La Voz de Almeria

Opinión

La solemnidad de la fiesta

Es el día de San Sebastián y a través de las calles empinadas de Lubrín se llega a la plaza donde se preparan los puestos para celebrarlo

Después de la misa, San Sebastián es llevado a hombros por las calles con entusiasmo y alegría.

Después de la misa, San Sebastián es llevado a hombros por las calles con entusiasmo y alegría.

Beatriz Torres
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Camino de Lubrín se ve el mar. Y a la vuelta, sierras y más sierras superponiéndose unas delante de otras. El paisaje es asombroso, con los montes y cerros repletos de matorrales verdes, olivos y almendros por las cañadas. Vi uno totalmente en flor, blanco como la nieve. Es el día de San Sebastián y a través de las calles empinadas se llega a la plaza donde se preparan los puestos para celebrarlo.

Me acerco a uno regentado por adolescentes y les compro un pañuelo rojo para poner en el cuello. El viento es frío y aunque llevo abrigo de lana y jersey de cuello alto necesito una bufanda. Entonces me amarro el pañuelo de la fiesta levantando la solapa del abrigo y así tengo la garganta más protegida.

El pueblo de calles estrechas y sinuosas dan al lugar un ambiente encantador. El ánimo es festivo y las campanas de la iglesia no paran de repicar. Las puertas están abiertas y la misa se celebra con la banda municipal dentro. Durante la celebración de la eucaristía se oyen los gritos de los jóvenes en la calle lanzando vivas al santo.

San Sebastián, mártir de la fe cristiana. Un soldado romano que prefirió morir antes que renunciar a su fe. Hoy en día cuesta tanto en qué o en quién creer. Todavía me resulta repulsivo que se toque el himno nacional cuando se levanta el cáliz consagrado. No comprendo que se dé tratamiento de acto oficial a momentos estrictamente litúrgicos, o a imágenes procesionales, sin embargo se hace. Me viene a la mente la frase bíblica de “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Después de la misa, San Sebastián es llevado a hombros por las calles con entusiasmo y alegría, mientras desde los balcones y ventanas se tiran roscos de pan. Con los brazos abiertos hacia arriba me lanzaron uno que vino directamente a mis manos. Genial.

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