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Opinión

De portales y bancos: cuatro sintecho almerienses

Cáritas ha querido recordar el Día Internacional de las Personas sin Hogar con la campaña 'Un Hogar. Un Lugar al que pertenecer'

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Ya no se le ve en el barrio. Dormía en un banco, de esos bancos que los padres usan por las tardes para su efímera tertulia mientras los críos corretean por el parque y sacuden sus ansias de vida. Dormía solo, al raso, aunque hubo un tiempo en que una vecina le abrió las puertas de su edificio para que pasara la noche en el rellano de la última planta. Aquel hombre, que debía tener unos 70 años, estaba ya jubilado. Había estado casado y su divorcio fue muy traumático. Su paga, unos 400 euros, no le daba para responder a un alquiler. De ese dinero, restaba unos 100 para los hijos. “O como o tengo techo”, solía decir a la vecindad. Una vez se le ocurrió comprar una caravana, pero no le salían las cuentas: “¿Quién me da a dar el préstamo?”, repetía con crudeza.

Aquel hombre iba bien vestido. Se aseaba en los baños del Centro Comercial Mediterráneo. Solía ir por la calle con una bolsa del supermercado Alcampo y siempre le acompañaba una cuchilla de afeitar y una muda. Pero no seamos buenistas: también iba con él un cartón de vino o una litrona de cerveza. Cuando caía la noche, una vez que los niños apagaban la luz de la tarde y se iban a la ducha en busca del descanso, el hombre encendía el penúltimo cigarro. Cuando los vecinos merodeaban por el parque para tirar la basura o sacar a pasear al perro, veíamos su rostro enrojecido. 

Sonreía a la nada. Observaba los columpios con celo. Hablaba solo, palabras sueltas. A veces, canturreaba. Su vigilia empezaba así. Así, después de ingerir su ración nocturna de alcohol. Luego se echaba a dormir y, en invierno, se tapaba con una manta que guardaba en unos arbustos de un descampado colindante. Y así una noche. Y así... siempre. Hasta que un día se fue, dicen que al centro de la ciudad, y le perdimos de vista. No hemos vuelto a verlo.

Hay en la carretera de Níjar un hombre entrado también en los setenta. Es delgado, pequeño, fuerte y debió de ser bien parecido en su día. Es, también, muy presumido y tiene carácter. Uno de sus mejores amigos es el sacerdote Paco, que suele ocuparse de sus cosas: necesidades, papeleos, algún café, algún consejo. Duerme este hombre, divorciado y con un hijo, en una tienda. Guarda allí un colchón y una vieja mochila. Ese es su equipaje. El resto lo ha dejado en el camino. También, como el amigo de Villablanca, tiene una estrecha relación con el vino. Y, como él, cobra una pequeña paga. Suele acudir a Cáritas, pero no pide alimentos. Necesita al párroco. Gasta una broma. A veces se pone cursi. Busca a alguien con quien tomar un café de media tarde. Merodea por el barrio. Y, cuando declina el día, vuelve a dormir mirando las estrellas. Es un sintecho, un hombre envejeciendo envuelto en un neosustantivo.

En la Avenida del Mediterráneo, en un portal de un edificio moderno, duerme, entre cartones, un señor de unos sesenta años. Es de los primeros clientes en coger el autobús hacia el centro. Pasa la tarjeta, se sienta cerca del conductor y mira por los cristales cómo despierta la ciudad. Suele bajarse en la Carretera de Ronda o cerca de la Avenida de la Estación. Y como los dos amigos anteriores, mata la soledad con el alcohol. Su aspecto es más descuidado. Hay vecinos que se quejan porque hace sus necesidades en las columnas o en las aceras. A veces, también a veces, habla solo. Inconexas palabras. ¿Quién será el otro que escucha?

Junto a Alcampo, sentado en un muro, pegado a un jardín, pasa sus mañanas un hombre relativamente joven que a duras penas puede caminar. Es alto y delgado, tan alto y delgado que parece un Quijote, y tiene buen talante, aunque sus ojos denotan tristeza y melancolía. Hay vecinos que se paran a echar un rato de cháchara. Es raro verlo solo. Otros le llevan comida, que él agradece con una agradable conversación. Hasta hace poco tenía un chucho, amigo también del lugar. A ese hombre no le puede dar el sol y su cara siempre está sombreada por un sombrero gigante. Al mediodía emprende rumbo hacia un sitio desconocido. Allí atraviesa la tarde. Allí conoce la noche. Por la mañana, cojeando, con cadencia de pasos muy lenta, retorna a su jardín.

Cáritas ha querido recordar el Día Internacional de las Personas sin Hogar con la campaña ‘Un Hogar. Un Lugar al que pertenecer’. Es la pobreza sobrevenida por las drogas, el alcohol, un divorcio, un problema de salud mental. Carmen Torres, directora de Cáritas Almería, ha pedido un esfuerzo a los ciudadanos de bien para que consideremos como nuestras las casuísticas que han arrastrado hasta la sima del olvido a estos vagabundos. Recuerdan desde esta organización de la Iglesia Católica que, en tiempos de aporofobia, mensajes verbales violentos, extrema polarización y hasta deshumanización del lenguaje, es necesario y urgente saber mirar alrededor. Detenerse en los rincones perdidos de la jungla de asfalto. Cruzar alguna palabra. Mirar a los ojos. Intentar entender. A veces, sí, corregir actos de incivismo o aconsejar con prudencia. Sin juzgar.

Posdata: esta semana, aficionados del Feyenoord holandés apaleaban a varios sintecho en Sevilla. Su pecado: la fragilidad humana. ¿Esta es la sociedad que querían nuestros abuelos?

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