Vivir una pasión
La vida es un viaje y el que viaja vive dos veces

Pasión por la naturaleza. Un rato al aire libre es como una eternidad.
El párrafo final de Pura pasión me ha dejado obnubilada. Poder vivir una pasión por un hombre o una mujer es un lujo, a la altura de poseer riquezas o de llevar una vida de intelectual, según la evolución de la percepción del lujo que haya tenido la autora desde su infancia hasta nuestros días.
Ese final tan apoteósico me ha colmado de satisfacción, como si realmente viviera una pasión y me identificara. La llevo dentro. Ese párrafo ha sido determinante para mí. Desde entonces no me concentro en nada. Estoy poseída por la pasión.
La siento cuando camino al atardecer y más tarde veo la luna y las estrellas. Primero a Venus. Me fijo en sus relaciones. Me paro delante del acueducto o muro de las lamentaciones, denominado así por mí. Me acerco a él, palpo sus piedras y me roza en la frente el pico de una piedra mediana. Cierro los ojos y me invade una sensación placentera: el placer del silencio y la oscuridad. Es mi momento místico. Que Dios nos ampare. Además, me pasaría el día en el agua, al sol y al viento. Pasión por la naturaleza. Un rato al aire libre es como una eternidad. Porque en ese espacio se concentra el gran amor que se puede sentir hacia el universo.
Por casualidad me tropecé con este mensaje de Omar Jayyam, un sabio persa medieval: la vida es un viaje y el que viaja vive dos veces. Me sonaba ese nombre, lo busqué y me encontré con Rubayat, un libro suyo de poesía en una edición bilingüe, que me habían regalado hacía mucho tiempo y que todavía no había abierto. Anoche lo empecé. Y sus palabras son verdaderas.
Te amo, le dije poniéndole mi mano encima de la suya, las dos sobre la mesa. Luego nos miramos y me emocioné.
Sí, la realidad son dos momentos, como dice Ida Vitale, el momento en que uno lo vive y el momento infinito en que uno lo recuerda.