Miedos y fracasos
A pesar de los intentos de una poblada prole de plumas, pensadores y filósofos, especialistas, intelectuales y una variada jalea de autores, un servidor padece con frecuencia la sensación de no comprender cuanto ocurre en nuestra sociedad. Esta percepción se llama hartazgo cuando en periodos como el presente son los políticos quienes tratan de ofrecer explicaciones y detalles acerca de lo que está mal hecho o lo que se debe o no hacer. Seguro que la amplísima oferta de proclamas se muestra por parte de todos los candidatos con la mejor intención, con generosidad y el mayor desinterés personal de quien aspira a ponerse al servicio de los demás, pero que me perdonen los miles de aspirantes a un acta: aún se detectan carencias de reflexiones éticas. Vivimos inmersos en un mar de miedos, los propios y los que nos inculcan. A los personales e intransferibles miedos de cada cual hay que sumar los que nos generan las campañas públicas que se desarrollan a lo largo del año. Constituyen una suerte de miedos estacionales de los que resulta difícil abstraerse. Ahora vivimos inmersos en el temor a las alergias, dada la exuberante floración que pulula por doquier y el consiguiente incremento de polen. Tampoco podemos olvidar la inoportuna astenia primaveral con su laxa carga para nuestros sufridos esqueletos. En un mes llegará el verano meteorológico con las temidas olas de calor y los peligros de la exposición solar. El otoño no actuará de bálsamo de estas temeridades del calendario: el síndrome posvacacional y las consecuencias anímicas de la estación volverán a cebarse con nosotros. El invierno amenazará con las olas de frío y el pánico a la epidemia de gripe. A estos miedos estacionales hemos de agregar uno más que ya apuntó Camus: que la nueva hornada política fracase en todo porque no sepa conciliar la justicia y la libertad.