancias. Pero conocerlo me ha hecho pensar que quizá hay muchos otros (y otras) Lamine repartidos por pistas como la nuestra, jóvenes que nunca llegarán a ganar un mundial porque nadie habrá tenido el tacto para descubrir hasta dónde podían llegar. Y lo cierto es que no todos tienen que convertirse en grandes figuras para que merezca la pena apostar por ellos. Lo que sí deberíamos exigirnos como sociedad es que recibir una oportunidad no dependa tanto del código postal ni de que aparezca alguien dispuesto a realizar, casi a título personal y salvador, el trabajo que debería sostener una comunidad entera.
Llegados a estas alturas del partido, ya he asumido que lo mío con el baloncesto difícilmente habría dado para mucho más. Zaka, en cambio, todavía está a tiempo de descubrir qué quiere hacer durante el suyo. Lo mínimo y justo sería que, cuando llegue ese momento, las circunstancias no hayan decidido ya por él. De entrada, lo esperamos la semana que viene (también en el quinto cuarto).