Martimar en El Mediterráneo. Tres perlas
50 años largos contando la vida de Almería, tenía una biblioteca de más de 3.000 libros

Juan Martínez Martín con su esposa y sus hijos en la Plaza de Toros de Almería.
Escribió Antonio Sevillano para el Diccionario Biográfico de Almería (Diputación Provincial) que Juan Martínez Martín ‘Martimar’ (1905-1985) ingresó de gacetillero sin firma en La Crónica Meridional. Su sobrenombre se empezó a conocer en el periódico El Mediterráneo. Firmó también como Volapié sus crónicas taurinas. Y como Juanito. Un tipo digno de estudio con un proceso vital largo en El Heraldo de Almería, La Voz y Yugo hasta su jubilación en mayo de 1971. Ahora abanderará el nombre del salón de actos de la Asociación de la Prensa, que él mismo presidió.
Valgan tres perlas en El Mediterráneo como ejemplos. El 26 de agosto de 1929, en las páginas del periódico almeriense El Mediterráneo, el periodista Martimar escribía su particular artículo de la primera página del periódico: el de la columna más escorada a la derecha. Experto en la crónica taurina, aquel día martilleó sobre las amadas y amantes de la gente de la lidia. Y dijo: … "desde tiempo inmemorial, todo torero de alguna importancia tiene una novia: una novia que siempre ha sido guapa (...)". Se refería a un tal Reverte, "el torero que más fuertemente apasionó el alma femenina", porque, según apostilló, "aquel ex-gañán representaba en el ruedo la verdadera reencarnación del ídolo de la mujer: el hombre fuerte, rudo, apasionado, valeroso y con achares de de altivez y de desprecio".
Valga precisar que el discurso, con algunos tintes machistas, es impropio de los tiempos que hoy corren, pero muy propio de aquellos días. Martimar sufría en aquel artículo por la posibilidad de que la novia del torero se convirtiera en una sombra del pasado. "A aquella novia, que tocada de mantilla y esbelta peineta, venía a ser como la reina de la fiesta, ha sucedido la niña pusilánime, meticulosa, que se desmaya ante una riña de mosquitos. Ya no se ve a la valerosa hembra (...)". ¿A qué se expondría hoy un periodista si escribe eso de “niña pusilánime" y "meticulosa"? Seguramente, sería tildado de misógino o, cuando menos, añorante del sistema patriarcal. Y no sin razón. En cualquier caso, la frase sería censurable, pues estaríamos ahondando en los estereotipos femeninos y ridiculizando a un tipo de mujer por el solo hecho de ser diferente al estándar. Pero Martimar, como tantos otros compañeros, no debe ser juzgado por usar un vocabulario anclado en los códigos de la época. La defensa del feminismo, la igualdad de género, es una lucha que empezó a barruntar hace décadas, pero legislativa y socialmente estamos ante un fenómeno nuevo.
Tiempo después de echar en falta en plaza de toros a la novia de Reverte, Martimar se propuso contestar a un tal Lirola Rublo, que tuvo la osadía de despreciar el seudónimo con el que firmaba en el diario porque es, decía, sinónimo de cobardía y anonimato. “Sin adjetivos, pero afectuosamente”, le respondió Juan Martínez: “Es poca cosa un seudónimo para que intrigue a alguien. ¿No cree usted lo mismo?”, glosaba irónicamente. Pero lo mejor era la nota de cierre. Mordaz: “¡Vea usted señor, como con su fina alusión me ha proporcionado dos grandes bienes: uno, tener ocasión de mostrarle mi afecto; y otra, el darme ocasión de haber llenado el hueco que tengo asignado en el periódico”. Así de elegante se despachó.
Martimar era una pluma bohemia regada con metáforas, sarcasmo y un gran uso del adjetivo. En El Mediterráneo, donde hizo escala tras recalar muy joven en La Crónica Meridional -allí no firmaba las informaciones-, su verbo afilado era cortante y refinado. Un día le tocó defenderse de la crítica de un lector que denunciaba la insustancialidad de las noticias del periódico. Y no crean que lo negó. Es más: lo reafirmó: “A veces, nos quejamos de vicio; los periódicos no dicen nada capaz de interesar la opinión, pero nosotros, los encargados de emborronar sus páginas, sabemos salir airosos de nuestro cometido, que es llenar nuestra sección diarla y, al cabo del mes, pasarse por la administración “a que arríen la mosc”. Y el que pueda escribir, que alce el dedo”.
Nos queda claro que los periodistas somos esos que tienen por oficio la tarea diaria de “emborronar” las páginas porque de algo hay que comer.
En Martimar había algo que caracterizaba a los prosistas del siglo XIX. Había algo de Larra. De los cronistas de la calle, galgos de la calle. Una mañana le escribió a los muertos. Sí, a los muertos: “Usted, desgraciado difunto, debió de morirse en su pueblo, en el más tranquilo y apartado rincón; y no venir a la capital para ocasionar disgustos y perturbaciones que a nada conducen. Con lo bien y tranquilos que estamos aquí. Y, en último término, si usted habla decidido morirse, debía de haberse ido derechito al Camposanto y allá, bajo un fantasmal ciprés, o al pie de un sauce llorón, lanzar el adiós a la vida; y luego morirse. Pero sin molestar a nadie, sin buscar complicaciones; como lo hubiera hecho un candidato a cadáver finamente educado”.
Contaba Manuel León que Martimar, 50 años largos contando la vida de Almería, tenía una biblioteca de más de 3.000 libros. Pues eso explica casi todo.